“No sé qué pasó. El infarto, día laboral. No sé…”

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Francisco Garfias 05/12/2013 01:50
“No sé qué pasó. El infarto, día laboral. No sé…”

Miércoles 4 de diciembre. Día uno del “cerco patriótico” a ese búnker en el que está convertido el Senado. Le faltó punch a Morena en su protesta contra “el robo de todos los tiempos”. Así llaman los obradoristas a la reforma energética que propone cambios a los artículos 27 y 28 de la Constitución para abrir aún más el sector energético a la inversión privada nacional y extranjera.

La asistencia estuvo muy lejos de llegar a los diez mil “manifestantes base” pronosticados por el senador del PT David Monreal. Si acaso entre dos o tres mil personas, en sus mejores momentos.

Muchos de ellos llevaban pancartas con la foto del Peje frente a un micrófono y con el índice de la mano derecha levantado. Era su forma de hacerlo presente. El comentario, entre ellos, era que ya estaba mejor. Más tarde se confirmó que fue trasladado a terapia intermedia.

La ausencia del tabasqueño desinfló la movilización. Ni con los refuerzos de la CNTE aquello lucía nutrido. Era también día laboral. Eso no ayudaba. “Ya no es como antes”, recalcaba el maestro Bernardo Bátiz, procurador del DF en los tiempos de Andrés como jefe de Gobierno.

Los liderazgos no se heredan. Andrés Manuel López Beltrán, hijo del tabasqueño, había convocado para las diez de la mañana. A esas horas difícilmente había mil personas. Llegó 58 minutos tarde. El tránsito, dijeron. No se quedó en el plantón que personalmente iba a encabezar el aguerrido el líder de Morena.

El hijo del Peje regresó a Médica Sur, donde su padre se repone del infarto al miocardio. Volvió al cerco por la tarde.

“No sé qué pasó. El infarto, día laboral. No sé…”, se preguntaba desconcertado el ex diputado federal Jaime Cárdenas, al reconocer la poca asistencia al cerco. Luego subió al improvisado templete colocado frente a la calle Madrid para alertar contra los peligros de la privatización del petróleo.

Arriba lo esperaba la ensombrerada Clara Brugada, ex delegada en Iztapalapa, quien fungió durante horas como maestra de ceremonias.

A Martí Batres lo topamos cuando recorría el cerco. Le incomodó la observación de que había poca gente. “Van a venir en relevos. Todavía nos falta”, reviró el presidente formal de Morena. Pero a las 18:30 horas se dispersó la protesta sin que llegaran los famosos relevos.

Las torres de hierro que aíslan el Senado fueron vestidas y decoradas con mantas, pancartas, dibujos y pintas por los manifestantes. Unas eran ocurrentes, otras amenazadoras, otras francamente groseras. Todas antisistema.

En el lado de Reforma se disparó la imaginación. En las vallas metálicas pegaron en forma desordenada un montón de tortillas de maíz. Acompañaron la ocurrencia con un letrero: “Señores senadores, si tienen hambre no vendan el petróleo. Aquí tienen unas tortillas”.

Otras pancartas eran amenazadoras: “Senadores y diputados, si abren la caja de Pandora, la ira del pueblo los alcanzará. Traidores”. Unas más despectivas. “Cerco sanitario. Plagas de ratas robando…” Otras con cuatro descriptivas letras “OGTS”.

En los templetes los discursos se sucedían unos tras otros. Se manifestaba “el pueblo” en contra de la privatización del petróleo. “Ni el PRI ni el PAN merecen un voto. Que se vayan a la chingada”, decía uno de los tantos desconocidos oradores que hicieron uso del micrófono a lo largo del día.

Escuchamos al maestro Bernardo Bátiz. Era el único que llevaba corbata. El tono de su discurso era de advertencia a los legisladores. “Están convalidando un acto histórico que los va a perseguir para siempre…”, decía el también ex panista. “Son mentiras lo que nos están diciendo de que no van a entregar el petróleo. ¿Para qué entonces van a reformar el artículo 28 de la Constitución?”, preguntaba.

Ildefonso tiene 77 años. Su labor era resguardar el cerco frente a la Glorieta Colón. Lo vimos alrededor de las tres y media de la tarde. Llevaba horas parado atrás del mecate que atravesaron los obradoristas para impedir el paso al Senado por ese flanco. Cubría su cabeza con una cachucha de Fórmula Deportiva. Está convencidísimo de que “la venta de Pemex” va a dejar un hueco en las finanzas. “¿Y cómo van a tapar ese hueco? Pues con impuestos”, decía con su lógica obradoriana.

El hombre se mostró amistoso, pero triste de la poca asistencia, sobre todo de jóvenes. “Son ellos los que van a sufrir más”, lamentó. De su bolsillo sacó una arrugada hoja con nombres y supuestos montos de aguinaldos que van a recibir funcionarios. Encabezaba la lista el doctor Agustín Carstens, gobernador del Banco de México, con 890 mil pesos.

A esas horas ya la tensión iba a la baja. La agresividad de algunos también. Llevábamos un rato sin escuchar el “prensa vendida” o “periodista corrupto”, que nos dedicaban cuando nos veían apuntar en la libreta. La distensión llegó a tal extremo, que los manifestantes pasaban botellas de agua a los sedientos granaderos que sellaban la calle.

“Ya me di cuenta de que usted sí es de izquierda”, nos dijo Gabriel Martínez, 70 años, diseñador gráfico, otrora empleado de la desaparecida revista Interviú. Nos vio escribir con la zurda. Llevaba un enorme gafete colgado al cuello que lo identificaba como brigadista en defensa del petróleo.

En la charla que tuvimos, aparecieron en su boca palabras muy pejistas, clichés dirían algunos. “Desgraciadamente, Salinas de Gortari es el que maneja el aparatote del PRI”, nos dijo don Gabriel. ¿Zambrano?, preguntó. “Ése no es de izquierda”, se autorrespondió contundente.

Ya entrada la tarde corrió la noticia de que el debate sobre la controvertida reforma se había aplazado. De allí se agarró Batres para decir que el cerco “fue un éxito”. El líder de Morena, acompañado por López Beltrán, volvió a convocar a los seguidores del Peje para este viernes a las nueve de la mañana.

Pero como ya dijimos, los liderazgos no se heredan.

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