Melchor Ocampo

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Fernando Serrano Migallón 13/02/2014 01:54
Melchor Ocampo

México se formó en el siglo XIX. Una frase así, lapidaria, merece muchos matices pero es fundamentalmente cierta; entre los siglos anteriores de la vida colonial y el siglo XX, donde a partir de la Revolución todo es ya evolución, los mexicanos nos dimos una identidad y construimos el sentido de nuestro Estado. En plena guerra de facciones, en pleno enfrentamiento entre la continuidad de la vida colonial representada por la mitra y la corona y la construcción de un mañana autónomo, representado por la constitución y la educación laica, Juárez construye un ideal en el que está todo por hacer. Uno de los más grandes talentos del presidente Juárez fue rodearse de los mejores hombres sin miedo a su brillo y sin temor a sus éxitos. De entre ellos, Melchor Ocampo aparece como el hombre de la inteligencia serena, de la pluma aguda y del idealismo acerado.

Se han cumplido 200 años del nacimiento de Melchor Ocampo; su legado obra, sobre todo, en una herencia jurídica en la que la libertad, la laicidad del Estado y en el modelo de servidor público austero, preparado y comprometido con la República.

El mundo que Ocampo tuvo que enfrentar fue difícil, complejo: por una parte se encontraba en un continente convulsionado por guerras intestinas, tanto en la América del Norte, como en Latinoamérica; un mundo de ocasos y amaneceres en el que la pervivencia política novohispana, como la llamó O’Gorman, se negaba a morir y seguía viendo a nuestro país como el jugoso botín al que los imperialismos y colonialismos europeos no querían renunciar y, al interior de nuestra propia sociedad, un mundo más que dividido, prácticamente seccionado en castas que poco o nada tenían que ver entre sí y que mal se avenían con la idea de Nación o Estado que los liberales querían fundar desde el principio republicano y ciudadano. Y es en ese ámbito en el que Melchor Ocampo surge como el jurista preciso y como el ideólogo visionario.

Las Leyes de Reforma, debidas en su mayor parte a la redacción de Ocampo, no sólo vieron la luz como reordenadoras de la realidad social y política del país, sino como un ejercido de pedagogía política, un programa de acción y un proyecto de Nación. Las Leyes de Reforma construyen la ciudadanía libre e ilustrada, dan cuerpo a los ciudadanos y les dan también voz propia, destruyendo el viejo sistema de estamentos; levanta el imaginario que daría vida a la política nacional hasta la irrupción de los obreros y campesinos en la escena de la Revolución social del siglo XX.

Hay que decirlo: tanto Juárez como Ocampo son figuras históricas sujetas siempre a escrutinio; sólo los grandes hombres lo están al cabo de dos siglos, pero son sus coyunturas históricas las que se pueden debatir, y no sus principios ni su trascendencia. A Ocampo, el pensamiento conservador le critica el tratado McLain-Ocampo y, en efecto, es probable que de haberse efectuado su ratificación por el Senado estadunidense, los resultados hubieran sido desastrosos para México. Es muy fácil decirlo ahora, pero en su momento la prioridad era la supervivencia de la República, ni siquiera el triunfo o la derrota de un bando, sino la posibilidad de la existencia de México como país independiente y es sobre ese valor supremo que Juárez y Ocampo apuestan su prestigio histórico y su valor ciudadano y es esa la misión que cumplen. Si hoy gozamos de un México que sigue construyéndose a sí mismo, que lucha por mejores escenarios y futuros más promisorios, es porque la República pudo imponerse contra todos y a un costo altísimo, frente a quienes no veían a este país sino como una eterna colonia incapaz de gobernarse.

Melchor Ocampo sufrió martirio por sus ideales; sin juicio ni causa fue asesinado. En nuestra memoria colectiva queda como un bastión de libertad frente al poder extranjero y de legalidad frente a la fuerza.

                *Profesor de la Facultad de Derecho. UNAM

                fserranomigallon@yahoo.com.mx

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