Potentes voces de la inconformidad

En Mérida, al recibir muy merecidamente el Premio José Emilio Pacheco que otorga la Feria Internacional de la Lectura de Yucatán, dijo el gran Fernando del Paso: “Me duele hasta el alma que nuestra patria chica, nuestra patria suave, parece desmoronarse y volver a ser ...

En Mérida, al recibir muy merecidamente el Premio José Emilio Pacheco que otorga la Feria Internacional de la Lectura de Yucatán, dijo el gran Fernando del Paso: “Me duele hasta el alma que nuestra patria chica, nuestra patria suave, parece desmoronarse y volver a ser la patria mitotera, la patria revoltosa y salvaje de los libros de historia (…) A los casi 80 años de edad, me da pena aprender los nombres de los pueblos mexicanos que nunca aprendí en la escuela y que hoy me sé sólo cuando en ellos ocurre una tremenda injusticia, sólo cuando en ellos corre la sangre: Chenalhó, Ayotzinapa, Tlatlaya, Petaquillas… ¡Qué pena, sí, qué vergüenza que sólo aprendamos su nombre cuando pasan a nuestra historia como pueblos bañados por la tragedia”.

Apenas anteayer, Guillermo del Toro, el creador de Cronos y otros filmes celebrados internacionalmente, en el Festival de Cine de Guadalajara dijo que “si tuviéramos el porcentaje de fallas que ha tenido el gobierno mexicano, estaríamos desempleados”, y eso, agrego (yo, HM), vale para los exitosísimos cineastas mexicanos lo mismo que para cualquier otro trabajador.

Del Toro, que mucho sabe de monstruos, expresó su preocupación porque hay gente que cree “que la chingada se va a llevar nada más un pedazo de país y no a ellos” y —agregó— “nos va a llevar a todos, de una manera o de otra”.

El cineasta, que sufrió el secuestro de su padre, reclamó al gobierno el incumplimiento de sus deberes más elementales, “porque no pedimos ni exigimos nada que no esté escrito en las funciones de a quien se lo exigimos”. Sí, entre esos deberes del Estado se halla ofrecer seguridad en la vida y los bienes de los ciudadanos, organizar la actividad pública de modo que todos tengan acceso a una ocupación digna y a un mínimo de bienestar.

Días antes, el también cineasta Alejandro González Iñárritu, en la ceremonia en la que recibió tres Oscares de la Academia Cinematográfica de Estados Unidos, dijo, refiriéndose a la situación de México: “Ruego porque podamos encontrar y construir el gobierno que merecemos”. Idea que remachó en una entrevista concedida al periódico italiano La Repubblica, al que declaró que en México, “antes secuestraban a los ricos, ahora también a quien vende verduras o refrescos”.

Para confirmar que debemos construir ese nuevo gobierno, Iñárritu fue más lejos y declaró que “los gobiernos ya no forman parte de la corrupción. El Estado es la corrupción. Hoy parece que la corrupción ha alcanzado los niveles más elementales de la vida”.

En efecto, la corrupción inherente a los gobiernos priistas forma parte del entramado estatal. Se halla metida hasta en el último intersticio del poder. El enriquecimiento ilegal e ilegítimo de los hombres de Estado ocurre a la vista de todos, las riquezas no se ocultan sino que se muestran como un reto a la sociedad, que ve con indignación la impunidad de esos políticos sinvergüenzas.

Corrupción, complicidades e ineficiencia son causa y efecto de instituciones que ya no funcionan, de un Estado que se diluye, de un país que perdemos día a día, donde se entregan las riquezas nacionales y se pugna porque policías extranjeros anden y actúen armados por nuestras calles y ciudades.

Para justificar ese entreguismo se arguye que vivimos la era de la globalización. Y, en efecto, vivimos en un mundo donde los seres humanos estamos cada vez más cerca unos de otros, pero la sobrevivencia en estas condiciones exige un elemental sentido de patriotismo para ganar un lugar. Y no existe ese ingrediente en la esfera oficial.

                *Periodista y autor de Milenios de México

                hum_mus@hotmail.com

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