Embestidas
Los hechos de la semana que hoy termina muestran que el nuevo Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sigue y seguirá en campaña electoral. Es el único camino de los populistas, frecuentemente también demagogos, como es su caso. Su ignorancia no les permite acciones ...
Los hechos de la semana que hoy termina muestran que el nuevo Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sigue y seguirá en campaña electoral. Es el único camino de los populistas, frecuentemente también demagogos, como es su caso. Su ignorancia no les permite acciones de gobierno real; buscan esencialmente conmover, excitar, enardecer a las masas, sus masas. Un hombre sin ideas, pero sí de muchas ocurrencias que él cree que gustarán a sus electores. El affaire (el escribidor no cree que sea una crisis) del muro con México así lo mostró, además de contradictorio, confundido, ignorante, soberbio y sobre todo bravucón, pero un bravucón corriente, no de barrio bajo, sino suburbio elegante donde los bravucones apenas si son niños berrinchudos, narcisistas ellos, él.
Y ése es el peligro para México y, por supuesto, para el mundo: Estados Unidos sigue siendo el país más poderoso del planeta y Trump es su presidente. México es y seguirá siendo el vecino de Estados Unidos, junto con Canadá, que ya nos mandó al carajo. No existe ninguna posibilidad de cambiarse de territorio. Habrá que lidiar (sí, en su acepción taurina absolutamente) con él por lo menos en los próximos cuatro años. Si se recurre a la metáfora taurina, habría que decir que por la puerta de toriles salió un toro brusco, resabiado, bravo porque sabe para qué tiene los pitones, sin clase, que quizás ni en el rastro lo quieran, y que no pondría en alto el nombre de ninguna ganadería.
México y sus gobiernos (en 2018 habrá un nuevo Presidente) deberán ser inteligentes: lidiar y mandar, dicen los que saben de toros. Será muy difícil, casi imposible, que Trump cambie. Embestirá de la misma manera que ha mostrado al aparecer en la arena. Será difícil hacerle faena, sobre todo si enfrente no tiene un torero mandón, conocedor de la técnica de la lidia, pero también con clase, valiente además, decidido a salir con el triunfo, que lo enganche con capote y muleta para hacer la faena en la que nadie creía. Hay una opción indeseable: que ese animal regrese vivo a los corrales. Ocurre con frecuencia. Si para el ganadero es horrible, para el torero es peor.
Inusitadamente, durante la semana que hoy termina, el presidente Enrique Peña Nieto recibió el arropamiento de casi todos los tendidos de la plaza. Lo mismo de los de sol y de los de sombra, de los que pagan entradas de general que de quienes ocupan las barreras de primera fila. Peña Nieto no ha sido un torero taquillero y no levanta el ánimo en los tendidos. Pero esta vez, el respetable vio con claridad al mal burel que tuvo enfrente y, sin más, incluidos los reventadores que nunca faltan en ninguna plaza, decidió arroparlo, pese a que su trasteo no fue ni de lejos una faena de época.
En el primer tercio, el del capote, el público silbó pitos; reclamó al matador su indecisión, algunos llegaron a gritarle, injustamente, “¡Toro, toro!”. Sin embargo, algunos otros, muchos, conocedores también, de repente se dieron cuenta de que la fiera de enfrente tenía (tiene y tendrá) faena. Los tendidos se desesperaron en el segundo tercio, el de las banderillas, cuando la cuadrilla del matador (algunos de ellos simples aprendices, según su propia confesión) hizo casi el ridículo. Evidentemente alentado, jaleado por el público en el tercer tercio, el matador hizo una faena inesperada, la que los tendidos le exigían: lidió y mandó, se puso por encima del bicho, lo metió a la muleta y le dio buenos pases, algunos naturales, otros ayudados, que muy pocos esperaban y emocionaron a las gradas. No ha habido corte de orejas y muchos menos de rabo. Quizás la faena no valga siquiera una vuelta al ruedo, pero con justicia sonaron palmas. El oficiante consiguió sacar pases al rejego burel de embestida descompuesta. El tendido lo supo, lo entendió y lo va a seguir reclamando en las próximas corridas. El torero deberá recordar que cualquier toro tiene faena, si se tienen los recursos para hacerla. Si alguien en su cuadrilla cree que la faena es de época, está equivocado y su matador sufrirá las consecuencias de esa creencia.
Lo único cierto es que Donald Trump es un burel previsible. No debe ser sorpresa cuando nuevamente salte al ruedo, que será muy seguido. No es un real toro bravo. Apenas si es un buey. El torero debe haber aprendido su embestida y deberá nuevamente hacerle la faena. No la tiene fácil, pero es su oportunidad, quizás ya la única. Todavía hay un ¡olé! atorado en la garganta de todos, nos guste o no.
Alejados de las metáforas, los mexicanos creen que hay que dar la batalla, que se tienen las armas, que en ese ejército están todos, pero que todavía falta un líder y, por supuesto, un programa, que provoque, que consiga ir por el camino común, el de todos, aunque literalmente no sea de todos, sino de la simple mayoría, que eso es la democracia. Y lamentablemente en México, hoy, no hay ni lo uno ni lo otro. Saber negociar es diplomacia. El decir no, también. Trump, su campaña, su triunfo y ahora sus acciones de gobierno deberían ser un buen ejemplo para los mexicanos, los votantes, y su futuro.
Vendrán nuevas embestidas, algunas muy próximas, descompuestas y violentas. Que haya oficio o se recurra a los que lo saben. Un buen torero debe saber que los tendidos y los enterados hacen la fiesta, que el ¡olé! se grita desde el alma… nada fácil conseguirlo, reservado sólo para los que lo merecen.
