¿Y qué pasó?

Contra toda estadística, Donald Trump ganóla carrera presidencial en Estados Unidos.

“Make America Great Again” –Hagamos a América grande otra vez– señalaba el eslogan de campaña de Donald Trump, hoy presidente electo de los EU y el día de la elección, recibió cerca de 60 millones de los llamados “votos populares” y 306 votos del Colegio Electoral.  Trump ganó la carrera presidencial echando por tierra los cálculos que señalaban a su contrincante como virtual y segura ganadora.

No hubo en toda la Unión Americana ni en el mundo entero un analista político que pudiera anticipar el resultado de esta elección. Cuando los resultados comenzaron a aparecer por televisión y la ventaja de Trump comenzaba a ser manifiesta, algunos analistas insistían en que había que esperar hasta el final. Poco a poco, la aplastante realidad se fue revelando ante los ojos incrédulos del mundo entero; Trump se convertía en cosa de horas en el ganador de la contienda.

No hubo sistema de medición de la opinión pública que pudiera anticipar este sorpresivo desenlace, y este es un duro golpe a la industria de las encuestas y de los sondeos de opinión que hoy atraviesa por una crisis en la aplicación de la metodología convencional para la recolección de datos de la opinión pública. Los instrumentos de recolección, análisis e interpretación de información que utilizan las casas encuestadoras se encuentran rebasados por la realidad, incluidos los novedosos sistemas de análisis de data que proporciona la red vía Facebook, Twitter o SnapChat, por citar sólo algunos. Hoy, se podría decir que la disciplina social de la proyección de resultados electorales se encuentra en penumbras.

Lejos están los tiempos en los que los instrumentos de medición de las encuestas podían predecir con precisión casi perfecta el resultado de una elección. 1936 fue el año en el que George Gallup, estadístico norteamericano, realizó por primera vez encuestas innovadoras que incluían muestras demográficas representativas, que de tan exactas, predijeron el triunfo de Roosevelt cuando nadie lo esperaba, sentando así las bases de una disciplina que hasta hace poco se consideraba infalible.

80 años tuvieron que pasar para que las encuestas y sus formas de medición colapsaran. Para el encuestador, de la Universidad de Monmouth, Patrick Murray las encuestas no reflejaron el apoyo hacia Trump. “Hay un estado de ánimo antiestablishment significativo, las encuestas no atraparon”.

Y en este sentido, hay una hipótesis poco explorada del triunfo de Trump, que de manera sencilla se relaciona con la vida cotidiana del estadunidense medio. Su triunfo es el resultado acumulado de 30 años de neoliberalismo; un sistema desregulatorio, privatizador, que ha privilegiado al comercio y a los mercados financieros y se ha olvidado de las personas; un sistema que en busca de la mayor rentabilidad ha provocado, en el caso de la sociedad estadunidense, el cierre y el traslado de muchas empresas a otras latitudes, con el consiguiente desempleo y la caída de sus niveles de vida; un sistema que ha provocado el deterioro de las pensiones y la seguridad social de decenas de norteamericanos; en suma, un sistema que se olvidó de una parte importante del electorado que la semana pasada le dio el triunfo a un hombre que, precisamente y a contracorriente del establishment, convocó a la sociedad  de EU a proteger sus fronteras, sus empleos y sus hogares, que le dio voz al estadunidense medio, lo invitó de nuevo a ser grande y le ha devuelto la esperanza.

Este hecho no lo registraron ni las encuestas ni los sondeos de opinión pública. Lo registró el pueblo norteamericano que eligió a Trump presidente. Lo que venga después será parte de la historia. Por ahora, el mundo entero, azorado y confundido se pregunta: ¿Y qué pasó?

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