El sueño
El problema no es la democracia ni los votantes, sino los elegidos y sus partidos.
El proceso electoral 2016 que tienen enfrente ciudadanos de 13 entidades federativas en México es desolador. También patético. Y cínico.
No es el que soñaron los mexicanos que hace 35 años luchaban por la democracia, como se escribió aquí ante la muerte de Luis H. Álvarez.
Hoy como nunca, las peores circunstancias del modelo democrático se han evidenciado en el joven y endeble sistema político mexicano, que lamentablemente no llegó a ser nuevo. Hoy se puede decir que la presunta transición democrática no condujo al sueño democrático. Se consiguió, sí, que el voto contara (“que se cuente y que cuente”, era la demanda), pero cuando el sueño se hizo realidad ésta resultó o está resultando peor que la anterior vida política nacional.
Los electores del 2016 —muchos de ellos nacidos entre 1996 y 1998, quienes no vivieron la época del partido único y suponen que el México de ayer es igual al que hoy viven— enfrentan candidaturas de diferentes partidos o independientes que no son ninguna opción para ellos, a menos que la guerra sucia electoral se considere que sea una alternativa.
Esos electores deberán votar entre candidatos corruptos, infieles, borrachos, influyentes, prepotentes, ligados al crimen o al narcotráfico, defraudadores, pero no por una propuesta de gobierno, que por cierto muy pocos candidatos —casi ninguno— han hecho.
En la Ciudad de México, además, los electores se enfrentan a un proceso electoral casi monárquico —si el oxímoron vale— en que el 40% de los constituyentes son designados por el Presidente de la República, el jefe de Gobierno de la Ciudad de México y las cámaras de Diputados y Senadores, y el resto por un complicado procedimiento entre la representación proporcional (de los partidos) y el voto directo por algún candidato independiente, quienes en su mayoría (13 de 21) tuvieron 15 días para hacerse promoción entre los votantes.
Peor aún, los cien constituyentes (los designados por dedazo, al mejor estilo priista de antaño, y los electos ya sea mediante el voto proporcional o el voto individual) de la nueva Ciudad de México deberán aprobar un texto constitucional elaborado ya por un grupo de notables nombrados por el jefe de Gobierno de la ahora Ciudad de México, en el que no tuvieron cabida todas las corrientes ideológicas, simplemente por no ser amigos de quienes están en ese grupo o no profesan sus creencias políticas en el mejor estilo ni siquiera monárquico sino de cualquier Estado totalitario.
Ésos no eran los sueños de los demócratas mexicanos, quienes querían que los mexicanos votantes tuvieran la opción de elegir entre las mejores opciones políticas para que los gobiernos resultantes tuvieran en su origen, al menos, la aprobación popular mayoritaria.
La decepción es grande. Pero habrá que decir que el problema no es la democracia ni siquiera los votantes, sino los elegidos y sin duda sus partidos, a los que les ha interesado sólo el poder y los privilegios, el económico principalmente, que produce.
Pese a ello, el sistema democrático sigue siendo la mejor opción para los ciudadanos, no sólo de México, sino de este mundo que habitamos.
No hay opción probable, ni siquiera posible.
Los partidos políticos mexicanos, sus militantes e incluso los candidatos independientes, aquellos que provienen de partidos y otras organizaciones políticas, no podrán, al menos, ofrecer solución a este problema.
La solución, como antes, como siempre, está en los ciudadanos. Ya lo ha expuesto con claridad en estas páginas Pascal Beltrán del Río, quien ha caracterizado a esta acción como una “intervención ciudadana” para rescatar la opción democrática.
No será fácil. Es más, el escribidor prevé que será mucho más difícil que la lucha por acceder a un régimen democrático. El reto es mayor. Ahora habrá que luchar contra los antidemócratas y contra aquellos quienes entienden la democracia como el camino al beneficio propio, en imitación al anterior sistema político unipartidista.
La realización del nuevo sueño-reto no ocurrirá en las elecciones de próximo domingo. Quizás ni siquiera en el 2018. Habrá que esperar a los nuevos soñadores, quienes, como dijera el gran John Lennon, no serán únicos ni estarán solos.
