México cruce de culturas

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Fernando Serrano Migallón 13/03/2014 02:52
México cruce de culturas

No se puede pensar en un país sólo como un territorio en el que suceden hechos diversos; hay que pensarlo como una historia que se proyecta hacia un futuro sin fin, todavía mejor, más que como una historia, como un cúmulo infinito de historias personales que se entrelazan formando crónicas familiares, sagas regionales, épicas culturales; una mezcla gigantesca de rostros, voces y sentimientos que se reúnen en aquello que llamamos nación. Algunos pueblos, por su situación histórica o geográfica, nacen con vocación de encuentro y acogida; México es uno de ellos y ese hecho resulta fundamental en la conformación de su estilo y carácter.

Es un dato que no puede ser omitido. En la película Novia que te vea, de Guita Schyfter, sobre la novela de Rosa Nisán, que posiblemente sea el primer filme en México sobre la comunidad judía y su encuentro con la sociedad general, Saavedra, el hijo del revolucionario, epítome de la mexicanidad brava y triunfante, sella su amor por una chica ashkenazí con un argumento irrebatible: su encuentro es completamente milagroso. Para suceder debió haber una revolución en México, que un puente fuera dinamitado y un ferrocarril del norte no pudiera llegar a su destino; una gran guerra en Europa, un barco que sale de Odessa con retraso y todo, para que en la siguiente generación un nuevo mexicano pudiera abrir los ojos con raíces en dos continentes y una sola alma mexicana.

A despecho de los puristas de la raza y de la lengua, a contracorriente de los que quieren ver en nuestra historia sólo el amargo desencuentro entre criollos, mestizos e indígenas, México es mucho, pero mucho más que eso. México es el cruce de culturas que convierte lo que toca en arte y color. Orígenes sefaradíes, armenios, africanos, argentinos y austriacos; todos conviviendo y creando bajo el matiz de las mil tonalidades del maíz y los diez mil tonos danzantes del sabor del chile; todos en un proyecto que nos supera y nos justifica.

Nadie peca por asombro ni por júbilo; al contrario, la celebración es otra de nuestras señas de identidad y, si bien hay que decir que los triunfos de Miriam Moscona, de Lupita Nyong’o y de Emmanuel Lubezki son sólo suyos y a ellos por su esfuerzo corresponde la gloria de su premio,  no deja de asombrar ni de causar un grato estupor la celebración de sus orígenes que enriquecen nuestra cultura. La belleza de Lupita, keniana mexicana, el cabello volátil de Emmanuel, lituano mexicano, la mirada profunda de la mexicana sefardí, las raíces antiquísimas y míticas de nuestra compatriota y la cultura ancestral de nuestro fotógrafo nacido y educado en México; ellos, que nos hacen más ricos, más libres y más orgullosos de esta piel abigarrada de colores y culturas que es México.

En ellos, el contacto de sus historias familiares, en momentos dramáticas y en otros jubilosas, como las de todos, con la historia general de nuestro país; el diálogo entre sus lenguas familiares y el español, que es de todos; los sabores mezclados de sus cocinas, y el intercambio de sus cosmogonías generan modelos culturales únicos y magníficos que bien llamamos nuestros y nacionales, al grado tal que sus mutuos orígenes, sin perder identidad ni color, se integran con la sabiduría del tiempo en el arte y la cultura nacionales. Son ellos, sus familias, sus memorias y sus perspectivas de futuro entre nosotros, los que hacen de nuestro país un lugar privilegiado de cruce de culturas. Cuando lo reconocemos y abrimos puertas y ventanas al mundo crecemos y progresamos; los tiempos de cerrazón y ceguera, de exclusión y silencio, lo sabemos por experiencia, no traen sino tristeza y miseria. Sin duda así seguiremos, siendo casa abierta a todos los pueblos y a todas las culturas, por vocación, y también, desde luego, por decisión.

A ellos y a sus familias. Mil gracias.

                *Profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM

                fserranomigallon@yahoo.com.mx

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