La última batalla de Luis González de Alba
No tuve el gusto de conocer personalmente a Luis González de Alba. Tampoco, su obra literaria. Lo admiraba por su liderazgo en el 68, por los años que pasó en la cárcel, por desafiar iconos, por sus textos broncos en Milenio. Era, sin duda, mi columnista preferido en ...
No tuve el gusto de conocer personalmente a Luis González de Alba. Tampoco, su obra literaria. Lo admiraba por su liderazgo en el 68, por los años que pasó en la cárcel, por desafiar iconos, por sus textos broncos en Milenio. Era, sin duda, mi columnista preferido en ese periódico.
Me gustaba su forma de escribir, su atrevimiento, su valemadrismo frente a los clichés, su desafío a lo establecido, su “salvaje libertad”, como la llamó Héctor Aguilar Camín.
El pasado domingo me pasó una cosa muy extraña relacionada con él. De repente apareció en mi messenger un mensaje de Luis González de Alba. Estaba fechado el 5 de marzo pasado, a las 9:02 de la noche.
Leí en la pantalla del celular:
“Paco: como sabes vivo en GDL, y como quizás no sabes mi familia padece de ‘vértigo postural paroxístico’: una súbita pérdida de equilibrio que te hace sentir que todo te da vueltas. Es incapacitante.
“Soy el que peor se ha puesto: hermanos, tíos, primos los padecen, pero ninguno como yo. Ahora mismo vengo saliendo de una crisis, inyectado y empastillado, por eso puedo escribir. Yo nunca vuelo al exDF ni a ninguna parte.
“Envié esta nota al Senado: La (medalla) Belisario Domínguez para Gonzalo Rivas al Senado, usando Senado de la República. @Contigo ya son cientos de personas que me preguntan dónde firmo”.
“¿Qué sugieres como paso siguiente frente al Senado? Vi tu portal por el link de María Elena Pérez-Jaén, donde te menciona junto a mi artículo de ayer de Milenio”.
Leí el mensaje el domingo 2 de octubre a las 2:24 pm. No sabía que él ya no era de este mundo. Le sugerí que contactara al senador del PRD, Zoé Robledo, quien es parte de la Comisión que otorga la Belisario Domínguez. Agregué a modo de disculpa: “Veo que es un mensaje muy viejo, pero hasta ahora lo vi…”.
Me llamó la atención que contara de su enfermedad en la primera parte del mensaje. No nos conocíamos, no éramos amigos, no teníamos cercanía.
Lo transcribo porque me parece que es un valioso testimonio de cómo se sentía. No dudo que esa enfermedad haya sido el motivo principal de su suicidio.
- Lo que sí me hace sentido es que haya escogido el 2 de octubre para darse un tiro —esa fecha lo marcó desde 1968—, pero también el tema de la medalla Belisario Domínguez y su cruzada para que le sea entregada a Gonzalo Rivas. Cubro el Congreso hace dos décadas.
¿Quién es Gonzalo Rivas? Se han de preguntar los lectores. No es un notable, no es una personalidad ni un líder político. Tampoco, un empresario destacado o un luchador social. Era empleado de una gasolinería ubicada en la caseta de Chilpancingo de la Carretera México-Acapulco, la estación fue incendiada por normalistas de Ayotzinapa.
El trabajador intentó evitar que la gasolinería estallara y que aquello se convirtiera en una tragedia de dimensiones incalculables. Las llamas lo alcanzaron. Su cuerpo se quemó. La heroica acción le costó la vida.
Ya enterado del suicidio, busqué al senador Robledo. Le conté lo que usted acaba de leer. Pregunté cómo iba lo de la medalla, que se entrega por estas fechas.
- “Se amplió un mes la convocatoria para el registro de más candidatos”, nos dijo el chiapaneco.
Prometió enviar más datos sobre los candidatos que tiene registrados la Comisión; decirnos si entre ellos está el trabajador de la gasolinería. No cumplió.
Es válido suponer que si se amplió el registro, es porque los que hay no convencen. Una magnífica oportunidad que tiene la Cámara alta de reivindicarse con los ciudadanos comunes y otorgar la medalla a un trabajador que dio su vida por los demás.
González de Alba no ha perdido su última batalla. Me sumo a la petición de otorgársela a Gonzalo. #Dóndefirmo
- Fue un debate medianito el que organizó Carlos Loret de Mola con los líderes de los tres grandes partidos: Enrique Ochoa, PRI; Ricardo Anaya, PAN, y Alejandra Barrales, PRD. López Obrador, Morena, los desairó.
Aquello parecía más bien un concurso: ¿quién tiene más corruptos en sus filas y es más malo para gobernar?
Anaya no fue el mismo que vimos con Manlio. Por momentos hasta se vio enojado. Llamó “irrespetuoso” a Ochoa. El panista reprochaba al priista la omisión del gobierno frente al caso de los fugados exgobernadores de Tamaulipas
Eugenio Hernández y Tomás Yárrington. Sacó a Duarte, a Borge.
Ochoa le devolvió la flor con el amparado Guillermo Padrés; evocó al exalcalde perredista de Iguala, José Luis Abarca. Sacó a relucir una entrevista de Basave en la que declaró “en el PRD no me permitieron correr a los corruptos”. Repartió parejo. Barrales protestó por el nivel de la discusión.
Los tres perdieron en el tema de la corrupción. El panista y la perredista se vieron mejor en el tema de la inconformidad ciudadana. Era misión imposible para el priista Ochoa. La percepción no le ayuda.
Seguridad es otro tema donde ninguno puede presumir gran cosa. Anaya sacó una gráfica con cifras que revelan el sentir de los ciudadanos: 70% dice no sentirse seguro.
Nada para escribir a casa.
- En Conagua están de plácemes. Ganaron el Premio Innovación en Transparencia por la creación del Sistema Nacional de Información del Agua (SINA). Este sistema pone a disposición del público estadísticas y la más completa información geográfica sobre el tema hidráulico.
Lo otorgan la Auditoría Superior de la Federación, el Banco Mundial, el INAI, la Función Pública, entre otros. Lo recibirá esta mañana su director, Roberto Ramírez de la Parra.
