Demencia
El escritor Eloy Urroz levanta cada piedra con la que ha tropezado en su camino.
Cuando Jorge Volpi emprende una novela, comienza por estudiar el tema elegido. Revisa las fuentes, lee los documentos, se entrevista con los posibles personajes y cruza información. Cuando lo hace Ignacio Padilla, lo que cruza son palabras: explora giros, ensaya adjetivos e imagina retruécanos con los que no ha experimentado.
Para Eloy Urroz, el acto creador posee una naturaleza diversa: exige un clavado a sus recuerdos, esperanzas, temores y frustraciones. Todo está dentro de él. A la manera de Stendhal, a quien los críticos han calificado de ser un egotista, siempre centrado en sí mismo, para Urroz escribir una novela tiene que ver con un ejercicio de introspección. Cada una de sus novelas es un exhaustivo sicoanálisis.
Levanta cada piedra con la que ha tropezado en su camino; regurgita cada satisfacción, cada afrenta que ha ido inventariando en el subconsciente; emboza sus deseos inconfesables y decide un reparto de personajes dramáticos entre sus exnovias, amigos, tíos, primos y colegas. Todos los escritores necesitamos hurgar dentro de nosotros mismos para contar una historia, desde luego, pero esto es sólo una parte del trabajo. Para Urroz lo es todo.
No resulta extraño, pues, que a pesar de tener tanto éxito con la traducción de sus libros, no haya conseguido, en español, el número de lectores que hubiera querido: Joyce, Woolf y Proust difícilmente podrían repetirse en el siglo XXI. Urroz está dolorosamente consciente de ello y, en Demencia (Alfaguara, 2016), su novela más reciente, deja constancia: “Si no consigues engancharlo en las primeras líneas”, reprocha su hermano a un escritor, “pocos seguirán leyéndote”.
Acicateado por esta amenaza, Urroz decidió urdir una trama que no dejara respiro a sus lectores. Y lo consiguió. Auxiliado por su destreza para erotizar cuanto toca su pluma (virtud que ya destaqué en otra reseña), armó un thriller donde el protagonista, un esquizofrénico que vive realidades paralelas, se enfrenta a sus fantasmas. Hay crímenes y detectives, travestis y balaceras, prostitutas y vecinas incómodas…
Pero –ojo–: el novelista no descuida ni por un momento su materia prima. Sus cultas referencias a Beethoven, Kafka, Sabato o Poussin no deben confundirnos. Fabián Alfaro, el músico esquizofrénico; Néstor Camil, el novelista; Rogelio, el profesor de preparatoria; las tres hermanas Ricart; el “parque de los muertos”, el café Švejk y el antro Gema no son sino retazos de la vida del autor.
Fui joven al mismo tiempo que Urroz y testigo de su entorno urbano, sus relaciones familiares, sus lides amorosas y sus lecturas compulsivas. Llegamos a tener un mismo jefe —Eduardo Lizalde— y cortejamos mujeres del mismo
círculo. Siempre admiré —y llegué a envidiar— su capacidad para hallar la veta sensual en la situación más inesperada.
A pesar de su coro de voces y su estilo eficiente, sin embargo, Delirio añade otra veta que bien podríamos calificar de surrealista. A la manera de Otra vuelta de tuerca, de
Henry James, donde ignoramos hasta el final si la narradora ve lo que cuenta o sólo se trata de una loca que padece alucinaciones, aquí también es difícil precisar qué le ocurre y qué no le ocurre a Fabián, incluso cuando las imágenes sexuales desbordan. Por momentos, el lector se siente atrapado en una película de Buñuel.
Daniela y Herminia, las hermanas gemelas (¿un homenaje a El Mago, de Fowles?), así como su padre, que de pronto está muerto y de pronto está vivo, o los agentes de la policía ministerial, que quizás sólo sean inspectores de la Conagua, dan al libro un aire de misterio, de una trama inconclusa. El lector desea resolverla con creciente ansiedad.
