Entre el voto, la abstención y la nulidad

Hay muchas razones para detestar a la inmensa mayoría de nuestros políticos, a los partidos y al sistema electoral en su conjunto. Lo anterior explica sobradamente el hartazgo de quienes ven en los comicios un rito inocuo, una celebración sin fiesta y sin más objetivo que avalar las miserias de nuestra vida política.

Humberto Musacchio

Humberto Musacchio

La República de las letras

Los ciudadanos que solemos caminar por la izquierda tenemos muy presente el fiasco de 1988 o la cínica operación de 2006, cuando Andrés Manuel López Obrador “perdió” la elección presidencial pese a que un mes antes llevaba una ventaja de 11 puntos en las encuestas y en las semanas siguientes nada permitía advertir una pérdida de popularidad que pudiera arrebatarle el triunfo. Pero, por alguna misteriosa operación aquello ocurrió, o más bien dicen que ocurrió, aunque más de la mitad de los ciudadanos no creyeran en aquel resultado oficial, santificado por un IFE y un Trife encabezados por representantes de los partidos, que suelen repartirse las chambas con un espíritu solidario (o cómplice).

Al desasosiego social por los resultados que presuntamente arrojan los comicios, las fuerzas del orden responden con reformas electorales, antes cada seis años y ahora, al parecer, cada tres, pues la insatisfacción ciudadana va en aumento y los partidos apelan al reformatorio con la intención de taparle el ojo al macho, de dar atole por medios digitales.

Tanta reforma es prueba inequívoca de que a fin de cuentas los políticos y sus partidos no creen en el sistema electoral y por eso realizan modificaciones, generalmente mínimas, cosméticas, gatopardescas, no para garantizar un juego limpio, sino para continuar gozando de los beneficios que les reporta el actual esquema.

Para garantizar un piso parejo se acordó que no sólo el PRI dispondría de recursos públicos, sino que todos los partidos gozarían de subsidio y las campañas contarían con dinero proveniente del erario. Pero se dejó abierta la puerta para el financiamiento privado y por ahí se coló el diablo de la desigualdad, del derroche y de la compra de votos y voluntades.

Hoy, las elecciones son una cínica feria en la que los candidatos pasean su grisura y compensan su falta de sensibilidad e inteligencia con regalos: lavadoras, cemento, playeras, despensas, banderines y todo aquello que esté al alcance de los candidatos con dinero, que no son todos.

En estas miserias ha desembocado la muy prolongada lucha popular por la democracia. No fue poca cosa acabar con el monopolio del PRI y lograr, primero, el registro de partidos respondones, auténticos. El gobierno contestó con la creación de partidos Patiño que acompañarían a los viejos partidos paleros, pero en unos cuantos años la sociedad logró desplazar a esos membretes. Luego la pelea fue por órganos electorales imparciales y en medio de una profunda crisis de credibilidad, Carlos Salinas se vio obligado a ciudadanizar el IFE en 1994. Poco nos duró el gusto, pues meses después los partidos decidieron que los consejeros electorales serían gente suya, meros agentes de una u otra sigla, lo que con los años acabó en el mayor descrédito, sobre todo porque se limitó la alternancia a los partidos amigos, a los que garantizaban que todo siguiera igual.

En fin, que razones sobran para desconfiar de este sistema y de esos funcionarios y magistrados electorales que se embolsan fortunas y defienden perrunamente sus privilegios, los que deben precisamente a los partidos que los pusieron en esos cargos. Pero los votos cuentan, por lo menos una parte de ellos. De no ser así, la existencia del INE y el Tribunal Electoral perderían toda razón.

Desde luego, el sufragio no será suficiente para remediar todos los problemas de México, pero hay espacios y cargos en los que el arribo de la oposición verdadera sí puede enmendar defectos y modificar prácticas lesivas para los ciudadanos.

Por supuesto, los procesos electorales no son las únicas expresiones democráticas. Hay formas de democracia directa que las sociedades ponen en práctica cuando no se respeta el voto. Hay, incluso, modalidades de violencia que acaban por cobrar legitimidad. Pero debemos creer que no estamos en esa tesitura y que hoy el arma de todos es el voto. Ejerzámoslo responsablemente. No para ratificar a quienes nos han traicionado, sino para abrir nuevos cauces para un cambio que ya resulta indispensable.

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