‘Ora resulta
El populismo y sus promotores, sean de izquierda o sean de derecha, necesitan de víctimas a las que salvar, redimir, hacerles justicia. Por eso prometen volver a ser grandes, apuestan a la regeneración nacional, a la recuperación del presunto paraíso perdido y no ...
El populismo y sus promotores, sean de izquierda o sean de derecha, necesitan de víctimas a las que salvar, redimir, hacerles justicia. Por eso prometen volver a ser grandes, apuestan a la regeneración nacional, a la recuperación del presunto paraíso perdido y no compartirlo con otros, que por supuesto son los victimarios, los malos.
Además, los populistas siempre necesitan estar en campaña. No es que les guste (aunque les guste), sino que lo necesitan. Es el oxígeno que les permite sobrevivir. Por eso se equivocaron aquellos que auguraron que una cosa iba a ser Donald Trump en campaña electoral y otra Donald Trump en la Presidencia de Estados Unidos. Seguirá siéndolo como Presidente, como lo hizo Hugo Chávez en Venezuela, en un ejemplo reciente, porque hay muchos a lo largo y ancho del mundo y de las épocas.
Luego de su discurso de toma de posesión (“discurso inaugural”, dicen algunos) resulta que con él, el nuevo salvador, “el pueblo se convirtió en el gobernante de esta nación nuevamente”. Trump proclamó que encabeza “al pueblo” que logró, con él, por supuesto, sacar de la Casa Blanca a “un pequeño grupo de la capital (Washington) de nuestra nación (que) ha cosechado los frutos del gobierno mientras el pueblo ha sufragado los costos”. Cualquier parecido con otros discursos similares no es casualidad.
Es probable que no le falte razón a esa frase de Trump. Si se quiere discutir en serio, es necesario reconocer que su triunfo está sostenido por una mayoría de votos de los pobres, de los menos favorecidos se dice ahora, de aquellos estadunidenses con menos instrucción académica, de aquellos que viven en las zonas rurales y en las ciudades con menos de 50 mil habitantes, en los cinturones exteriores de las ciudades industrializadas, alejados del glamour de Nueva York, Washington o San Francisco; fuera de las grandes y prestigiosas universidades y sus élites académicas; miembros de mayorías a las que se les cree minorías. Sólo basta revisar los resultados de las casillas electorales.
También hay que analizar cuál es la responsabilidad del gobierno del tan admirado Barack Obama en el triunfo de un candidato como Trump: ¿cuántos votos de castigo, de rechazo, de revancha aportó? Es cierto y no hay discusión posible que Hillary Clinton obtuvo más votos “populares”, pero su contrincante obtuvo la mayoría de los votos “electorales” en un sistema vigente y probado y aprobado, legal y legítimo, desde los primeros años de la vida independiente de ese país.
Sabedor de que tiene que seguir en campaña, Trump hizo un discurso para las galerías, se diría acá, y lo seguirá haciendo y lamentablemente tendrá que actuar en ese sentido para no perder el aplauso de quienes lo llevaron al poder. Dijo que la realidad de Estados Unidos es la de “las madres y los niños atrapados en la pobreza en nuestras zonas urbanas; fábricas oxidadas esparcidas como láminas por todo el paisaje de nuestra nación; un sistema de educación con mucho dinero, pero que priva de conocimientos a nuestros jóvenes y hermosos estudiantes; y la delincuencia, las pandillas y las drogas que han robado demasiadas vidas y le han robado a nuestro país tanto potencial desaprovechado”.
La catástrofe. El apocalipsis, pues. El mismo de otros discursos en otros países. Y con ello no se está diciendo que no sean ciertos.
Y qué creen. Los responsables de esa “masacre” (así lo dijo Trump), son la industria extranjera que se ha enriquecido a costa de la estadunidense, los subsidios militares a otros países y la defensa de otras fronteras, de aquellos que “arrancaron” la riqueza de la clase media de EU para ser “redistribuida en todo el mundo”, de los que se “robaron” sus empresas y destruyeron sus empleos.
Pero, no más. Ya llegó el salvador. Prometió, como todos los populistas, el inicio de una nueva era, la del futuro luminoso, el de los sueños. “Traeremos de vuelta nuestros empleos. Traeremos de vuelta nuestras fronteras. Traeremos de vuelta nuestra riqueza. Y traeremos de vuelta nuestros sueños”, vociferó.
Entonces, ¡oh paradoja! (el escribidor confía en que se entienda la ironía… y perdón por contar el final del chiste), hoy Donald Trump promete cumplir aquella consigna revolucionaria que en los años sesenta del siglo pasado exigía: “¡Yanquis go home!”. ‘Ora resulta.
Y hoy que las vestiduras se rasgan, por la llegada —absolutamente democrática, legal y legítima, esto que ni qué—, de un cretino a la Presidencia del país más poderoso del mundo, los mexicanos deberían comenzar a pensar ya que en menos de año y medio tendrán que elegir a su nuevo Presidente y que no tienen de dónde escoger, tal como les ocurrió a los estadunidenses, para prever lamentos posteriores. Poner sus barbas a remojar, se dice.
