Ojinaga y el gringo viejo

La historia es así: un legado múltiple que admite diversas lecturas que no enseña nada a quien no quiere aprender.

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Fernando Serrano Migallón 23/01/2014 02:07
Ojinaga y el gringo viejo

Ojinaga, Chihuahua, es una población fronteriza con alrededor de 22 mil 744 habitantes; se trata de una ciudad muy antigua, fundada por Álvar Núñez Cabeza de Vaca, que la estableció en su regreso a la capital de Nueva España, luego del naufragio que sufrió en la Florida. Los misioneros franciscanos la convirtieron en formal posesión española en 1684 y en 1715 tuvo su fundación definitiva en un periodo de paz en la guerra permanente con las tribus de la región. Juárez la convirtió en villa en 1865, dándole el nombre del general liberal Manuel Ojinaga, y en 1948, el congreso de su estado le dio el carácter de ciudad. Es un lugar del que hablamos poco y que, sin embargo, nos dice mucho.

El 11 de enero de 1914, las fuerzas constitucionalistas bajo el mando de Francisco Villa y Salvador Mercado derrotaron al último bastión de las fuerzas del dictador Huerta; ello marcó el camino que llevaría a la Convención de Aguascalientes y haría posible la todavía larga marcha al triunfo definitivo de la Revolución: el texto constitucional de 1917.

Ojinaga y su batalla son uno de esos rarísimos lugares del mundo donde confluyen la realidad y la literatura, donde se mezclan la experiencia histórica y el símbolo político y donde nuestra historia, por caminos no siempre fáciles, se une a la historia universal.

En aquella tarde de enero de 1914 se definió el carácter que habría de tomar el sendero de la Revolución, la pregunta fundamental que debía ser resuelta para terminar y trascender aquel primer movimiento que había nacido con la ingenua pretensión de que la renuncia del anciano dictador era suficiente pera hacer triunfar una revolución; ahí, en la confluencia del Río Conchos y del Bravo, venció el reclamo de la legalidad y se manifestó la necesidad de crear un nuevo proyecto de nación a través de la supremacía y perfeccionamiento del orden constitucional, y si bien es cierto que todavía quedaba lejos la concepción de un nuevo texto, ya se estaba en plena presencia de que sólo el imperio de la ley y el derecho darían cuenta de los problemas nacionales. El centenario de esta batalla, de este triunfo, no puede pasar desapercibido y debe entenderse como un llamado permanente a la legalidad como necesidad principal de la nación.

Sin embargo, la batalla de Ojinaga es también parte de la leyenda, es la tumba del Gringo Viejo, traído a la literatura nacional por Carlos Fuentes y que es la máscara que oculta a uno de los escritores más complejos de la literatura estadunidense y universal del siglo XIX: Ambrose Bierce, autor de Cuentos de soldados y civiles, donde cuenta las relaciones entre la población y los ejércitos contendientes en la Guerra de Secesión, y también del Diccionario del Diablo, curioso glosario de términos inventados y reinterpretados, que punzan por su veracidad dolorosa o por su exageración de las características de la condición humana. Dice Bierce en su Diccionario: “Cañón.- Instrumento usado para la rectificación de fronteras”, o bien “Justicia.- Artículo más o menos adulterado que el Estado vende al ciudadano a cambio de su lealtad, sus impuestos y sus servicios personales”. Es en ese diccionario donde nació aquello de que “la excepción confirma la regla”. La última vez que se vio a Ambrose Bierce, tomaba notas sobre la batalla y corre la tradición oral de que el gringo viejo, el escritor que vino a donde no debía, había sido fusilado por los revolucionarios en el cementerio de Ojinaga.

La historia es así: un legado múltiple que admite diversas lecturas que no enseña nada a quien no quiere aprender de ella.  De la legalidad a la literatura, de los hechos a la tradición oral, Ojinaga es un lugar y representa un momento que no pueden ser olvidados.

                *Profesor de la Facultad de Derecho. UNAM

                fserranomigallon@yahoo.com.mx

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