Paz, desde joven, combatió las opiniones que no estuvieran de acuerdo con la suya.

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Humberto Musacchio 24/03/2014 00:00
Paz, desde joven, combatió las opiniones que no estuvieran de acuerdo con la suya.

Octavio Paz, ¿agraviado?

En el homenaje que le rindió la Cámara de Diputados a Octavio Paz por el centenario de su natalicio, Rafael Tovar y de Teresa dio lectura a un texto de Mari-Jo Paz, que es materia para la discrepancia. “Paz —dice el texto— apostó por la pluralidad, el contrapunto y esa decisión le costó que los poderes lo miraran con recelo”. Nada más lejos de la realidad. Paz, desde muy joven, en forma poco comedida, combatió las opiniones que no estuvieran de acuerdo con la suya, como ocurrió en el caso de Rubén Salazar Mallén en el lejano 1937, o más recientemente, al emplear su inmensa capacidad de insulto contra los integrantes del consejo de redacción de La Cultura en México, a los que llamó perritos que orinan al pie de las estatuas, todo porque se atrevieron a criticarlo. Esa soez intolerancia la desplegó contra un Gregorio Selser, moribundo que tuvo la grandeza de disculparse, él, que hizo una crítica de carácter político. Después, Paz acusó a Elías Trabulse de plagiario y otras lindezas, pese a que éste, con su proverbial sensatez, le demostró que conocía tanto o más que el poeta las fuentes en que se había basado en el caso en cuestión. En defensa de Trabulse acudieron Jorge Alberto Manrique y Edmundo O’Gorman, pero, derrotado y todo, Paz incluyó en sus obras completas los textos con las insostenibles acusaciones y, por supuesto, excluyó las respuestas. De su intolerancia y los muchísimos agravios que —él sí— propinó tan injustamente hay una historia larga. De modo que cabe aclararlo. Otro punto equivocado del texto es aquel según el cual a Paz “los poderes lo miraran con recelo”. ¿A él, a quien llenaron de honores y de dinero? Recuérdese el generoso financiamiento de la entonces naciente Fundación Octavio Paz, a la que Ernesto Zedillo lambisconamente entregó la Casa de Alvarado y 12 magnates de la iniciativa privada le entregaron un millón de dólares por cabeza. Ésos son los hechos.

Más de la Madre Academia

Quien abra el Diccionario de la Lengua Española y se pasee un rato por una sola página de la letra ese hallará perlas como solercia, que es “industria, habilidad y astucia para hacer o tratar algo” (qué solercia de nuestros políticos para hacer negocio); solén, que quiere decir solemne, pero que —aclara la Grandma—, es un adjetivo en desuso (¿entonces para qué carax lo incluye?); soledoso, “que vive en soledad” o “que siente nostalgia” (exactamente como cualquier académico madrileño, que no sabe cómo se habla el español de hoy y siente nostalgia por el siglo XIV); solerte, que vale como “sagaz, astuto” (los académicos se creen muy solertes); soleta, que no es una galleta, sino la pieza de tela con que se remienda la planta del pie de la media o calcetín cuando se rompe” y cuando no se rompe entonces no; y tampoco cuando uno recuerda que vive en el siglo XXI y que ahora sale más barato comprarse unos calcetines que remendar las calzas que dejaron de usarse hace más de 200 años, aunque no lo sepan los catecúmenos de la Real Academia Española, empeñados en dar respiración artificial a terminajos que están fuera de combate.

Y sigue el muestrario…

En la misma página del lexicón de la RAE aparecen solevación, “acción o efecto de solevarse”; solevar, que significa sublevar y que si alguna vez se empleó fue en tiempos de Mamá Canica; y solidar, que ya nadie usa, pero significa consolidar, dice Mami. ¿Y qué tal solimán?, que para la Gran Madre de las academias correspondientes, dependientes, similares y conexas quesque viene del latín sublimátum (así, con acento); pero, eso sí, dizque influido por el árabe sulaymãn (con esa grafía ajena al castellano y al árabe, puesta ahí para impresionar incautos), que significa “sublimado corrosivo” o “cosmético hecho a base de mercurio”, aunque aclara que ya está en desuso esta acepción (¡y para qué jijos la incluyen?)… Y así, hasta la carcajada. Espero que Jaime Labastida no diga otra vez que el autor de esta columna es “enemigo de la Academia” y opte al fin por tirar a la basura el lexicón de la Villa del Madroño y ponga a sus colegas a trabajar en la elaboración de un diccionario de la lengua que tenga como base el español de México. Pese a ciertos pavorreales, talento hay en la Academia Mexicana. Es cosa de independizarse de la metrópoli y de ponerse a trabajar por cuenta propia.

Para una Academia muerta

La Asociación Cultural y Literaria La Avellaneda ha lanzado una iniciativa para que la Real Academia Española nombre académica a Gertrudis Gómez de Avellaneda, quien fue la primera mujer propuesta para ocupar una silla en la vetusta institución que, misógina y colonialista como ha sido siempre, rechazó a Avellaneda por ser mujer y muy probablemente por haber nacido en uno de los dominios del trono de Madrid. En fin, que la petición se hace porque en estos días se cumplirán 200 años del nacimiento de la escritora, y la mencionada asociación extrañamente considera que el mejor regalo de cumpleaños sería que la Real la nombrara académica a título póstumo o al menos académica honorífica. Hay que apoyar esta petición, pues nada resultaría más lógico y natural que sentar a una difunta junto a las momias de esa institución monárquica, franquista y reaccionaria que es la Academia Española.

Correos vende celebridad

Nos informa un corresponsal que, de acuerdo con las políticas neoliberales tan caras a los últimos gobiernos, el Servicio Postal Mexicano —el Correo, pues— ahora vende la gloria impresa en las estampillas. Por ejemplo, si un timbre está dedicado al Ejército, la emisión correspondiente tiene que pagarla la Secretaría de la Defensa Nacional. Es el caso de Conaculta, que ya pagó por la estampilla en honor de Octavio Paz y esperamos que muy pronto pague también por los sellos postales dedicados a otros centenarios, como el de María Félix —más famosa que Paz—, el de Mario Ruiz Armengol, compositor de canciones, música para películas y partituras de concierto; y los de Efraín Huerta y José Revueltas, escritores para quienes no ha habido tanto festejo, quizá porque ambos nunca aceptaron plegarse al poder y a quienes lo ejercen. Quizá su homenaje sea mejor confiarlo a la Universidad Nacional Autónoma de México y a la Secretaría de Cultura del Gobierno capitalino, aunque sea sin timbres postales.

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