El mito y el rito

En la literatura del 68 se encontrarán hechos y testimonios, coincidencias y disidencias, contradicciones, visiones distintas...

“No se puede olvidar lo que nunca se supo”, ha escrito con sabiduría Marcelino Perelló, líder estudiantil en 1968 y colaborador de Excélsior, al referirse a la mítica frase del “dos de octubre no se olvida”, en su texto Nueve lustros, publicado el pasado miércoles 2 en la página 10 de la sección Comunidad de este diario.

El afán reporteril de Pascal Beltrán del Río, director del periódico que usted lee ahora, lo ha llevado a hurgar en las estadísticas para saber que sólo 26 de los 112 millones de mexicanos son mayores de 50 años, de acuerdo con cifras del INEGI. Es decir, más de 76% de los mexicanos de hoy no había nacido o era menor de cinco años de edad cuando ocurrió la matanza de la plaza de Tlatelolco y, por lo tanto, no pueden recordar directamente esos hechos.

Una frase llena de emoción la de uno, y un innegable dato duro el del otro.

El escribidor confiesa que sí se acuerda del octubre de 1968. Tuvo mucho miedo, y eso que no salió a ninguna calle o a alguna plaza a manifestarse. A los 12 años, en primero de secundaria, y a más de 250 kilómetros de la Ciudad de México, no era muy probable que ocurriera ninguna de las dos cosas. Pero tuvo mucho miedo. Eran los días del hecho que, casi de inmediato, engendró el mito y también el rito de su conmemoración.

Hace años, muchos, el primer líder del 68 al que conoció en vivo el escribidor fue Eduardo Valle, El Búho, que para ese entonces andaba en el Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) con otros de sus compañeros de ese año olímpico, como Heberto Castillo, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, entre otros (los tres ya fallecidos, traiciona repentinamente la memoria). Ya con cierta confianza, y quizá con algunos tragos de por medio, el escribidor le dijo al querido Búho: “Qué bueno que te conocí hasta ahora, porque si te hubiera conocido en el 68, al menos hubiera intentado madrearte”. “¿Por qué? Si ni andabas ni sabías nada, seguramente eras un chamaquito”, preguntó-contestó Valle. “Pues porque en ese momento querías impedir la celebración de los Juegos Olímpicos”. “¡Jajajajajajajaja!”, retumbó la de por sí estentórea risa buhesca. Y ya repuesto, dijo: “Ora sí me hiciste reír, pinche Galarza”. “Bueno, qué querías, eso era lo que se decía, lo que se sabía”, respondió con cierta pena el escribidor, quien para entonces ya más o menos entendía lo que había ocurrido entre el 22 de julio y el 2 de octubre en las calles y centros escolares de la Ciudad de México y a lo largo de ese maldito-bendito año de 1968 en París, Berkeley, Columbus, Tokio, Río de Janeiro y también en Praga.

Muchos años después resurgió esa anécdota, quizás en presencia de Agustín Granados o de Fidel Samaniego, o de los dos juntos, y, generoso, Eduardo Valle le dijo al escribidor: “No te creas, en el fondo yo también tenía miedo de que no hubiera Juegos Olímpicos”.

El Búho, al igual que Perelló y algunos otros de los reales líderes de aquel movimiento contra el autoritarismo priista, que ciertamente se prendió con la chispa de un pleito baladí de preparatorianos, aquí cerquita en la Plaza de la Ciudadela, no acostumbraba asistir a la presunta conmemoración del 2 de octubre. Tampoco descalificaba a sus antiguos compañeros que sí lo hacían. De ellos siempre contaba hechos en los que sobresalían por su valentía, lealtad, congruencia, y a los atacados o criticados frente a él, los defendía.

Siguiendo la frase de Perelló, la única manera de recordar es haber sabido… para desmontar el mito y su rito. Saber. Nueve lustros después se puede y se debe. La literatura sobre el 68 mexicano es múltiple y variada y hay que recorrerla: crónicas, testimonios, artículos, ensayos, novelas, poesía. Tiene una característica esencial: muchos de sus líderes han escrito o han dado testimonio sobre los hechos en que participaron. El de 1968 es quizás el movimiento sobre el que más se ha escrito e investigado a lo largo de la historia. En su literatura se encontrarán hechos y testimonios, coincidencias y disidencias, contradicciones, visiones e interpretaciones distintas… con la ventaja de ser casi siempre de primera mano, de fuente originaria.

Una buena manera de empezar esa lectura es el texto de Marcelino que arriba se comenta. Ahí está, en la página 10 de la sección Comunidad, en la edición de Excélsior del pasado miércoles 2 de octubre.

Por lo pronto, el escribidor debe decir que cree, más allá del mito y el rito, que los mexicanos, principalmente los mayores de 50 años, tenemos una deuda con los jóvenes mexicanos del 68, quienes con su revuelta antiautoritaria, según expresión de Hugo Hiriart, nos devolvieron la esperanza, derrochada hoy por vándalos violentos y vándalos ideológicos o, mejor, demagógicos.

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