Los salarios, damnificados de las crisis

Diversas voces se han levantado a favor de un aumento y varias abogan por mantener la situación de hoy.

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Humberto Musacchio 21/08/2014 00:43
Los salarios, damnificados de las crisis

José López Portillo fue un pésimo administrador  al que la economía se le fue de las manos. Con él todo se desplomó, y ante el desastre, la mejor receta que encontró fue decretar un alza de salarios de 10% a quienes ganaban más; de 20% a quienes no percibían tanto, y de 30% para los más pobres. La intención, ciertamente noble, se diluyó en las realidades económicas y aquello disparó aun más la inflación, que acabó por devorarse los aumentos.

La lección es que en economía no basta con la voluntad, pero cabría agregar que sin voluntad no hay medida que baste. Lo cierto es que los actuales mínimos no sirven para maldita la cosa. Compran apenas entre un cuarto y un tercio de lo que podían adquirir hace 30 años y ya nadie sabe para qué existe la Comisión de Salarios Mínimos, pues hace mucho tiempo que no cumple su cometido de equilibrar los salarios con el alza en el costo de la vida, y hoy, cuando se discute el asunto, ha sido incapaz de presentar  siquiera un análisis que oriente el debate y de elementos sólidos en torno al asunto.

Miguel Ángel Mancera fue el primero en hablar de la necesidad de elevar los mínimos. Diversas voces se han levantado a favor de un aumento y varias también abogan por mantener la injusta situación de hoy. Pero el caso es que urge mejorar las condiciones de vida de la inmensa mayoría de los ciudadanos, pues la miseria ha obligado a emigrar a Estados Unidos a 12 y medio millones de mexicanos, y la demanda interna se ha derrumbado, lo que ahuyenta la inversión, impide la creación de empleos y desemboca en un crecimiento del Producto Interno Bruto inferior al aumento de la población.

En materia de salarios mínimos, México tiene el segundo más bajo del continente. Es tan bajo, que muchas personas se ven obligadas a rechazar empleos en los que se paga esa miseria, pues no alcanza para transportes, vestimenta y otros gastos indispensables. El salario ínfimo —no es otra cosa—lo percibe sólo 13% de la población laborante, pero al ser un factor que tiende a bajar el resto de los salarios, da por resultado el empobrecimiento de las mayorías.

El salario mínimo y la triste situación de nuestra economía constituyen la evidencia más contundente de que los trabajadores han llevado la carga principal en las últimas tres décadas, marcadas por las crisis, el servilismo hacia el vecino del Norte (ahí está el TLC de ejemplo) y un empobrecimiento de las mayorías.

Analistas serios coinciden en que es tan bajo el mínimo que existe un buen margen para elevarlo. Sin embargo, voceros gubernamentales —el Banco de México o la Secretaría del Trabajo— insisten en que debemos esperar a que “maduren” las recientes reformas y que empiecen a arrojar resultados para plantearnos el alza. Pero ocurre que, si bien nos va, en 2018 el PIB ganará apenas un punto. La firma Standard and Poor’s descarta un rápido incremento en la producción petrolera y la calificadora Moody’s declaró que la apertura energética no nos redituará ni siquiera un punto de PIB.

Es el círculo vicioso de siempre y por algún lado hay que romper su inercia. Elevar los mínimos en algo más que las migajas de costumbre es una decisión política, y debe adoptarse, si no por razones de justicia redistributiva, sí para reactivar la demanda, lo que puede desatar un proceso virtuoso, a condición de que los gobernantes del país adopten una actitud patriótica, lo que francamente no parece posible.

                *Periodista y autor de Milenios de México

                hum_mus@hotmail.com

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