Sin cambio de horario

Para Pascal, por los buenos tiempos y por los que vendrán. “Este ha sido el año de colocar los cimientos para impulsar el desarrollo del país”, dijo el presidente Enrique Peña Nieto el martes 20 de octubre al participar en la reunión ...

            Para Pascal, por los buenos tiempos y por los que vendrán.

“Este ha sido el año de colocar los cimientos para impulsar el desarrollo del país”, dijo el presidente Enrique Peña Nieto el martes 20 de octubre al participar en la reunión México Cumbre de Negocios en Guadalajara, Jalisco. Y más allá de la explicación-justificación, la frase presidencial parece inocua, una de tantas dicha cada sexenio con cada uno de quienes ocuparon la silla presidencial,  antes llamada la Silla del Águila.

Nadie, salvo él, podrá saber la intención de la frase del presidente Peña Nieto. Sin embargo, esa oración (no se asusten o escandalicen: el escribidor se refiere al concepto gramatical) presidencial refleja, sí, lo que todos los presidentes de la República mexicana han sentido en el ejercicio de su poder. Cada uno de ellos ha puesto los cimientos de la grandeza nacional, aunque siempre el edificio de la Patria se haya quedado en, cuando mucho, obra negra.

No es ningún secreto que la piedra angular del sistema político mexicano priista,  instaurado a partir de 1929 (sin que ello le quite los antecedentes que se remontan a la época precortesiana), desde antes de que el PRI se llamase PRI, es el presidencialismo o, más claro, el poder absoluto, autoritario, del Presidente de la República en turno, suspendido apenas entre los años 2000-2012.

El sistema político mexicano —algunos dicen que único en el mundo, y otros más atrevidos (Luis Javier Garrido, un mexicano entre ellos) lo comparan sólo con el del nacional-socialismo alemán, eso que se llama comúnmente fascismo— ha dado muestras de que no puede sobrevivir sin el poder absoluto del Señor Presidente de la República, aquel que determina cuál es la hora de la república o el movimiento de cualquier hoja del árbol de la política nacional. Buena parte del fracaso de los dos presidentes panistas de la República se debe precisamente a que nunca pudieron ejercer las facultades metaconstitucionales (así les llaman los estudiosos) del presidencialismo mexicano.

A ese sistema político, don Daniel Cosío Villegas (cuyas ideas deberían estar vigentes hoy como en sus tiempos) lo llamó con toda razón el de una Monarquía Absoluta Sexenal y Hereditaria en Línea Trasversal; a fines de los años 60 se le llamó la “Dictablanda”; Mario Vargas Llosa lo definió como la “Dictadura Perfecta”, y Enrique Krauze, como la “Presidencia Imperial”. Al parecer la Herencia (basada en la fuente de mayor poder del presidencialismo mexicano: la oportunidad de designar a su sucesor) se rompió con Ernesto Zedillo, quien decidió no ejercerla, lo que permitió, entre otros factores, el reconocimiento del triunfo electoral de Vicente Fox y, seis años más tarde, el de Felipe Calderón.

Pero, más allá de sus propias actuaciones y de sus muchos errores que no están a discusión, los presidentes Fox y Calderón no pudieron ejercer las facultades metaconstitucionales del presidencialismo y, por encima de todo, el que siempre había sido la mayor fuente de poder de los presidentes de México: designar a su sucesor. Ni Fox ni Calderón tuvieron la oportunidad de marcar las horas del tiempo republicano y la dirección del viento que mueve las hojas del árbol de la política nacional. Tampoco supieron (si lo hubieran sabido, no tuvieron el poder para imponerlo) qué hacer para cambiar ese sistema; fueron sus rehenes. Por eso el poder de la Conago, con su mayoría de gobernadores priistas, hoy prácticamente ha desaparecido. Esos priistas, entre ellos Enrique Peña Nieto, se dieron cuenta de que no debían ninguna “lealtad” al Presidente en turno. Hoy es el revés; los gobernadores (incluyendo a algunos que se llaman de oposición), también los secretarios del Ejecutivo,  saben o al menos creen que la próxima candidatura presidencial del PRI (la que suponen ganadora) será decidida por el actual Presidente de la República… con quien hay que quedar bien, alinearse, sujetarse.

“Faro de la política nacional” era una de las definiciones del Presidente de la República durante los buenos años priistas. Otras: “jefe nato”, “primer priista del país”, “líder máximo”,  “intérprete de la voluntad nacional” y todas aquellas que aparecían en los desplegados de prensa y que, ojalá el escribidor se equivoque, ya están por regresar.

El antiguo ciclo sexenal está de vuelta. “El primer año será el complejo de los Santos Reyes o de Santa Clos; el segundo, el del Coordinador; el tercero, el del Mesías; el cuarto, el de Harún Al-Raschid, el comendador de los creyentes de Las mil y una noches. El quinto, el de Iván el Terrible, y el sexto y último, el de el premio Nobel; cada uno con una razón, cada uno dura un año, todo es ineludible porque el destino parece marcarlo así y la historia lo confirma cada seis años”, escribió Miguel Alemán Velasco, hijo del Presidente de la República,  sin mayor pretensión académica que la de su novela Si el Águila hablara (Editorial Diana, 1996), que a juicio del escribidor debería ser un texto de cabecera para quien quiera conocer las intimidades del presidencialismo mexicano.

Uno de los signos recurrentes de ese sistema es que todos los presidentes deciden dejar sus huellas en la historia patria. Una de ellas, esencial según creen,  es una reforma política. Bien, la única reforma política que dejará huella es aquella que rebase cimientos y obra negra y construya algo diferente. No es ni será fácil. Hay muchos restauradores dentro del PRI y fuera de él. Y si México decide o ya decidió ser una democracia, habrá que recordar que las elecciones se ganan en las urnas, y a los votantes decirles, desde ahora, que su voto es muy importante porque es el que define a quién va a gobernar y cómo. Desde hoy hay que comenzar a pensar que no debe haber otro sexenio que inicie por poner los cimientos, sino que nos entreguen una obra acabada. Ya veremos qué hacemos con ella.

Temas: