Irracionalidad

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Javier Aparicio 14/06/2014 01:38
Irracionalidad

Esta semana inició el Mundial de Futbol. Un optimista podría decir que, dado que México ha llegado a la segunda ronda en las últimas cinco Copas del Mundo, es muy probable que lo vuelva a hacer en esta ocasión. Un pesimista diría que, dado que México no ha llegado al quinto juego de un Mundial desde 1986, lo más probable es que tampoco pueda lograrlo este año.

Un optimista podría decir que, dado que México ha anotado 25 goles en los últimos cinco mundiales y, de hecho, ha pasado en primer lugar de su grupo en dos de ellos (1994 y 2002), no es inaudito pensar que pueda pasar a la siguiente ronda aunque sea en segundo lugar. Vaya, en 2002 derrotamos a Croacia, y a Francia en 2010. En respuesta, un pesimista podría recordarnos que toda esperanza es inútil porque México ha recibido 25 goles en los últimos cinco mundiales, y que no pudimos ganarle a Bulgaria en 1994 ni a Estados Unidos en 2002.

Los análisis estadísticos del experto Nate Silver pronostican que, tras derrotar a Camerún, México tiene una probabilidad de 59% de pasar a la siguiente ronda y de 20% para cuartos de final. Por su parte, las probabilidades de Croacia de llegar a la segunda ronda sólo son de 37%. Según encuestas recientes, 74% de los mexicanos creen que llegaremos a la segunda ronda y 59% al quinto partido: los optimistas son mayoría.

Tras haber leído todo lo anterior, es muy probable que usted no cambie de opinión porque decidió ser optimista o pesimista desde antes. El optimista quizás elige ilusionarse aunque sea sólo por un rato. El pesimista quizás anticipa una derrota futura y prefiere no ilusionarse nada: después de todo, sólo uno de 32 países ganará el torneo.

¿Cómo podemos explicar la persistencia de creencias tan notoriamente falsas o irracionales? El futbol y los deportes en general no son el único terreno fértil para las creencias irracionales: la religión y la política ofrecen igual o más tela de donde cortar.

El economista Bryan Caplan sostiene que, viéndolas con cuidado, algunas creencias irracionales quizá no lo son tanto. Veamos por qué. En cierto modo, las personas elegimos nuestras creencias. Por un lado, algunas creencias nos parecen más atractivas que otras y, por otro, el costo de sostener creencias falsas puede ser muy alto o muy bajo.

Por ejemplo, si uno cree que puede volar o resistir a las balas y actúa en consecuencia, es muy probable que pierda la vida más temprano que tarde: sostener tales creencias falsas sería sumamente costoso y poca gente lo hará. Pero si uno cree que la selección nacional ganará el Mundial, o que un Dios lo juzgará al final de su vida, o que cierto partido político o candidato cambiará el destino del país, y a la postre resulta que esta creencia era falsa, las consecuencias no son tan graves.

Así las cosas, en la medida en que seamos libres de elegir nuestras creencias, puede esperarse que elijamos “creencias falsas” cuando las consecuencias de sostenerlas sean relativamente baratas. Es como si existiera una demanda por creencias falsas: si son costosas, no las compramos, pero si son muy baratas o libres de costo, gustosamente las compramos a montones.

¿Para qué sirven las creencias falsas? Algunas creencias son útiles independientemente de si son verdaderas o falsas. Uno puede pensar lo mismo que parecen creer otras personas para poder asociarnos con ellas: las creencias comunes facilitan los vínculos sociales. Por ejemplo, algunos pesimistas dejarán de serlo si la fiesta mundialista se pone buena.

También podemos creer cosas falsas para ser coherentes con otras creencias falsas: por ejemplo, un votante puede fanatizar que, por ser muy carismático, las propuestas de política de cierto candidato son igualmente buenas. Por último, un político puede venderse la idea de que incurrir en cierta corrupción es justificable si con ello se consiguen otros fines deseables, como implementar la política pública que él o ella creen que funcionaría mejor. Si el autoengaño importa, la evidencia importa aún más.

                Twitter: @javieraparicio               

 

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