Miedo a los independientes

El temor de moda de unas semanas a la fecha es a “los independientes”, ya sea a secas o a la posibilidad de un triunfo de su parte.

Tanto líderes políticos como comentaristas de diversa índole han manifestado una especie de ansiedad por las “candidaturas independientes”, una de las más recientes novedades de nuestro sistema político electoral. El conservadurismo de la clase política es comprensible: ningún político o partido querría enfrentar más competencia. Pero el temor de algunos analistas resulta bastante extraño.

A menudo, pareciera como si todo “lo nuevo” les diera miedo. Las frases típicas varían entre afirmar que “no estamos listos”, que “no será suficiente”, o bien que “las consecuencias pueden ser peligrosas”.

Puedo recordar, en algún momento de los últimos 20 años de nuestra joven democracia, temores tan diversos como los siguientes: primero hubo miedo a la alternancia: “¡Habrá ingobernabilidad!” Poco después también hubo miedo y sobrerreacción ante los primeros gobiernos divididos en México: “¡Habrá parálisis!” En años más recientes puede documentarse el miedo a la reelección: “¡Habrá cacicazgos!” Y en la más reciente elección hubo miedo a la fragmentación del voto: “¡Habrá caos legislativo!”.

El temor de moda de unas semanas a la fecha es a “los independientes”, ya sea a secas o a la posibilidad de un triunfo de su parte. Una frase típica de este temor es que: “¡Si hay muchas candidaturas independientes en 2018 podríamos tener un presidente con 20% de votos!” El argumento es un poco extraño porque supone, para empezar, que la muy desangelada y desilusionada ciudadanía acudirá a votar en manada por cualquier personaje que tenga la aureola de “independiente”.

Otras fuentes de ansiedad son: “¿Y si son narcos? ¿Y si acaban siendo candidatos aguafiestas que benefician a otros? ¿Y si pierden? Y si ganan, ¿cómo legislarán?”. Curiosamente, cualquier candidato de un partido pequeño podría producir la misma ansiedad que “los independientes”, pero supongo que esta no sería una “amenaza nueva”.

Si los temerosos revisaran la evidencia de las pasadas elecciones, descubrirían que la tasa de éxito de las candidaturas independientes fue menor a la de las candidaturas partidistas: uno de cada nueve candidatos partidistas a una diputación federal llegó a San Lázaro, mientras que sólo uno de 22 independientes lo logró —Manuel Clouthier—. En cuanto a congresos locales se refiere, el único que logró el triunfo fue Pedro Kumamoto, en Jalisco, y a nivel gubernatura llegó Jaime Rodríguez. Si bien se trata de un logro encomiable, también es cierto que el impacto en sus entidades aún está por verse (ojalá que lo tengan y que sea positivo).

Si los temerosos revisaran la evidencia de otros países, descubrirían que muy pocos sistemas políticos han sido transformados o puestos en crisis por “los independientes”. Me hago cargo, por supuesto, de que Fujimori llegó como independiente a la presidencia de Perú, posteriormente disolvió un Congreso que le era adverso y ahora está en la cárcel. Otro caso que merece la pena analizar es Ecuador, donde es muy fácil registrar candidaturas sin partido. Sospecho, sin embargo, que los temerosos no tienen esos casos en mente o no han ponderado qué tan probable sería su ocurrencia en México.

Ahora bien, si ocurriese alguno de los peligrosos escenarios, quizá podría detonar una muy sana y quizá necesaria discusión sobre la segunda vuelta en México. Pero sospecho que, para entonces, el temor de moda será el miedo a la segunda vuelta porque produce, por ejemplo, el malhadado gobierno dividido que algunos vemos como contrapeso necesario en un sistema presidencial. La normalidad democrática —lenta, multipartidista, fragmentada, poco predecible—, espanta a muchos.

                Twitter: @javieraparicio

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