¿Existe el PRI?
Sin el presidencialismo exacerbado, el PRI es un partido disfuncional, en vías de desaparición, por lo menos en su modelo tradicional. Entre los analistas y opinadores políticos existe la creencia de que uno de los mayores lastres que arrastra la candidatura ...
Sin el presidencialismo exacerbado, el PRI es un partido disfuncional, en vías de desaparición, por lo menos en su modelo tradicional.
Entre los analistas y opinadores políticos existe la creencia de que uno de los mayores lastres que arrastra la candidatura presidencial de José Antonio Meade es el partido que lo postuló: El histórico, por muchas razones, Partido Revolucionario Institucional (PRI). El otro, se opina, el Presidente de la República. En realidad, esos dos lastres son uno solo: El uno no puede existir sin el otro.
Hasta antes de 1994, la candidatura presidencial del PRI garantizaba la obtención, por las buenas o por las malas, de la Presidencia de la República. El candidato del PRI iba a ser necesariamente Presidente de la República. Ése era el centro del poder de ambos.
El PRI era entonces un partido monolítico, que no permitía las disidencias internas ni externas; tenía el control de la clase política, inclusive de algunas “oposiciones”; disciplinaba a sus militantes con premios y castigos (esencialmente cargos públicos de elección o de designación y contratos de obras públicas también); teóricamente —y en hechos—, en éste militaban todos los mexicanos, a través de tres sectores que reproducían el mismo modelo hacia abajo, como dicen que se barren las escaleras.
Nadie estaba fuera del PRI. Los campesinos eran miembros de la Confederación Nacional Campesina (CNC), pasaporte para la obtención de beneficios y promociones agropecuarias, lo mismo ejidatarios que pequeños propietarios y latifundistas.
El partido en el gobierno conserva su estructura electoral interna y no hay ningún partido que en ese terreno le compita.
Los obreros, todos, eran necesariamente miembros de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), la que a través de sus sindicatos, necesariamente afiliados, los controlaba, lo mismo que a sus patrones.
La Confederación Nacional de Organizaciones Populares (CNOP) controlaba al resto de los mexicanos: Empresarios, grandes, medianos y pequeños; profesionistas, artistas y actores, locutores, boleros, comerciantes establecidos y ambulantes, empleados, burócratas, profesores, intelectuales y todo aquel que no cupiera en los otros dos sectores.
Hubo un tiempo en que llegó a tener un sector militar. Y también una organización de mujeres.
La maquinaria de control político perfecta, pero, sobre todo, una aplanadora electoral, que dependía de una voluntad única: La del Presidente de la República en turno.
Con la declinación del poder del Presidente la República se inició el fin del control político. La oposición política verdadera tuvo mucho que ver con esa declinación, pero también el último Presidente de la República impuesto por el PRI: Ernesto Zedillo, quien decidió no ejercer su poder en el partido que lo postuló. La “sana distancia”, le llamó. De los tres siguientes candidatos presidenciales apoyados por el PRI, dos perdieron las elecciones y uno, el actual, fue más candidato de sus pares gobernadores priistas que de su partido.
Hoy, el PRI y sus sectores carecen del control real sobre sus militantes. Es cierto que el partido en el gobierno conserva su estructura electoral interna y no hay ningún partido que en ese terreno le compita. Seguramente, será el único partido que tendrá representantes en todas y cada una de las casillas electorales del próximo 1º de julio, pero ya no puede garantizar los votos para su candidato y mucho menos su triunfo.
Sin el presidencialismo exacerbado, que ahora se intenta revivir desde la oposición con reales probabilidades de triunfo, el PRI es un partido disfuncional, en vías de desaparición, por lo menos en su modelo tradicional. Y que además carga con el desprestigio de años.
Ésa es la gran desventaja de José Antonio Meade en la contienda por la Presidencia de la República y no le quedan muchos días para convencer a la mayoría de los mexicanos que voten por él. Es de reconocer que quizás sea el candidato mejor preparado para ejercer la Presidencia de la República y también que es una buena persona, pero hoy eso no alcanza para obtener sufragios. Como antes, el candidato del PRI requiere de aquel PRI para ganar, un partido que hoy está mostrando su declinación.
Y en el improbable caso de que Meade ganase la elección presidencial, el PRI tendrá que reorganizarse, cambiar, refundarse, como se dice ahora, si es que quiere sobrevivir.
*jci
