Bibliotecas

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Fernando Serrano Migallón 05/12/2013 02:06
Bibliotecas

La fama del lector corre con facilidad, a poco, los amigos reconocen al que siempre está leyendo algo o al que algo ha leído a lo largo de los años, a él, recurren con frecuencia para pedir alguna recomendación, en general sobre lo que comúnmente llamamos “un buen libro”, o para alguna necesidad especial, para un convaleciente o para el que se acaba de recibir de abogado; Orwell, en su pequeño libro Una taza de té, recuerda sus tiempos de dependiente de librería y las raras peticiones que le llevaban los clientes; por ejemplo, una mujer que se acerca y pide una recomendación literaria para “un adolescente en silla de ruedas”. Sin embargo, la fama del comprador de libros corre igual o más rápidamente; a él se acercarán, en algún momento, los vendedores de grandes obras a plazos, lo reconocerán en las librerías y, andando el tiempo, lo visitarán los representantes de un gremio tenaz y a veces poco grato, los vendedores de bibliotecas particulares.

Los vendedores de bibliotecas particulares constituyen la prueba viviente del problema que resulta, a larga, la acumulación de libros en los hogares; los libros consumen espacio, abarrotan los rincones más insospechados de las casas y, al cabo de una o dos vidas, se vuelven ocupantes extraños e invasores en los hogares de quienes no las constituyeron. Los llamarán a ellos si la biblioteca tiene buena fortuna y no va parar al reciclaje papelero; si llegan, harán una disección de la biblioteca, la desmembrarán en lotes de interés, compararán contra sus agendas y venderán todo cuanto sea posible, el resto, a las librerías de ocasión comprados por kilo o al reciclaje, terminando así su vida como libros.

Pero si la biblioteca perteneció a alguien célebre, de alguna fama, a algún estadista, artista o escritor, aunque no están exentas de correr la suerte descrita, si la altura del acervo o del dueño lo ameritan, las universidades estadunidenses harán sus propuestas con celeridad tratando de que esos libros ocupen un lugar en sus salas de consulta; en México, la adquisición de bibliotecas de escritores famosos es relativamente próxima, compras hechas por las autoridades culturales del Estado, principalmente y otras como sucedió en Monterrey con la biblioteca de Fernando Benítez, adquiridas por particulares responsables que las ponen a disposición del público en nuevos hogares completamente dignos y funcionales.

Desde luego, la tarea de los vendedores de bibliotecas particulares es importante y representa la sobrevencida de muchos libros, pero todavía hay que hacer mucho en la adquisición pública o particular de los acervos de quienes tienen lugares importantes en la vida nacional; esa actividad merece ser alentada, sobre todo, porque es importante evitar el escenario que ocurrió a principios de siglo por el que una buena parte de los acervos particulares del siglo XIX fueron a hospedarse en Houston, Chicago o Nueva York.

Las universidades mexicanas no siempre tienen espacio para los acervos misceláneos de los individuos, pero una cultura de donación de acervos acrecentaría la interacción entre estudiantes, lectores y quienes han logrado formar colecciones de cierto valor; la dotación de recursos y el ánimo de conservación son elementos que contribuirían a que, cada vez con más frecuencia, las bibliotecas se renovaran a través de la lectura por otras generaciones.

Mucho se ha dicho, acaso no lo suficiente, acerca de que una biblioteca constituye una radiografía espiritual de su propietario, imaginemos lo que representa el acervo de las bibliotecas sumadas de los escritores de una generación, algo así como un retrato gigante y enriquecido del alma de una nación.

Esfuerzos como el de la Ciudadela o de fondo de Fernando Benítez en Monterrey, esperan ser replicados en el país y en cada una de las entidades, esa es la mejor manera de mantener vivo a un escritor que ha partido: fomentar la lectura y el consumo de productos culturales, pero sombre todo representa la posibilidad de que las grandes inteligencias sigan trabajando a través de sus colecciones, de sus lecturas y de su pensamiento.

                *Profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM

                fserranomigallon@yahoo.com.mx

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