Una sociedad ciega y amordazada...

Con cada informador asesinado, la sociedad va perdiendo sus ojos, sus oídos, su boca.

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Humberto Musacchio 27/02/2014 02:56
Una sociedad ciega y amordazada...

En los últimos años, matar periodistas se ha convertido en una práctica frecuente y por lo general impune. Solamente de 2011 al día de hoy son más de 30 los colegas asesinados, la mitad de ellos en Veracruz, donde la indolencia y demagogia de las autoridades ha propiciado un sistemático ataque a la libertad de expresión.

Los periodistas cumplen una función social. Averiguan y difunden aquello que suponen de interés social y, como parten del hecho de que las buenas noticias no son noticias, son los transmisores de las desgracias de interés colectivo, de las lacras que afectan a la comunidad, de la información negativa a la que tienen que poner nombre y apellido, con lugar y fecha, detalles y circunstancias.

Por supuesto, informar de los hechos negativos toca intereses y afecta a los autores y beneficiarios de tales hechos. Cuando un caso tiene tintes de corrupción, ningún funcionario público desea verse involucrado ni exhibido; cuando los actores de algo sucio son criminales, la información periodística se considera delación. En ambos casos los periodistas se convierten en blanco de los afectados, y en un país cada vez más sumido en la descomposición, se multiplican los agravios contra la sociedad; hay más materia periodística y más muertos.

De ahí que el domingo pasado, en más de 20 ciudades mexicanas, los periodistas saliéramos a protestar y a gritar, como se hace en condiciones de guerra: “Prensa, no disparen”. Esa fue nuestra manera de exigir seguridad. No queremos privilegios y mal haríamos en demandarlos. Lo que esperamos de la autoridad es simplemente las garantías indispensables para cumplir con nuestro cometido, que tiene un interés que va mucho más allá del ámbito gremial, pues la información que recabamos y difundimos importa a la comunidad.

El caso que ha precipitado la protesta es el secuestro, tortura y asesinato del colega Gregorio Jiménez de la Cruz, levantado en Coatzacoalcos y desaparecido hasta que su cadáver decapitado apareció en Las Choapas. No es que antes no hubiera desazón en el ámbito profesional, sino que los periodistas sabemos que nuestro oficio implica riesgos y cualquiera de nosotros puede resultar víctima de un ataque de los delincuentes o de las represalias de políticos, empresarios o policías. Pero eso, en un país civilizado, se da por excepción. Lo malo es que en México se ha convertido en hábito por la ineptitud, abulia o complicidad de las autoridades.

En México, dijo una compañera en el mitin celebrado al pie de la Columna de la Independencia, “muchos periodistas no mueren de vejez o muerte natural. No mueren por fuego cruzado o porque pisaron una granada como en las guerras. En México existe una cacería de periodistas. Son sacados a la fuerza de sus casas, emboscados en las calles, perseguidos hasta adentro de sus redacciones”.

México, se dijo también en el mitin del Ángel, “está en la lista negra de países donde matar un periodista sale barato, pues los silenciadores no pagan sus culpas, pues 90% de los asesinatos de periodistas no han sido resueltos. Se han creado fiscalías, mecanismos de protección a periodistas y se han gastado cientos de millones de pesos en instituciones burocráticas supuestamente abocadas a la defensa de los periodistas, pero en este país los periodistas siguen cayendo como moscas”.

Como se dijo el domingo, con cada periodista asesinado, la sociedad va perdiendo sus ojos, sus oídos, su boca. Con cada ataque a los periodistas se pretende cegar y amordazar a la sociedad.

                *Periodista y autor de Milenios de México

                hum_mus@hotmail.com

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