Tipo de cambio

En México, la incidencia del gasto público no disminuye la desigualdad y, en muchos casos, la aumenta.

Hay quien dice que la mejor forma de protegerse de las malas noticias es nunca esperar demasiado o, de plano, siempre esperar lo peor. Un problema de este enfoque es que una receta segura para el fracaso es nunca tomar riesgos. Cuando no se apuesta por nada, alguien más lo hará y quizá ganará.

Por otro lado, hay quien dice que para salir adelante hay que tener altura de miras, tomar apuestas arriesgadas y, de un modo u otro, esperar lo mejor. Un problema de este enfoque es que otra buena receta para el fracaso es tomar demasiados riesgos o tener expectativas irracionalmente altas.

A lo largo de este sexenio hemos escuchado pronósticos optimistas para la economía: que el próximo semestre o año será mejor. Por desgracia, en los tres últimos años ha ocurrido lo mismo: a mitad de año nos avisan que las metas de crecimiento económico tendrán que revisarse a la baja.

Para algunos, el mediocre crecimiento económico de las últimas décadas es la mejor señal de que el modelo económico —neoliberal, según le llaman— es la medicina equivocada. Para otros, la misma secuencia de eventos es señal de que las reformas han sido insuficientes, mal diseñadas y peor implementadas: la medicina es buena, pero la dosis ha sido insuficiente.

La apertura económica de finales del siglo XX no sólo era una medida socialmente deseable, sino impostergable: a pesar de la retórica nacionalista, las economías abiertas han prosperado a un ritmo más acelerado que las economías cerradas. El Tratado de Libre Comercio dio un fuerte impulso a la economía mexicana y benefició a amplios sectores de la población. Pero el TLC no favoreció a todos, ni lo hizo en la misma medida, ni sus efectos podían durar para siempre por la sencilla razón de que no éramos la única economía en transición.

Para socializar los beneficios de cualquier política económica hacen falta políticas públicas específicas. Las reformas que inducen un mayor crecimiento, no necesariamente inducen una mejor distribución del ingreso: para eso hace falta un Estado capaz de redistribuir la riqueza. Y el Estado mexicano no es particularmente bueno en ello: en México, en general, la incidencia del gasto público no disminuye la desigualdad y, en muchos casos, la aumenta.

Desde los años del TLC se sabía que las reformas energética y de telecomunicaciones eran igualmente necesarias. Pero se decidió postergarlas. No fue un acto de omisión o simple ignorancia: fue una decisión política con responsables concretos. Una y otra vez, diversas coaliciones legislativas en el Congreso vetaron la agenda de reformas de Zedillo, Fox y Calderón.

Cuando el PRI regresó al poder en 2012, la agenda de reformas económicas era muy clara: era la misma que había quedado pendiente veinte años atrás, la misma que habían bloqueado a los gobiernos panistas por doce años. La apuesta del gobierno actual era mover a México con la receta simple de aprobar aquella vieja agenda de reformas con algunos parches propios de los tiempos.

Las “reformas que el país necesitaba” fueron aprobadas en tiempo récord. Pero los esperados frutos no se han materializado aún. Para cuando el Ejecutivo y el “legislador permanente” decidieron abrir el sector energético a la inversión privada, el precio internacional del petróleo se había desplomado y hay poco interés en invertir en México. Una consecuencia no deseada de postergar e implementar mal y tarde estas reformas es la vulnerabilidad de nuestra moneda ante lo que ocurre en Grecia o en la Reserva Federal de Estados Unidos. Así de malo ha sido nuestro “tipo de cambio”.

Twitter: @javieraparicio

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