La mancuerna EPN-PRD o la vocación del poder
Los resultados del gobierno están pendientes. Las expectativas económicas descienden. Las cifras de la inseguridad aún no marcan giros irreversibles. Y las ofertas de profundizar la democracia y la transparencia siguen en veremos. Peor todavía: la administración ...
Los resultados del gobierno están pendientes. Las expectativas económicas descienden. Las cifras de la inseguridad aún no marcan giros irreversibles. Y las ofertas de profundizar la democracia y la transparencia siguen en veremos.
Peor todavía: la administración federal no ha tenido éxito en el manejo de las resistencias hacia la reforma educativa, evidenciando que una cosa es diseñar lustrosos cambios constitucionales y otra muy lejana hacerlos realidad.
Pero lo que no está en entredicho es la vocación del Presidente y de sus secretarios de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, y de Hacienda, Luis Videgaray, para ejercer el poder y generar incentivos que les permitan incluso regular la suerte de la oposición.
Tanto Jesús Zambrano en el PRD como Gustavo Madero en el PAN se han convertido en rehenes del Pacto por México suscrito con el gobierno y de ese método que comienza a institucionalizarse: presión, negociación, compromiso y regateo. Y así sucesivamente.
Me temo que no es ya un asunto personal. Y que ningún aspirante a conducir el timón perredista o blanquiazul podrá escapar a la mesa del Pacto.
Es más: me atrevo a compartir la hipótesis de que el relevo en las dirigencias del PAN y del PRD —a inicios de 2014— obligará a los aspirantes a plantear la fórmula que combinaría diálogo y reclamo en esa inevitable relación.
Porque Peña y su equipo han repartido ya fichas para un juego en el que la visibilidad de la oposición depende de lo que se logre conseguir con el gobierno.
Se trata de un estilo de gobernar, de una estrategia deliberada que pone por delante el control de los factores que podrían afectar los márgenes del poder en su siempre desgastante ejercicio.
Eso es lo que ha quedado claro esta semana con la aprobación de una reforma hacendaria defendida por el PRD con más enjundia que los propios priistas.
“¿Qué culpa tenemos nosotros que el Presidente haya hecho suyas las propuestas del PRD?”, preguntó en San Lázaro el diputado Rodrigo González Barrios.
“Esta reforma tiene el sello de la izquierda propositiva”, reivindicó su compañero Javier Salinas Narváez.
Y es que la dirigencia de Jesús Zambrano y su corriente hegemónica, Nueva Izquierda, consideran que fue su triunfo el haber convencido a Peña de echar a andar un proyecto sin IVA generalizado, con impuesto a la BMV, incrementos al ISR y con la puerta abierta al endeudamiento.
En teoría, el gobierno tomó la plataforma de la izquierda, después de dos décadas de un modelo liberal que da prioridad al capital. Sin embargo, en la práctica, la reforma contiene medidas que podrían desencadenar un efecto inflacionario con más gasolinazos, frenar inversiones y afectar segmentos de la clase media.
En la reivindicación de su proyecto común, PRI y PRD comparten la expectativa de que se tiene por primera vez un instrumento de redistribución que busca la equidad bajo la consigna de que paguen más los que más tienen.
Mientras esperamos saber quién acertó, los perredistas toman los beneficios inmediatos de esta operación respaldada por tres cuartas partes de la bancada: el Fondo de Capitalidad para el gobierno de Miguel Mancera, un logro económico que sella la alianza política de la dirigencia con el jefe de Gobierno, misma que podría inclinar la balanza a favor de Los Chuchos en el próximo relevo.
“Un grupo parlamentario como es el PRD que está en el poder, que tiene una representatividad, tiene que asumir responsabilidades y lo tiene que hacer bien, no con caprichos, ni con berrinches”, apechugó el diputado Fernando Cuéllar, uno de los artífices del quitaypon de la miscelánea fiscal.
También aguantaron en el jaloneo con las cámaras empresariales. El impuesto a la chatarra provino de la diputación perredista, así como el amago de duplicar el IEPS al refresco, formulado por Fernando Zárate.
Porque de eso está hecho el estilo peñista de gobernar, de emprender apuestas comunes compartiendo sus bienes y sus males. Y los perredistas pactistas han comenzado a pagar el golpeteo de la izquierda ligada a Andrés Manuel López Obrador.
En la Cámara fueron los diputados de Movimiento Ciudadano —Ricardo Monreal, Ricardo Mejía, Gerardo Villanueva y Alfonso Durazo—, el petista Manuel Huerta y los integrantes de la corriente perredista Izquierda Democrática Nacional —Claudia Bojórquez y José Luis Muñoz Soria— quienes lanzaron los insultos: vendidos, corruptos, lambiscones, portadores de la roqueseñal, cooptados, “izquierda paraestatal”.
El PRD afín al Pacto reviró: a algunos les recordó su pasado priista. “Con la izquierda protesta y con la derecha cobra”, acusó la perredista Karen Quiroga a Mejía.
Se trata de una guerra de agravios que llena de piedras el camino de regreso a un frente común con la gente de AMLO, una vez que Peña haga suya alguna apuesta del PAN.
Y es que la aventura hacendaria del gobierno con el PRD no significa el entierro del Prianato, como la izquierda llamaba al frente PRI-PAN.
Ya vendrá el turno de la reforma energética para colocar el balón en la cancha blanquiazul. Y para desgracia del PAN —como ahora ocurre en el PRD—, los acuerdos con el gobierno debilitarán su unidad interna.
Porque todo indica que el famoso divide y vencerás también forma parte de esa vocación de poder que no apuesta nunca a un solo jugador.
