Religión y desarrollo

Si el Estado trata de imponer o mantener el monopolio de cierta religión, es posible que la gente decida participar o creer menos.

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Javier Aparicio 19/04/2014 00:06
Religión y desarrollo

A propósito de la Semana Santa quiero dedicar esta columna a comentar la complicada e interesante relación entre religión y desarrollo económico, un importante tema analizado desde diversos ángulos de las ciencias sociales.

Un primer aspecto consiste en identificar los determinantes de los diferentes niveles de religiosidad observados en el mundo. Muchos pensadores prominentes sugerían que el desarrollo económico, acompañados de los avances en educación y  las ciencias, inducirían una menor participación en actividades o creencias religiosas, y una menor influencia de las organizaciones religiosas en el ámbito político en general. A estos argumentos se les conoce como la hipótesis de la secularización.

Por otro lado, la diversidad religiosa también responde a la intervención gubernamental. En algunos países existen religiones de Estado o bien restricciones legales que dificultan la creación de nuevas organizaciones religiosas. Si el Estado trata de imponer o mantener el monopolio de cierta religión, es posible que la gente decida participar o creer menos. Por el contrario, si la oferta de cultos es diversa, la competencia entre iglesias induce la creación de productos religiosos de calidad y niveles de exigencia tan variada como sean los intereses de sus creyentes.

Un segundo aspecto a considerar al estudiar las religiones del mundo consiste en explorar el impacto de las creencias religiosas en el desarrollo económico. En la medida en que las creencias religiosas afecten actitudes como la ética en el trabajo, la honestidad o la confianza en los demás, entre otras, la religión puede tener un impacto en el desarrollo económico.

Otro posible mecanismo tiene que ver con los vínculos de confianza que se construyen al interior de cada culto religioso: quizás no sean tan importantes las creencias específicas de cada religión como el efecto de congregarse y relacionarse con gente que piensa como uno. Desde este punto de vista, quizás la religión ayuda a producir capital social del mismo modo que otras organizaciones sociales (como un club o un partido político, por ejemplo).

Hace algunos años, los economistas Robert Barro y Rachel McCleary estudiaron la relación entre la religiosidad promedio de una muestra de países —medida a partir de encuestas nacionales como la encuesta mundial de valores— y el desarrollo económico.

Al explorar los determinantes de la religiosidad de cada país encontraron que, en efecto, los habitantes de países con mayores niveles de PIB per cápita tendían a participar menos en actividades religiosas y a mostrar menores niveles de creencias religiosas.

Por otro lado, cuando exploraron los efectos de la religiosidad en el desarrollo económico de estos mismos países encontraron un hallazgo sorprendente: los países con menores tasas de asistencia a servicios religiosos tuvieron menores tasas de crecimiento económico entre 1965 y 1995. Sin embargo, los países con una mayor proporción de población que “creía en el infierno” tuvieron mayores tasas de crecimiento económico que los países con menos creyentes.

Estos resultados destacan la importancia de distinguir dos diferentes aspectos del impacto de la religión en el desarrollo económico: una cosa es participar en actividades religiosas y otro fenómeno, relacionado, pero distinto, es tener creencias religiosas. Al parecer, creer en el cielo, el infierno, o la vida después de la muerte tiene sorprendentes impactos en la vida terrenal.

                Twitter: @javieraparicio

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