Clásicos del periodismo alemán

Selección de Francisco Uzcanga Meinecke de artículos periodísticos literarios

¿Por qué Stefan Zweig renegaba de las agencias turísticas, que tantas facilidades brindan a los viajeros? ¿Por qué a Thomas Mann le gustaba tanto el cine? ¿Por qué Alfred Kerr, en su obituario de Ibsen, consideraba que el dramaturgo noruego era “un germano puntual”?

En La eternidad de un día (Acantilado, 2016), Francisco Uzcanga Meinecke realizó una espléndida selección y traducción de artículos periodísticos literarios, escritos por 45 autores de lengua alemana, entre 1823 y 1934, donde se abordan estos y otros temas.

Lo mismo compartimos la sensación de soledad de Robert Walser al visitar la tumba de su madre, que el barullo que se desarrolla Al este de la Alexander platz, que nos transmite Alfred Döblin, o la importancia del café central de Viena: “El Café Central no es un café como los demás”, nos confía Alfred Polgar: “es,  más bien, una forma de contemplar al mundo”.

Conocemos la reseña de Heinrich Heine sobre el concierto que ofreció Paganini en Hamburgo, en 1836: “El frac negro y el chaleco negro, de una hechura tan horrenda, que se diría prescrita por la etiqueta infernal de la Corte de Proserpina… Los brazos caídos y largos parecían alargarse aún más con el violín en una mano y el arco en la otra… ¿Es un muerto recién salido del sepulcro, un vampiro, con violín?”. Pero, en cuanto Paganini comenzó a tocar, algo ocurrió en el auditorio…

Nos enteramos de la desconfianza que sentía Georg Weerth por las fábricas inglesas –envidia de Europa en 1844– y descubrimos que sus argumentos son tan lúcidos como los que entonces utilizó Dickens y como los que, hoy día, esgrimen ciertos críticos respecto a algunas empresas contemporáneas.

Por las páginas de La eternidad de un día desfilan, también, Walter Benjamín, que evoca la casa de Goethe en Weimar; Klaus Mann, que hace un recuento de aquellos conocidos suyos que se han suicidado, y Joseph Roth, que describe su hotel predilecto en Europa. Figuran, asimismo, Max Frisch, Karl Krauss, Rosa Luxemburg y Robert Musil.

Uzcanga parece preferir los artículos de denuncias pero, también, los que rebozan ironía: El arte de convertirse en un escritor original en tres días, de Ludwing Börne, o Sobre el difícil arte de pasear, de Franz Hessel, por ejemplo. En Folletín, Víctor Auburtin se mofa de la ampulosidad germana, acusando a sus colegas de ser incompensables: “El pueblo alemán siempre se ha dejado guiar por libros que no ha podido digerir y por oradores cuyas palabras lo han sumido en un sueño profundo”.

En El escándalo, Carl Von Ossietky, el pacifista a quien encarceló la Gestapo y le impidió recoger el Premio Nobel de la Paz, hace ver a los berlinenses su provincianismo ante la indignación que les causa ver a un negro bien vestido en la ciudad: “¿Berlín una metrópolis? ¿Con un ritmo de gran urbe que siente latir el poeta ingenuo? ¿De verdad? ¿De verdad?”.

Entre los artículos que más disfruté, estuvo ¡Amigos, no en ese tono!, donde Hermann Hesse arremete contra el nacionalismo que empieza a apoderarse de Alemania en 1914: “Goethe nunca fue un mal patriota”, dice, “aunque no compusiera canciones patrióticas en 1813. Pero por encima de su amor a lo alemán, que él practicaba como ningún otro, estaba su amor a la humanidad”.

El libro constituye, en suma, un banquete compuesto por toda suerte de platillos, aderezados para quienes gozamos la literatura, la historia, la política y, desde luego, el periodismo con adjetivos… o sin ellos.

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