El México del Papa, una esperanza herida

Con la alegría de celebrar a mi amadísimo hijo Santiago Beltrán, que vaya que cultiva la generosidad del entendimiento. En el México de Francisco, la clase política debe saber que los privilegios terminan por fertilizar la corrupción y el narcotráfico. Y que, como ...

Ivonne Melgar

Ivonne Melgar

Retrovisor

Con la alegría de celebrar a mi amadísimo hijo Santiago Beltrán, que vaya que cultiva la generosidad del entendimiento.

En el México de Francisco, la clase política debe saber que los privilegios terminan por fertilizar la corrupción y el narcotráfico.

Y que, como lo señaló en Palacio Nacional, las reformas no bastan. Porque además se necesita de una conducta personal responsable, sustentada en el respeto a los otros.

Son los pronunciamientos de un Papa que en Ecatepec nos dibujó como un país que expulsa y llora a su gente cuando termina destruida en manos de “los traficantes de la muerte”, porque la riqueza de unos pocos se sostiene en el dolor de las mayorías.

Ya en Chiapas, haciéndose cargo de la marginación indígena, dijo que esta sociedad ha excluido y despojado a los pueblos originarios de forma sistemática y estructural. Y si la pobreza fue explicada por Jorge Mario Bergoglio como una combinación del poder, la ambición del dinero y las leyes cuyos vacíos atrapan a los más débiles, en Michoacán alertó de una juventud amenazada por el sicariato.

Benevolente con quienes pagan pena carcelaria, en Ciudad Juárez señaló que los reclusorios son síntoma de la sociedad y que la rehabilitación no se concreta porque carecemos de un sistema de salud social.  Y si con tales señalamientos puso en la mira la insuficiencia de las políticas públicas, en la región de las maquiladoras centró sus cuestionamientos en el sector productivo por condiciones de trabajo que esclavizan. Así, desde la perspectiva papal, el Estado falla en tanto no actúa frente a la realidad y ésta es capitalizada por quienes más tienen.

Sin embargo, el México de Francisco omitió la pederastia cínicamente cometida y acallada por las cúpulas del clero; la violencia hacia las mujeres y la desaparición forzada de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

Silencios imperdonables para quienes desde la radicalidad esperaban un Papa solidario con dolores concretos, que aún no hemos llorado con esas lágrimas que él califica de necesarias para ablandar el corazón de una sociedad.

Omisiones que se explican por el estilo de hacer política del Papa, el cual a los ojos del jesuita Antonio Spadaro, director de la revista del Vaticano Civiltà Cattolica, no determina sus actos por presiones ni alianzas preestablecidas.

En palabras del editor e integrante de la comitiva papal, el argentino siempre intenta obtener el máximo de resultados, evitando irritar. Y “cuando cita casos, lo hace evaluando la situación”.

Es la del italiano una descripción ilustrativa para intentar comprender las peticiones incumplidas por un Papa que, dirigiéndose a obispos y cardenales, puso en la primera línea del debate nacional la minimización del desafío ético del narcotráfico. Al convocar a la jerarquía católica a no quedarse en condenas genéricas al crimen organizado, porque urge atender consecuencias, Francisco deja también una tarea a los políticos.

Señalar que los jóvenes son carne de cañón marca una agenda obvia a los gobernantes. Pero, ojo: quien fuera arzobispo de Buenos Aires habla de nuevas formas de diálogo, de negociación, de construir puentes y él intenta asumir la materialización de esas vías.

Desde esa expectativa, como lo declaró en el trayecto aéreo de regreso a Roma, el caso de los normalistas, implica a “grupos contrapuestos y conlleva luchas internas”. Resulta explicable que, frente a este diagnóstico, Francisco resolvió no abonar en la ruptura, a la que considera contraria al diálogo.

Pero cómo desestimar que, cuando optó por descalificar a un destinatario en concreto, hizo lo que nadie hasta ahora: paró en seco al candidato presidencial republicano Donald Trump.

Capítulo aparte merecen sus aliados y personajes reivindicados: Alberto Suárez Inda, cardenal de Michoacán; Felipe Arizmendi, obispo en Chiapas; la visita y el rezo en la urna de Samuel Ruiz, el referente mexicano de la teología de la liberación, y Tata Vasco de Quiroga, el evangelizador español que se opuso al maltrato de los indios.

Y si bien en la cobertura televisada de la visita pasó de noche la reunión privada en la Nunciatura con un grupo de jesuitas, retrata la imagen de un Papa cercano a los religiosos que abanderan las causas de los derechos humanos. Y será prueba histórica de que con ellos dio lectura a la carta de los familiares de los normalistas. Queda también el registro del reconocimiento pronunciado en la frontera sobre la labor civil y misionera en favor de los migrantes.

Se trata de aliados nunca vistos en el papado de Juan Pablo II; de la doctrina social de la Iglesia, de un llamado a sublevarse frente a la resignación que les vienen recentando a los católicos mexicanos. Habrá ilusos desilusionados. Y radicales nunca saciables con las apuestas reformistas. Pero la fuerza de sus palabras queda como moscarrón en los oídos del Poder Ejecutivo, los gobernadores, los dirigentes partidistas y legislativos.

¿Habrá alguno que sienta pena, tristeza, pudor, enjundia, deseos de hacer algo que no sea buscar más poder, con un Papa que confiesa que le dieron ganas de llorar ante tanta esperanza de un pueblo tan sufrido? Ojalá. Porque más temprano que tarde, de quienes se avergüencen de tanto abuso, será el reino de la legitimidad perdida.

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