Cortázar

Adentrarse en las letras del Gran Cronopio representa la oportunidad de conocer nuestras raíces profundas.

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Fernando Serrano Migallón 20/03/2014 02:24
Cortázar

Este año de aniversarios, el de Julio Cortázar no es uno menor. Durante generaciones, Cortázar ha sido un autor de culto entre la población lectora de todas las edades, pero especialmente entre aquellos que han dejado los años terribles de la adolescencia y comienzan a abrirse camino en la vida; como ser humano, leer a Cortázar significa avanzar en la educación sentimental, más por la vía de la perplejidad frente al encuentro de la pareja que por los mustios caminos de la sensiblería y el lugar común, y particularmente, como latinoamericano, adentrarse en las letras del Gran Cronopio representa la oportunidad de conocer nuestras raíces profundas y doloridas, de un tiempo de dictaduras que, afortunadamente, se marchó en la mayor parte de nuestros países que, sin embargo, siguen padeciendo el hambre crónica de la justicia. Cortázar es así, el de Apocalipsis en Solentiname y el de Rayuela.

Diría que hubo un tiempo, pero más bien, hay una edad, en la que traer la Rayuela en el bolsillo o bajo el brazo, es santo y seña de un abrazo cultural y de una búsqueda vital.

Este año harán ya 30 que Cortázar tomó la ruta de la cosmopista; los homenajes han sido muchos por todas partes del orbe hispanohablante; de entre todos hay uno que destaca por su belleza y perennidad: la iconografía y diccionario personal Cortázar de la A a la Z.

El volumen, al cuidado de Aurora Bernárdez, destaca por su impecable belleza y por la proximidad con que retrata a un autor que nunca quiso ser lejano. Contaba Carlos Fuentes, en cada ocasión que tenía de hablar de su querido Julio, que Cortázar era más bien un niño gigantesco, un hombre enorme, que seguía conservando una mirada de niño y por eso nadie logra imaginarlo viejo, sino siempre como si fuera el propio Oliveira perdido por las calles de París.

Álvarez Garriga y Aurora Bernárdez, desde la proximidad que vivieron con Cortázar, sobre todo ella, que puede bien presumir de haber sido el ser humano más cercano al escritor y al hombre que fue Julio, han prescindido de las ataduras cronológicas y de las minucias académicas para lanzarse a construir un almanaque, como los que el propio Cortázar se hacía, para ir letra por letra descubriendo al hombre, al niño, al lúdico autor y al escritor comprometido, mediante la reflexión y la imagen. Desfilan sus amigos y sus amores, García Márquez, Carlos Fuentes y Lezama Lima; las tres mujeres de su vida, Bernárdez desde luego, pero también Carol Dunlop y Ugné Karvelis.

En fin, más que ser una biografía o mucho más que una iconografía, este diccionario íntimo sabe retratar al hombre y al escritor y sobre todo la persistencia de un estilo y un sabor único que constituyó un producto cultural que difícilmente podría repetirse, el del escritor iberoamericano en el ámbito cultural francés, particularmente parisino. Ese diálogo francés y latinoamericano no sólo está relacionado con el boom de nuestra literatura, sino que también ubicó a las letras del continente en el ámbito mundial, nos permitió prescindir de nuestro provincialismo y nos lanzó de la periferia al diálogo más acabado en materia cultural.

Cortázar y Fuentes, muchos de ellos ya se han ido; sus obras que se quedan son un aliciente para conocernos mejor, homenajes permanentes como éste nos permiten ver en ellos el tipo de liderazgo y modelo que nos hace falta, el de la cultura, el arte y la inteligencia; nuestras sociedades sólo podrán cambiar y mejorar si las nuevas generaciones ven en ellas el modelo de ciudadano que cada uno puede llegar a ser, mujeres y hombres que hicieron de su cultura y de su idioma carta de presentación para un mundo ansioso por escucharlos.

                *Profesor de la Facultad de Derecho. UNAM

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