Las fuentes

Atribuida a muchos, como Francis Bacon o al mismo Steve Jobs, la frase “la información es poder” es un apotegma de uso popular, casi verdad de Perogrullo. Sin embargo, los tiempos que corren, los de la era de la tecnología informática, no son buenos, cuando menos ...

Atribuida a muchos, como Francis Bacon o al mismo Steve Jobs, la frase “la información es poder” es un apotegma de uso popular, casi verdad de Perogrullo. Sin embargo, los tiempos que corren, los de la era de la tecnología informática, no son buenos, cuando menos para la información. Tampoco lo son para el periodismo ni para el impreso o el digital o el que utiliza la radio y la televisión. Alejado de sus principios básicos, del rigor del oficio, deslumbrado y enamorado de la inmediatez, de los clics y los likes, el periodismo del mundo entero cabalga en el desprestigio. La información ha sido sustituida por la percepción. Algunos creen, no sin razones, que las nuevas plataformas tecnológicas han provocado ese fenómeno y que no habrá vuelta atrás. Como sea, el relato de lo real, de los hechos, de las noticias está de capa caída.

Los propios medios de información, los llamados tradicionales y también los modernos, son los escaparates de ese desastre. Los hechos, lo real, su relato, poco significan y han sido sustituidos por la especulación, la insinuación, la intuición, la suposición, la interpretación, la percepción y, en el mejor de los casos, la opinión y el análisis.

No se trata de dar clases de periodismo, simplemente de ubicar. El oficio periodístico se ejerce a través de dos grandes canales: la información y la opinión, los hechos y su análisis. No es ninguna novedad. Desde los inicios de la prensa industrial, los ingleses acuñaron una sentencia: “Los hechos son sagrados; las opiniones, libres”. Hoy pareciera ser al revés, aunque no exactamente. Noticia y opinión son partes esenciales del periodismo, pero no hay que confundirlas como no se confunden, por ejemplo, valor y precio en la economía.

A diferencia de la información real que propicia certezas, la percepción produce un fenómeno ahora bautizado como “posverdad”, la palabra de 2016, según la Universidad de Oxford. Y no es una moda pasajera. Los hechos han dejado de ser reales, se les adapta a la creencia, ideología, conveniencia, militancia, sospecha, necesidad e interpretación propias de la persona (usuario) y del grupo (chat). Ya había quedado claro que una mentira repetida mil veces nunca será verdad, pero la “posverdad” parece un triunfo póstumo de Goebbels.

Temerosos de que el periodismo y sus oficiantes, fascinados por la inmediatez y la interacción, se equivocan cuando intentan competir con las redes sociales, subiéndose al tren de la modernidad. El periodismo y los periodistas no se han dado cuenta de que el enemigo no son esas plataformas tecnológicas de la nueva comunicación social, vamos, ni siquiera aquellos que creen o juegan a ser periodistas en ellas. No, el enemigo son ellos mismos que han abandonado el rigor del oficio: el viejo e inevitable truco de reportear (investigar), ir a las fuentes de información, a los protagonistas de los hechos, buscar en los documentos, ser testigos de los hechos, contrastar para constar. Siempre, por ejemplo, será mejor la crónica del reportero que asiste a la arena de box a ver en vivo una pelea de campeonato, al estadio de futbol o al partido del día, que la de aquel que los vio por televisión, sentado en el sillón de su casa o de la redacción.

La responsabilidad del desprestigio de la falta de credibilidad del oficio periodístico es, en muy buena parte, de quienes confunden informar con opinar, interpretar o especular. Esta semana hubo tres “interpretaciones”, por llamarlas de alguna manera, de un hecho, en lugar de la información de ese hecho: los reportes de la llamada telefónica entre los presidentes de México y Estados Unidos. No significan lo mismo los verbos “invadir” (militarmente al país) que “ofrecer” (ayuda militar, que ya existe); tampoco significa lo mismo “amenazar” que relatar una situación real (la existencia del crimen organizado y el tráfico de drogas y armas). ¿A quién creerle?

Ahora bien, los autores de esas versiones tienen todo el derecho en propalar éstas basadas en sus especulaciones y no estrictamente en los hechos y serán responsables de sus efectos y consecuencias. Asimismo, los lectores, radioescuchas, televidentes e internautas tienen el irrestricto derecho a creerles o no. Pero, en ambos casos, serán interpretaciones y creencias, casi como dogmas de fe, sin sustento en lo realmente ocurrido.

A los receptores de mensajes periodísticos, que no tienen la obligación de ser expertos en la materia, habrá que aconsejarles que hay que distinguir entre información y opinión; que la primera es el relato de hechos reales y la segunda es una interpretación personal de esos hechos. Las dos valen, pero no hay que confundirlas. ¿Cómo? En primera instancia, la información debe estar sustentada en fuentes. De entrada, desconfíe de las noticias sin fuente informativa y más de aquellas que citan “fuentes bien informadas”, porque las “noticias” provenientes de ellas tienen, con toda seguridad, un interés más allá del periodístico. También contraste para constatar.

En el caso de opiniones, especulaciones, interpretaciones y suposiciones (como ocurre con artículos y columnas, incluida ésta), entienda que son responsabilidad absoluta de quien las firma con su nombre y usted decida la credibilidad que pudieran tener. El periodismo debe regresar a sus orígenes, a lo básico —reportear—, a su rigor informativo. No se trata de nostalgia ni mucho menos de regresar al pasado. Se trata de recuperar la credibilidad. Se trata de que, como canta Joaquín Sabina, “las verdades no tengan complejos, que las mentiras parezcan mentiras…”.

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