José Emilio Pacheco

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Fernando Serrano Migallón 30/01/2014 02:24
José Emilio Pacheco

Escribir es un privilegio, no sólo el acto creativo que luego se publica y multiplica el diálogo, originalmente diseñado para funcionar entre pares, sino el hecho de convertir el pensamiento y la voz en signos gráficos aptos para guardar la memoria. Hay algo mágico en la escritura, por eso las culturas la han idolatrado y temido; al que escribe se le mira diferente, como si conociera un arcano distinto, como si supiera otras artes que vencen el tiempo, como si tuviera en la punta de su pluma la capacidad para hacernos felices o hacernos pasar por el aro del sufrimiento. Qué grato sería que siempre que dispusiéramos de espacio para escribir, diéramos cuenta del paso del tiempo, de sus enseñanzas y de sus alegrías; qué grato sería siempre hablar de los amigos y de la forma en que nos han hecho un mundo más amable. No siempre puede ser; es lamentable tener que unir las grafías para decir algo que preferiríamos no tener que mencionar nunca: José Emilio Pacheco nos ha dejado.

Ojalá no tuviéramos que decirlo, particularmente ahora que más lo necesitamos, a él como a otras plumas prudentes, valientes e inteligentes; ojalá que no tuviera que ser ahora en que, como un mal designio, parece irse marchando la generación que nos mostró la universidad y buena factura de nuestras letras; es cierto, alguna vez tenía que ser, pero no ahora que estaba en madurez de su expresión y de su genio. Así, a partir de la sencilla forma de decirlo, se ha marchado el amigo, se ha ido el poeta, y nos vamos quedando sin aquella generación en la que confiábamos como en nuestra voz y nuestra conciencia.

José Emilio Pacheco nos rescató una ciudad completa, ésta en la que millones vivimos, y la convirtió en personaje central no sólo de sus afamadas y hermosas Batallas en el desierto, sino en toda su prosa y en toda su poesía, letras hechas en los márgenes de la urbe y del espacio interior de sus habitantes; nos volvió a las cosas sencillas de la poesía, con la que construyó enormes edificios de reconfortante amplitud y magníficas vistas al universo. Se fue y, en conjunto con otros constructores de nuestra literatura que ya nos han dejado, enriquecen la historia de nuestras letras y hacen, de muchos modos, más pobre nuestro acontecer cotidiano.

Al enviarle un abrazo a esa gran cronista que es Cristina Pacheco, a sus hijas, quisiéramos transmitirles el afecto de una sociedad que lo tuvo no sólo como un gran autor, sino como un escritor muy leído; esa es una de las grandes virtudes de Pacheco. A José Emilio se le cita, desde luego, pero sobre todo se le lee mucho; es una voz a la que nos acostumbramos y que nos hacía bien en momentos como estos en que la cultura se siente sola en su ausencia.

Hay lugares comunes que el lenguaje inventa para colmar cosas difíciles de expresar; recurrir a ellos es correr en auxilio de fórmulas probadas que bien aciertan en señalar lo que cuesta mucho decir: que la obra de José Emilio Pacheco, aun sin su presencia, lo hace permanecer siempre; que lo homenajearemos constantemente en el futuro, cuando nuevas generaciones de lectores se estremezcan con sus libros; que es y será siempre un protagonista de la historia de nuestras letras. Todo eso es hablar en justicia y, sin embargo, nada nos compensa de su ausencia, de su sencillez, de esa bonhomía que no confiaba en su propia fama y no se la creía, en su sinceridad amable por la que los honores se deslizaban hacia el pasado con una velocidad inusitada; de la ausencia de su inteligencia aguda y su sensibilidad poética. Lo decía Cristina Pacheco y ahora nosotros con ella: habremos de aprender a hablar en presente de alguien que ya no está, pero sin duda hablaremos mucho de él, en presente y para siempre, porque, como él, pocos escritores han sido tan buenos humanos.

Muchas gracias José Emilio.

                *Profesor de la Facultad de Derecho. UNAM

                fserranomigallon@yahoo.com.mx

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