Biebermanía en Campos Elíseos

“Daría lo que fuera, lo que fuera, por verlo asomarse por la ventana”, dijo una de las fans a las cámaras de televisión que por allí pululaban.

Me topé con la Biebermanía en avenida Campos Elíseos. Desayunaba en el restaurante El Bajío, de Polanco, cuando escuché el griterío entusiasta de los miles de jóvenes que se apostaron frente al hotel W Marriot —donde se hospeda el canadiense— y bloquearon completamente esa importante arteria de Polanco.

La curiosidad me jaló hacia la multitud. Eran predominantemente jovencitas de entre 14 y 17 años. Muy pocas vestidas con ropa cara. La aplastante mayoría habían llegado hasta allí procedentes de colonias populares. Bajaban de los camiones en Reforma y emprendían la carrera hacia el hotel, situado a unos 200 metros.

Gritaban, cantaban. Llevaban cintas en la cabeza, cachuchas, pulseras, colguijes. Se trepaban donde podían con al esperanza de verlo. En los postes, los árboles, las bardas. “Daría lo que fuera, lo que fuera, por verlo asomarse por la ventana”, dijo una de las fans de Justin Bieber a las cámaras de televisión que por allí pululaban.

Estuvimos en el lugar más de 40 minutos. Del polémico canadiense, ni sus luces. La cosa era estar. Imaginarse que el ídolo saldría de un momento a otro. Policías uniformados, agentes de lente obscuro y chícharo a la oreja, vallas de acero, le daban crédito a la versión de su inminente aparición.

Desde un megáfono una voz femenina llevaba la voz cantante con un grito muy de los Pumas, pero con las letras cambiadas. “¡Dame una Jota…, dame una Uuu…, dame una Ese… dame una Te, dame una Iii…, dame una Ene..., ¿Que dice?!”, preguntaba la voz. “¡Justin..!”, replicaba la multitud. “¡Más fuerte!”, pedía. “¡Juustin..!”, se escuchaba.

“¡No escucho!”, insistía. “¡JUSTIN!”, crecía la respuesta colectiva.

Otro osado grito colectivo me llamó la atención. Uno de los estribillos era: “¡La bieberconda te pone bien cachonda”. No tenía ni idea de qué era eso de la bieberconda. Preguntamos a una de las fans. “¿Y no se lo imagina?”. Reviró una de ellas, sorprendida por la ingenuidad del cuestionamiento.

La explicación la voy a obviar.

Las chavas comenzaron a cantar uno de los éxitos de Bieber. La canción salía de un celular. La ampliaba un megáfono. Todas se la sabían. “¿Cómo se llama”, volví a preguntar. Otra niña se ofreció a escribir el título de la canción en mi libreta:“Beauty and a Biet…”.

“¿Y qué haces aquí si ni siquiera lo ves?”, interrogamos. “Mi papá nos trajo a echarle porras”, respondió.

La sofisticada calle —corredor de empresarios, políticos y reventados pirrurris— estaba transformada en un mercado popular. Vendían de todo. Fotos, discos, camisetas, collares, pulseras, videos, banderines. Parecía los alrededores del Azteca en vísperas del clásico América-Guadalajara. Sólo que eran puros chavitos, o, más bien, chavitas.

Josefina tronó en serio. Habló con excepcional franqueza de lo que ha venido sucediendo en su dividido partido. Retomo dos párrafos de lo que publicó ayer en su Facebook. Reflejan lo que la ex candidata presidencial del PAN recogió en su caminar por los distintos estados de la República, antes de las elecciones del pasado mes de julio.

Cuenta Vázquez Mota: “Muchas voces (panistas) se quebraban no por el embate y el poder corruptor de nuestros adversarios políticos, sino por la traición de los propios, por la impotencia y frustración frente a actos de corrupción e intereses de grupo que eran burdos y día a día minaban la esperanza y el orgullo.

“Se sabía y reconocía ampliamente que detrás de cada pérdida electoral había una historia de divisiones internas, o de actuaciones de algunos liderazgos que avergonzaban a gran número de militantes y ciudadanos. La frustración e impotencia por la impunidad con que operaban eran abrumadoras…”.

El PAN, efectivamente, ya no es lo que era. En muchos casos —afortunadamente los menos—, 12 años en el poder transformaron el principio del “bien común” en “vengan los bienes de la comunidad.”

La elección interna que viene es una oportunidad para redimirse. Ojalá la aprovechen, por el bien de ese partido y del país.

El director de Pemex está citado a comparecer mañana en San Lázaro . Lo curioso es que el llamado lo hicieron los diputados a partir de una información ya desmentida: la cancelación del proyecto de la refinería en Tula, Hidalgo. “La obra sigue”, nos dicen, tajantes, en la paraestatal.

Nos adelantan que Emilio Lozoya va a recordar a los señores legisladores que sólo en ese año se invirtieron cuatro mil millones de pesos en el proyecto. Son recursos que aprobaron. No sólo ya se concluyó el barrido del área donde se levantará la refinería, sino que ya se construyeron los grandes canales profundos que una obra de esa naturaleza necesita.

Nos aclararon, eso sí, que el éxito del proyecto está vinculado a la reforma energética. Como quien no quiere la cosa, nos hicieron saber que Pemex necesita un socio para que la refinería quede lista más rápidamente. “La idea es que los particulares le puedan entrar a la refinación”, puntualizan.

La cosa no pinta fácil para la reforma. El Zócalo a reventar el domingo refleja que abrir más el sector energético a los privados no es un tema que reditúe en popularidad. Bastaba un líder sin tantos negativos. Resucitaron a Cuauhtémoc Cárdenas.

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