Esperando al Papa

Nadie puede descartar que Bergoglio se sienta atraído por la idea de hablarles de frente a los diputados y senadores.

El papa Francisco viene a México en 2016. Y el anuncio de su visita permite calibrar la avidez de nuestra clase gobernante por montarse en la agenda de la decencia.

Basta asomarnos a los montajes mediáticos de gobernadores y jefes delegacionales que recientemente han asumido sus cargos para documentar la importancia que tiene ahora la preocupación por parecer honesto. Pasamos del photoshop del glamour a los anuncios vinculados con la lucha contra la corrupción.

Y qué decir de las iniciativas de los legisladores, convertidas en expiación de culpas y en promesas de que ahora sí serán representantes populares que trabajan, que cumplen sus tareas y que informan de las mismas.

En el colmo de este lavado de imagen, la secretaria general del PRI, Carolina Monroy, presentó esta semana en su calidad de diputada federal una propuesta para crear un código de ética, cuya idea más subrayada es la de dejar de vender alcohol en San Lázaro, bajo el reconocimiento de que su consumo altera la seriedad del quehacer parlamentario y, como en tantos otros planos, muestra los privilegios de los que gozan los congresistas.

Más allá de la falta de claridad que el proyecto de la priista revela en la jerarquización de prioridades éticas, en un país donde el principal problema de la vida pública radica en el conflicto de interés y en la tolerancia de actos corruptos, el caso da cuenta de la desesperación de los políticos por abanderar una conducta presuntamente correcta.

En medio de este clima donde más que eficacia se promete decencia, hoy nadie revive el debate, que tanto nos entretuvo en otros tiempos, de si las autoridades incurren o no en la violación del Estado laico cuando conviven católicamente hablando con el jefe del Vaticano.

Por el contrario, esta vez, ante el anuncio de la visita, los políticos de todos los signos reconocen la necesidad de acercarse al argentino, con Andrés Manuel López Obrador por delante, quien esta semana se adelantó para exaltar personalmente el liderazgo del Papa. Independientemente de divergencias partidistas, todos alegan que la sociedad mexicana necesita un mensaje de paz y de esperanza. Con sus declaraciones asumen las limitaciones que afronta la política para construir armonía social y una expectativa de futuro.

Así, mientras los legisladores cabildean a favor de una sesión solemne con discurso papal, como en el Capitolio de Estados Unidos, y el presidente del Senado, el panista Roberto Gil Zuarth, firma una petición formal, el gobierno federal se precipita a considerar que eso no suena viable, por conducto del subsecretario Humberto Roque Villanueva.

Nadie, sin embargo, puede descartar que Jorge Mario Bergoglio se sienta atraído por la idea de hablarles de frente a los 500 diputados y 128 senadores mexicanos. ¿Por qué no habría de interesarle la oportunidad de ese encuentro, si la gestión del primer Papa latinoamericano se ha caracterizado justamente por interpelar a la clase gobernante?

Colmado de simbolismos, el papado de Francisco se caracteriza por una cruz de plata con la imagen del Buen Pastor, dispuesto a perseguir a sus ovejas descarriadas. No es de oro macizo. Tampoco exalta más al Cristo crucificado.

De manera que la visita del Pontífice implica una sacudida para el alto clero mexicano. Y ya no digamos en la revisión de los metales de las cruces que porta, sino en asuntos tan sensibles como el perdón que el Papa ha reclamado de la Iglesia Católica a las víctimas de los curas pederastas. Y es que en México sigue pendiente seguir los pasos de Francisco y asumir el encubrimiento que protagonizó el alto mando católico durante años frente a las denuncias finalmente probadas por el Vaticano de la pedofilia de Marcial Maciel.

La condena de la pederastia no es el único punto que marca la diferencia de la futura visita papal frente a las de Juan Pablo II y Benedicto XVI, para quienes ese tema fue tabú. México y el Vaticano han cambiado. Y hoy no sería posible pensar en una misa privada en Los Pinos, como ocurrió en el sexenio de José López Portillo en el primer viaje de Juan Pablo II, quien después, en 1990, fue llevado a Chalco, el municipio emblema de la política social del presidente Carlos Salinas.

Tampoco imagino a Francisco dejándole toda la interlocución al jefe del Ejecutivo, como sucedió con Vicente Fox. Y mucho menos aceptando circunscribir su trayecto a una ciudad, tal como se hizo con Benedicto XVI en el gobierno de Felipe Calderón.

La mera incertidumbre de la agenda de Francisco genera un contraste, al grado de que no es descabellado imaginar que podría reunirse con los padres de los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa o incluso ir a Guerrero, donde la narcopolítica cegó la vida de 43 jóvenes. ¿Por qué no? Al final de cuentas, el liderazgo del jerarca de la Iglesia católica radica en el replanteamiento del por qué y el para qué de la fe y del poder político.

Se trata de un cuestionamiento simple. Pero que se torna revolucionario cuando, en la práctica, el ejercicio gubernamental de diversos signos ideológicos se ha desviado del servicio público y del bien común.

Por eso la visita preocupa y ocupa a la clase gobernante. Y resulta urgente para un México herido por la mala política.

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