El recreo de otoño
En ocasiones la política y los políticos abruman y también aburren. Quienes se dedican, como este escribidor, a hacer periódicos ¡bendito sea Dios! sufren todos los días para encontrar un ángulo, un enfoque nuevo que interese a los lectores. Buscan la “nota”. Y ...
En ocasiones la política y los políticos abruman y también aburren.
Quienes se dedican, como este escribidor, a hacer periódicos —¡bendito sea Dios!— sufren todos los días para encontrar un ángulo, un enfoque nuevo que interese a los lectores. Buscan la “nota”. Y la mayoría de las veces deben conformarse con lo que hay, pero, bueno, así es su vida. Ellos también saben bien que no hay otoño sin Serie Mundial de beisbol. Así que si a usted le interesa la política por sobre todo, el escribidor le recomienda que por hoy deje de leer esta columna. Olvídese de leerla y disculpe al autor por sus veleidades.
Olvídese por un momento, es un decir, del IVA y los demás impuestos, de las reformas que nunca se acaban, de los huracanes, de los plantones y los bloqueos, los crímenes, la recesión, la corrupción, la ineficacia y la ineficiencia del sector público, de las pérdidas en las afores, del SME y la CNTE, de la impunidad, de la obesidad y de los refrescos, del Medio Oriente, las bolsas de valores, las broncas de Obama, la crisis en Egipto y en España... de la Selección mexicana de futbol. Párele a su carrera y recuerde que la vida se vive por momentos... No, me adelanto, no se trata de enajenarse ni nada por el estilo; simplemente a veces se requiere un relax.
De repente en la vida, como en la escuela primaria, es necesario un recreo. Un descanso para agarrar nuevas fuerzas, para regresar al mundo de los problemas con un poco o un mucho de optimismo.
Hay que cantarlo abiertamente: el otoño inicia con la Serie Mundial del beisbol de las Grandes Ligas. Nunca en la historia ningún problema por mayor que haya sido (salvo la huelga de peloteros en los años 90 del siglo pasado) ha evitado la serie por el campeonato total de lo que Walt Whitman llamó, en Estados Unidos, el juego nacional. Un deporte exclusivo: las Ligas Mayores del beisbol son un gran negocio en que se juegan millones y millones de dólares. Curiosamente es un deporte jugado por los marginados de Estados Unidos y de los países caribeños, incluido México, y también Cuba, una potencia en este campo. Un deporte de negros, inmigrantes, latinos y pobres.
En México, sin la espectacularidad ni las decepciones colectivas del futbol, se juega en el norte, el centro y el sur del país. No hay poblado o ranchería que no presuma a su equipo de beisbol. Un deporte caro: no basta una pelota para jugarlo; es necesario todo un equipamiento que no es barato. Un buen día, Vinny Castilla le contó al escribidor que, ya jugador profesional, el dueño del equipo (los Saraperos de Saltillo) en el que jugaba en México le regaló una manopla, que él atesoró.
A riesgo de invadir los terrenos y la probabilidad de un desmentido o al menos precisiones de Héctor El Rojo Linares y Alejandro Aguerreberre, los expertos en materia de nuestra sección Adrenalina, hay que decir de inmediato que los beisbolistas mexicanos son mucho más reconocidos en el mejor nivel de su deporte (las Ligas Mayores), que los futbolistas en igual circunstancia. Es probable que usted no sea beisbolero, pero sin duda alguna vez ha oído hablar o habrá leído sobre el Beto Ávila, los Aurelios Rodríguez y López, Fernando Valenzuela, El Charolito Orta, Vinny Castilla, Horacio Piña, los Huevos (Vicente y Enrique) Romo, y hoy Adrián González, entre muchos otros, quienes —como dicen ellos— hacen bien su trabajo para el que fueron contratados. No están todos los días en la televisión. Si acaso, cuando llegan a la Serie Mundial o, como en el caso del buen Valenzuela, cuando marcan su territorio y los fanáticos se les entregan. La fernandomanía no será fácil de olvidar en todo el beisbol organizado y mucho menos en Los Ángeles, California.
En este otoño de 2013, la Serie Mundial del beisbol puede repetir como protagonistas a los mismos que la jugaron en 1968. Es decir: año que no se olvida para los mexicanos, como se escribió hace una semana en este espacio. Esos equipos fueron entonces los Tigres de Detroit y los Cardenales de San Luis, los que hace 45 años disputaron el gallardete final. Nada es seguro ni nada garantiza que serán ellos, pero los Dodgers de Los Ángeles (de la Liga Nacional) y los Medias Rojas de Boston (de la Americana) no desmerecerían si llegan a la serie.
El escribidor, por pura y celestial nostalgia, apuesta por los Tigres y los Cardenales. ¿Cómo olvidar a Denny McLain, Mickey Lolich, Al Kaline de los Tigres? y a ¿Bob Gibson, Curt Flood y Lou Brock de los Cardenales? Los blancos contra los negros, cuando en todo Estados Unidos se luchaba por los derechos civiles y los negros estaban orgullosos de serlo. Todos, negros y blancos, los mejores. Y, ¿cómo olvidar a Orlando El Perruchín Cepeda, de los Cardenales, quien representaba a la minoría latinoamericana? Desde entonces, nadie ha ganado 31 juegos en una temporada como McLain, quien terminó en la cárcel acusado de narcotráfico; que junto con los 17 de Lolich eran prácticamente más de media temporada de juegos ganados; nadie ha pichado tres juegos de Serie Mundial como Gibson, y nadie ha robado bases como Flood y Brock. Bueno, un año después, Tom Seaver y sus lanzamientos encabezarían a los Mets de Nueva York al ganar el gallardete, pero eso fue un milagro y así está reconocido por la historia.
El escribidor recuerda, y su tío Gustavo Toral Soto se encargó de que algo aprendiera, en ese 68, que ninguno de los beisbolistas, los suyos, los de él, tenían mayor o menor valor por el color de su piel: el negro Gibson fue tan bueno como o mejor que el blanco McLain, y El Perruchín, más que Kaline. Entonces, era un orgullo ser negro o latinoamericano: Gibson, Flood y Brock no eran afroamericanos, sino negros, y Cepeda era latino, puertorriqueño. Con todas su letras. Y a mucho orgullo. Mohamed Alí lo proclamaba a los cuatro vientos. De eso hace 45 años; fue también en el 68, que no se olvida. Y eso que el escribidor le había prometido no hablar de política...
Dicen que el beisbol llega con la primavera... y se va con el otoño. No todos los lectores compartirán esta veleidad. Pese a ello, el escribidor los invita a divertirse un poco. A salir al recreo. Si no lo pueden hacer, también se entenderá. Ustedes disculparán. Entonces, hágannos un favor: cuiden al país y al mundo, mientras otros andamos jugando, aunque esto sea un decir, claro. Ahí se los encargamos. Regresaremos.
