Anaya, AMLO y Manlio, por supuesto…
“Con otro par como Ricardo Anaya en la oposición, estaríamos en serios problemas”, confesó alguna vez en los pasillos de San Lázaro una destacada operadora política del gobierno federal. El comentario de la diputada del PRI ocurrió cuando el ahora coordinador de ...
“Con otro par como Ricardo Anaya en la oposición, estaríamos en serios problemas”, confesó alguna vez en los pasillos de San Lázaro una destacada operadora política del gobierno federal.
El comentario de la diputada del PRI ocurrió cuando el ahora coordinador de la bancada del PAN presidía la Mesa Directiva de la Cámara, desatando elogios entre los conocedores de los códigos del poder por ese estilo donde la mano firme no riñe con la capacidad de sumar.
De la máxima tribuna de San Lázaro el político saltó a la planilla de Gustavo Madero para buscar su reelección en la dirigencia blanquiazul. Ganada esa batalla, Anaya se convirtió en el secretario general del partido y se quedó al frente de éste cuando el jefe panista se apartó del cargo por sus aspiraciones para convertirse en diputado plurinominal en la próxima LXIII Legislatura.
Perteneciente al equipo de Santiago Creel en los inicios del sexenio pasado y, posteriormente, funcionario del gobierno de Felipe Calderón, el queretano tiene una facilidad extrema para transitar de un equipo a otro sin romper con el anterior. Y ese valor agregado contó cuando ejerció como dirigente interino del PAN y buscó el reencuentro con el expresidente y su esposa, Margarita Zavala.
Pero la principal hazaña protagonizada hasta ahora por “el joven maravilla” ocurrió durante la reciente campaña electoral. Porque mientras la pareja que habitó en Los Pinos se sumaba a los actos proselitistas de los candidatos, el ahora aspirante a la dirigencia del PAN iba amarrando apoyos entre las filas de los calderonistas, críticos acérrimos de Madero y su grupo: los futuros gobernadores de Querétaro, Francisco Domínguez, y Baja California Sur, Carlos Mendoza Davis, y los senadores Javier Lozano y Roberto Gil, entre otros. Ante esa nueva circunstancia, Zavala tenía pocas posibilidades de éxito en su expectativa de encabezar al partido. Así que para sobrevivir se lanzó en grande por la candidatura presidencial para 2018. Y aunque no hubo foto ni comunicados de prensa, en privado la exprimera dama se reunió con el futuro líder del PAN. De esa conversación surgieron acuerdos todavía no difundidos. Lo evidente es que él le ofreció piso parejo para canalizar su proyecto en el partido y ella le dejó libre el camino hacia la dirigencia partidista. La mesura con la que Madero admite que, de llegar a relevarlo, Anaya tendrá el control del PAN “por encima de todos” es señal de que el pactado cambio de estafeta transitará sin sobresaltos hacia una nueva etapa en la que todos los interesados tendrán algo que ganar para seguir jugando.
De no atravesarse un tsunami político en el PAN en los próximos dos meses, con el respaldo de Madero y del también suspirante gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle, el menudo joven que deslumbró a los priistas con su talento conciliador llevará el timón de la segunda fuerza política y de una apuesta que busca rebasar por la derecha el entusiasmo de las candidaturas independientes: la ruta de una coalición opositora. Con esa mira puesta en el 2018, Anaya habrá de convertirse en adversario de AMLO, a quien desde ya debemos considerar como el principal aspirante presidencial de la izquierda y, al mismo tiempo, líder de Morena y de sus derivaciones legislativas, previsiblemente dedicadas a torpedear cualquier trabajo parlamentario bajo la consigna del no.
Lo que viene a partir de septiembre, en el arranque de la segunda parte del sexenio: el reto de la gobernabilidad y la política frente a la emergencia de fuerzas políticas relativamente pequeñas pero de ruidoso potencial, como Movimiento Ciudadano (MC) con Enrique Alfaro en Guadalajara y una bancada naranja que, sin duda, se dejará sentir. La eventual desaparición del Partido del Trabajo —a menos que se comprometan a no volverse otra vez apéndice de AMLO—, y el esperado protagonismo de Morena y MC diluirán el peso del PRD y de sus representantes. De manera que el gran interlocutor del gobierno federal será el PAN de Anaya, dispuesto —según ha dicho— a ponerle rudeza a la relación con Los Pinos.
Es frente a ese escenario que el presidente Enrique Peña deberá en las próximas semanas trazar el rumbo de su partido y seleccionar al personaje que, con guantes y estrategia, conducirá desde el PRI la disputa por las gubernaturas de 2016 y 2017 y la sucesión hacia 2018.
Claro que la mayoría numérica y simple de los diputados del bloque PRI-Verde-Nueva Alianza constituyen una ventaja. Pero resulta ingenuo pretender que es con la lógica de la aplanadora que se garantizará la imprescindible gobernabilidad que el Ejecutivo federal necesita para cosechar en el tramo venidero.
También es cierto que en esa conducción es fundamental el rol del secretario de Gobernación, en armónica mancuerna con el dirigente priista. Ya se barajean opciones —el gobernador de Chihuahua, César Duarte, los secretarios del Trabajo, Alfonso Navarrete, y de la Sagarpa, Enrique Martínez— y —por enésima vez— se habla de que ahora sí habría cambios en el gabinete. No se trata de armar adivinanzas ahí donde Peña tendrá la última palabra. Sin embargo, ante cualquier especulación, lo evidente es ya el relevo generacional panista y el recuperado caudillo de las izquierdas.
Y en ese tablero, por más malquerientes que tenga en la casa presidencial, el nombre inevitable es el de Manlio Fabio Beltrones. ¿Podrá el Presidente seguir los expedientes que en esas disyuntivas protagonizaron sus antecesores cuando se trató de preservar equilibrios?
Ésa es la cuestión.
