Mala prensa, buenos memes (todo cuenta)
Cuando todavía faltan cinco meses con 11 días para la elección presidencial, la incertidumbre democrática caracteriza a las precampañas. Y es que nadie tiene asegurado nada y todos necesitan los votos de todos. De ahí los ajustes permanentes y hasta ...

Ivonne Melgar
Retrovisor
Cuando todavía faltan cinco meses con 11 días para la elección presidencial, la incertidumbre democrática caracteriza a las precampañas.
Y es que nadie tiene asegurado nada y todos necesitan los votos de todos. De ahí los ajustes permanentes y hasta sorpresivos.
Andrés Manuel López Obrador suma a su alianza al conservador PES e incorpora como candidata de Morena al Senado a la periodista Lilly Téllez, quien en 2014 fuera burdamente buleada por sus elogios al presidente Enrique Peña en una entrevista con varios colegas. (“¿Cómo fue usted tan, pero tan valiente para lograr esto?”, preguntó la conductora).
José Antonio Meade continúa reforzando su equipo con personajes de alto calibre como la hasta ayer subsecretaria de Hacienda Vanessa Rubio, después de haber incorporado a uno de los políticos estrella del Twitter, el senador Javier Lozano, recién salido del PAN y con un estilo pugilístico que contrasta con la mesura y prudencia del candidato.
Ricardo Anaya se pone el chaleco del PRD en su visita a la sede de ese partido; experimenta en la casa de Movimiento Ciudadano cómo un desencuentro con la prensa puede echar a perder la difusión de un buen evento político —el registro de su precandidatura naranja— y presenta como su asesora en materia de pueblos indígenas a la delegada de Miguel Hidalgo, Xóchitl Gálvez, una funcionaria popular en redes y crítica hacia la tibieza de los panistas frente a la corrupción.
¿Le dará el PES a AMLO la primera gubernatura en Morelos? ¿Será Lilly Téllez la sorpresa en Sonora, donde Morena no tiene arrastre? ¿Podrá Vanessa Rubio, una de las funcionarias más reconocidas del sexenio peñista, armar la agenda ciudadana que Meade todavía no desplegó?
¿Sabrá Xóchitl Gálvez contagiar a Anaya de su audacia, ésa que le ha permitido afrontar enjuagues inmobiliarios y cuestionamientos por el uso del Periscope?
En todos los casos, el talón de Aquiles es la capacidad de los candidatos y sus equipos para comunicarse con el electorado; proyectarse creíbles, valientes, sensibles, honestos, transparentes, auténticos, confiables, queribles.
¿Cómo se logra esa comunicación? Sólo los charlatanes dirán que saben cómo hacerlo y cobrarán contratos millonarios, en un momento inédito en el que todo cuenta, pero nada resulta determinante.
Y cuando decimos todo cuenta, nos referimos a las estructuras partidistas y a los medios tradicionales y emergentes; a la campaña de tierra que depende de los candidatos locales y al llamado círculo rojo que se enfrasca en debates de autoconsumo; al público de las telenovelas, que aún existe, y a las amorfas comunidades que van siguiendo la contienda a través de cadenas de WhatsApp y memes que nos matan de risa.
“¡Benditas redes sociales!”, celebró el domingo pasado Javier Corral, al indicar que, gracias a éstas, había sorteado la mala prensa hacia el caso Chihuahua.
Y a juzgar por lo sucedido, el gobernador panista tenía razón: pese a que el manejo en los medios tradicionales le fue adverso, el saldo le resultó favorable cuando la PGR reactivó el expediente del prófugo César Duarte.
Esa bandera opositora marcó la agenda de Meade, quien hizo suya la demanda de sacar los pendientes del Sistema Nacional Anticorrupción. Porque la capacidad de rectificar se está convirtiendo
en uno de los talentos más preciados de
la temporada.
Lo hizo la gente de Meade cuando reparó que era contraproducente afirmar que se podía proceder contra un periodista por “extralimitarse en el ejercicio de la libertad de expresión”.
Y lo hizo Anaya cuando los colegas se molestaron porque Dante Delgado, dirigente de Movimiento Ciudadano, comentó que se iban a terminar “las entrevistas banqueteras”.
Pero ojo: quedar bien con los medios tradicionales no quiere decir que los candidatos ya ganaron. Ésa es la novedad
de esta campaña: ni todas las primeras planas en contra o a favor definirán
el triunfo electoral.
Peor todavía: mientras más apoyado sea un candidato, por lo que la gente identifica como el oficialismo de los medios, más vulnerable será ante el voto indefinido. Lo que hace 12 años funcionó, el señalar a AMLO como “un peligro para México”, hoy se vuelve una chacota.
Y es que las declaraciones del vocero Lozano sobre los nexos rusos del candidato de Morena terminaron sirviéndole a López Obrador para mostrar otro talento imprescindible: que los candidatos sepan reírse de sí mismos y de sus memes.
¿Y eso da o quita votos? Nadie lo sabe. Moneda en el aire.
Porque López Obrador ya no siguió siendo el inalcanzable. Ahí están las encuestas con diferencias de entre 3 y 10 puntos entre él y los candidatos del Frente y del PRI.
Ni la maquinaria del PRI ni el gobierno lograron automáticamente colocar a José Antonio Meade en un seguro segundo sitio. Ahora, todavía compite por consolidar ese lugar con Ricardo Anaya.
Ni el aglutinamiento cupular de los partidos del Frente trasladó a Anaya sus votaciones. Ahora debe convencer a los panistas, pero también a los votantes del PRD y a los de Movimiento Ciudadano.
Porque a 161 días del primero de julio, sólo los brujos, los ilusos y los ilusionados pueden dar por hecho quién ganará la Presidencia. Gran noticia para la democracia.