Antonio Machado

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Fernando Serrano Migallón 20/02/2014 02:21
Antonio Machado

Enero de 1939, camino del Pirineo, una larguísima serpiente humana repta, lenta y dolorida desde la España derrotada hacia una Francia temerosa, hosca y recelosa. De cuando en cuando, tres aviones alemanes dejan sentir su presencia sobre la columna y ametrallan la serpiente; los padres llaman a sus hijos, se agazapan donde pueden y aunque son pocas las bajas que causan los disparos nazis no dejan de oírse alaridos esporádicos, llantos potentes, y una vez rehecha la columna, vuelve a su paso cansino hacia el paso de frontera.

Entre todo ese oleaje humano pasa una ambulancia haciendo valer el derecho de sus sirenas; la ha dispuesto el Dr. José Puche Álvarez, jefe de sanidad del Ejército Republicano o, más bien, de lo que queda de esa fuerza armada de legitimidad y legalidad. En ella viaja Antonio Machado; lo acompaña su anciana madre. Se dirigen, como todos, al refugio provisional de Francia sin saber el paso siguiente o sin saber si habrá paso siguiente que dar. Ha llegado la hora de pasar la última noche en España, en Viladasens; pernoctarán la noche fatídica del 6 al 7 de enero; de ahí a Colliure, Francia, a esperar la muerte que lo alcanza poco más de un mes más tarde, el 22 de febrero de 1939.

Antonio Machado, educado como liberal, hijo y nieto de profesores universitarios, amigo de Alfonso Reyes, de Unamuno, de Wilde y de Federico García Lorca, poeta heredero de su otro gran amigo Rubén Darío, que daría vuelta a la página modernista para adentrarse en la poesía sangrante de la guerra, de la denuncia contra el totalitarismo para poder combatir, así, con la única arma que podría blandir con soltura: decir cosas nuevas, inéditas, en lengua española y engrandecer nuestro caudal de memoria y de belleza.

Todas las guerras son absurdas, sus marejadas de muertos, atónitos, asombrados y desprevenidos; sus manifiestos, estrambóticos, dolorosos y contrarios a todo sentido humano, pero más injusta es la guerra que se alza contra la legitimidad de la democracia y contra la paz de los pueblos que tratan de construirse. El fascismo, cuya sombra sigue cubriéndonos de frío a 75 años años de su arrogante aparición en el mundo político fue precisamente eso, el combate de la brutalidad contra la razón, de la muerte contra la inteligencia. La insurrección militar en España que fuera el primero de sus capítulos, antes de las invasiones ítaloalemanas y de la Segunda Guerra Mundial, mostró las garras y los dientes de la fiera que creció al amparo del descuido y la molicie de los líderes europeos de su tiempo. No hay mérito ni gradación en la maldad de tan pérfidos criminales como Hitler y Franco; no hay recurso frente al totalitarismo, ni en el de Franco ni en el de Stalin porque, en todo caso, cuando se supone que el Estado y la nación lo son todo mientras que el individuo y la sociedad son nada, la muerte de un poeta no es sino el corolario del asesinato que se perpetra en contra de la cultura, la civilización y la belleza.

En el bolsillo del último abrigo que Machado poseía al encontrarlo la muerte, había un papel arrugado y escrito a lápiz, el último de sus versos: “Estos días azules y este sol de infancia”. Nunca sabremos si se trataba de un nuevo poema de esperanza o una elegía por los días de paz arruinados por las manos criminales, pero sí sabemos, por esas ocho escasas palabras, que el poeta se despidió así del mundo, invocando la belleza y cantándola para que otros pudiéramos disfrutarla.

No hay argumento en la muerte; es la última de las afirmaciones, brutal y descarnada. Aun así es susceptible de ser vencida si el que parte ha dejado tras de sí toda una estela de vida ejemplar y de belleza en su obra. Setenta y cinco años hace que Machado comenzó a irse, aún no termina, aún no parece suficientemente ligero de equipaje.

                *Profesor de la Facultad de Derecho. UNAM

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