¿Auditorio Justo Sierra o Che Guevara?

Los ocupantes entran y salen, y cuando se hallan fuera del campus, no hay policía que los moleste.

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Humberto Musacchio 03/04/2014 02:42
¿Auditorio Justo Sierra o Che Guevara?

Estudiantes y profesores, autoridades universitarias y exalumnos demandan el desalojo del auditorio Justo Sierra, rebautizado como Che Guevara durante el movimiento estudiantil de 1966 —no de 1968, como se ha venido repitiendo—. No se pide que intervenga la policía y eche a la calle a quienes ahora están apoderados de ese recinto, sino que los ocupantes lo abandonen voluntariamente, lo que no parece posible.

El Che Guevara fue sede de la Orquesta Filarmónica de la UNAM y ahí brilló bajo la inigualable dirección de Eduardo Mata. En el mismo auditorio se celebraron varias aperturas de cursos, conferencias inolvidables, como aquella en que Juan José Arreola presentó a Pablo Neruda diciendo: “Cuando los grandes hablan, los pequeños callamos”. En el mismo lugar se realizó en 1966 (¿o fue 1967?) un debate entre los diversos grupos de la izquierda mexicana, acto que acabó en una vergonzosa trifulca en la que volaron sillas y otros objetos en medio de un feroz combate a patadas y puñetazos.

El Che Guevara fue sede de homenajes a grandes creadores, de asambleas memorables y de interminables debates. Era el mayor de los recintos del viejo campus de la Ciudad Universitaria, lugar entrañable porque a la entrada se tendían los puestos de libros y por ahí deambulaban las rubias criaturas que venían a los cursos de verano.

Por supuesto, en cada huelga estudiantil el Che Guevara, como los demás auditorios de CU, se convertía en recinto de asambleas, de organización de brigadas y, por la noche, en dormitorio de los activistas. Pero eso era solamente durante las grandes movilizaciones, al término de las cuales el auditorio quedaba nuevamente vacío y dispuesto a contener las actividades para que fue construido. Lo mismo ocurrió en la huelga de 1999-2000, cuando los muchachos se opusieron a la arbitraria y anticonstitucional alza de cuotas. Y ahí cambió la historia.

Desde entonces, con excepción de los días de la ocupación policiaca de CU con la que terminó aquella huelga, el auditorio permanece ocupado. Dentro de él, dicen varias denuncias y versiones periodísticas, funcionan cocinas que venden comida, se alquilan rincones para dormir, se ejerce la prostitución y se comercia un amplio catálogo de drogas. Algunos estudiantes quieren que las cosas sigan igual, pero la mayoría, junto con los profesores, exige la desocupación.

Las autoridades universitarias invocan al cielo pidiendo que se respete la legislación de la UNAM y que el auditorio se despeje, pero desde hace 14 o 15 años nada práctico hacen para que se produzca el desalojo. Más hipócrita es la actitud de las autoridades externas, que desde siempre han tenido policías infiltrados entre los activistas, pero que prefieren mantener la actual situación.

Para el gobierno, mientras subsista el problema, el orden dentro de la UNAM se verá alterado y hará a la institución más frágil. Por supuesto, las autoridades externas esperan que la UNAM demande públicamente la entrada de la policía, pues eso demostraría que la Universidad no puede gobernarse sola. Pero se trata de una actitud tramposa. Los ocupantes del Che Guevara entran y salen de CU y cuando se hallan fuera del campus, pese a que están perfectamente identificados, no hay corporación policiaca que los moleste. ¿Por qué? Porque al gobierno le conviene mantener permanentemente la situación irregular, pues eso le dará la coartada para violar la autonomía cuando se produzca un movimiento estudiantil amplio. Esa es la perversa lógica que mantiene entrampados a los universitarios.

                *Periodista y autor de Milenios de México

                hum_mus@hotmail.com

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