El Greferéndum
Hace tan sólo una semana hubo un importante referéndum en Grecia. La pregunta era: si las propuestas de los acreedores de Grecia debían ser aceptadas o no. El “No” obtuvo una abrumadora mayoría de 61.3%, con una tasa de participación muy similar 62.5%. En enero ...
Hace tan sólo una semana hubo un importante referéndum en Grecia. La pregunta era: si las propuestas de los acreedores de Grecia debían ser aceptadas o no. El “No” obtuvo una abrumadora mayoría de 61.3%, con una tasa de participación muy similar (62.5%).
En enero pasado, el partido de Tsipras obtuvo 36.3% de votos y 149 de 300 asientos del parlamento griego. Su principal promesa era dar marcha atrás a los exigentes programas de austeridad impuestos por la comunidad europea a cambio de recibir mayores transferencias y subsidios.
Sin lugar a dudas, el resultado del referéndum fortaleció el mandato popular del gobierno griego. Por desgracia, ni el referéndum ni su resultado fortaleció el poder de negociación del gobierno y, muy posiblemente, lo debilitó frente a la llamada Troika: la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional.
¿Bastaba un referéndum para que Grecia saliera de su crisis? Hay quien dice que el problema es que faltan más y más profundas reformas estructurales y, sí, más austeridad. Hay quien dice que, al contrario, la austeridad es ahora una de las causas de la crisis. Dejaré de lado el difícil problema de cómo resolver la crisis económica de Grecia —acuso ignorancia—, para discutir otra menos difícil: ¿tiene sentido someter a referéndum la negociación de una deuda?
Las lecturas más simplistas del asunto simpatizaron de inmediato con el referéndum y su resultado. Después de todo: ¿quién podría estar en contra de que el pueblo decidiera si debía pagar o no sus deudas? ¿Quién podría estar en contra de un pueblo que exige un “No” rotundo? Por desgracia, con o sin referéndum y sea cual fuere su resultado, las deudas y déficits del estado griego siguen allí, y los términos básicos de la negociación con la Troika siguen allí.
La simple idea de someter a referéndum la negociación de una deuda soberana pone a prueba muchos supuestos de una democracia representativa: si el votante es soberano, ¿por qué no podría hacerlo? Por otro lado, el referéndum mismo también cuestiona muchos supuestos sobre la mejor forma de decidir —quién, cómo y cuándo— la política monetaria y fiscal de un país. ¿Qué pasaría si hubiera un referéndum en Alemania o el resto de Europa para decidir si salvan o no a Grecia? ¿Sería tan reluciente su resultado como el griego?
Pensemos ahora en la negociación entre cualquier gobierno y la banca internacional: ¿tiene sentido prestar dinero a alguien que someterá a referéndum el pago de sus obligaciones? ¿Tendría sentido negociar un rescate bancario con un interlocutor que quizá lo someterá a referéndum?
Entre los economistas el debate no ha sido menos agitado. Hay quien argumenta que no sería la primera ni la única vez en que vale la pena perdonar las deudas a un país en aprietos. Por otro lado, tampoco son escasos los economistas que lamentan todo esto y urgen al gobierno a negociar responsablemente para impedir una catástrofe. Si Tsipras aceptaba la propuesta de la Troika, de inmediato tendría que hacer un ajuste. Pero si no lo aceptaba, detonaría una crisis ante la cual tendría que hacer un ajuste aún mayor: más austeridad. Entre dos opciones malas había que minimizar el costo social.
Es una historia demasiado familiar. No será la primera vez que un gobierno endeuda a su población más allá de su capacidad de pago. No sería la primera vez que otros gobiernos lo condonan. Tampoco sería la primera vez que la sociedad acaba pagando los platos rotos de gobiernos irresponsables. Herbert Stein alguna vez dijo que: “Si algo no puede durar para siempre, no lo hará”. Y no.
Twitter: @javieraparicio
