254 rectores y ni una sola mujer
Son 16 los aspirantes a la Rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). De ellos, varios carecen de relevancia, no tanto por falta de inteligencia ni de lauros académicos, sino porque no han tenido la suficiente proyección en el ámbito universitario o en la vida pública.
La elección la hace un grupo de 15 personas, notables varios de ellos y más bien grises los demás. Pero son los grandes electores que, según la Ley Orgánica de la UNAM, aprobada por el Congreso de la Unión el 30 de diciembre de 1944, deberán resolver por sí y ante sí quién guiará los destinos de la más importante institución académica del país.
En la Universidad Nacional Autónoma de México se realiza más —mucho más, dicen algunos— de la mitad de la investigación científica que se realiza en la República Mexicana. La UNAM es un importante centro de actividad cultural y proporciona enseñanza a nivel de bachillerato a 112 mil alumnos y formación superior —en licenciatura, maestría y doctorado— a poco más de 200 mil estudiantes.
Por supuesto, ser rector de la UNAM es una altísima distinción que no todos han demostrado merecer. Es un cargo muy honroso y una gran responsabilidad, pues se trata de gobernar una institución con 340 mil estudiantes, 50 mil trabajadores académicos y otros tantos administrativos, para lo cual se cuenta en 2015 con un presupuesto de 37 mil millones de pesos, superior al de varias secretarías de Estado juntas, lo que también otorga una extraordinaria importancia social.
La UNAM no es una mera prolongación de la Real y Pontificia Universidad de México, que inició labores en 1553, pero sí es la heredera de su patrimonio material y de lo mejor de su tradición intelectual. Los liberales del siglo XIX intentaron suprimir la Universidad colonial porque en lo académico era intrascendente —saturada de dogmas y fastos religiosos— y en lo político reaccionaria, pues se opuso a la Independencia y a la Reforma. Sin embargo, enterado de su inutilidad, fue Maximiliano quien finalmente cerró las puertas de la vieja casa de estudios.
Entre el cierre de la Real y Pontificia Universidad y el nacimiento de la Nacional subsistieron “las escuelas”, como se llamó al conjunto de instituciones de educación superior en el que se contaban, entre otras, la Escuela de Jurisprudencia, el Establecimiento de Ciencias Médicas y el Colegio de Minería que fueron la base de la Universidad contemporánea.
La erección de la Universidad de México, la actual, fue un exitoso empeño de un muy destacado liberal como fue Justo Sierra. Pero en buena parte de su historia la nueva universidad fue dominada por el pensamiento conservador heredado del porfiriato. Tuvo, por supuesto, momentos brillantes, como ocurrió bajo la dirección de José Vasconcelos —el de la primera época—, y tiempos también en que se pretendió imponer ideologías excluyentes, como el nazifascismo de Rodulfo Brito Foucher o antes la intentona de cambiar el viejo dogma religioso por el marxismo igualmente dogmático que pregonaba Vicente Lombardo Toledano, lo que terminó en un rotundo fracaso.
Antes de que se aprobara la Ley Orgánica de 1944, las relaciones entre la Universidad y el Estado habían sido más bien ríspidas y los gobiernos no se consideraban responsables de la manutención de la casa de estudios, a la que arrojaban algunos centavos. Lázaro Cárdenas le dio una suma considerable, pero se consideró que sería por esa sola vez y que la universidad debía rascarse con sus uñas, como en efecto sucedió durante muchos años.
La Ley de 1944 más o menos restableció el orden en la UNAM, pero abrió las puertas a una mayor injerencia del gobierno federal, que desde entonces se hizo cargo del financiamiento de la universidad, pero a la vez influyó decisivamente en nombramientos y orientaciones generales, lo que por supuesto originó repetidas crisis, que parece ser la forma de existencia de la universidad, condición que la obliga a superarse constantemente.
La universidad es una construcción humana y por eso mismo es imperfecta y está sometida a una evolución permanente, pero aun así, es penoso que en poco más de 300 años de la Real y Pontificia Universidad de México, y en 105 de la Nacional de México hayan desfilado 210 o 212 rectores por la primera y 42 por la actual, para un total de más de 250 rectores, todos ellos varones. Ya es hora de que sea una mujer quien ocupe el más alto cargo de nuestra principal universidad.
