Carranza y la legalidad
El genio de este hombre consistió en haber sabido leer, con inteligencia y propiedad, el tiempo que le correspondió vivir.
Entre tanto ir y venir, entre tanta discusión y frecuentes desacuerdos, hay algo en lo que todos podemos coincidir: en la necesidad profunda de la legalidad como base de la convivencia pacífica. La legalidad es la condición necesaria de la democracia y del desarrollo de todos los derechos; omitirla o menospreciarla redunda siempre en prejuicio del que sufre el acto ilícito, pero también del que infringe la norma y, al final del día, el sistema democrático de convivencia.
El pasado 24 de septiembre, el Congreso del Estado de Sonora, inscribió con letras de oro, conforme a la tradición, la leyenda “Hermosillo Capital Nacional de la Legalidad 1913 -2013”, en homenaje al histórico discurso con que, hace cien años, Venustiano Carranza comenzara la marcha desde el norte de la República para recuperar la legalidad perdida ante el golpe de Estado encabezado por Victoriano Huerta.
Recordar la historia es una necesidad fundamental de individuos y de pueblos; recurrir a ella, como inspiración, como fuente de conocimiento y como fuente de identidad, nos permite valorar nuestro momento actual y definir nuestros caminos en la cultura, la sociedad y la política.
Carranza llegó a Hermosillo, hace 100 años, en medio de lo que parecía una estrepitosa derrota; sin embargo, desde ahí dotó de algo que la entonces incipiente Revolución parecía no tener y que amenazaba con volcar todo el movimiento en una marcha fúnebre de reyezuelos enfrentados: un programa. La historiografía moderna ve en el movimiento de Madero lo que propiamente llamamos Revolución, un reclamo por la democracia, pero no un movimiento por la reivindicación de los derechos más profundos; después de la azonada y el asesinato del presidente Madero comienza lo que hemos definido más adecuadamente como la guerra civil, en la que, a partir del discurso de la legalidad enarbolado por Carranza, los reclamos obreros, campesinos, profesionales, y la lucha por las libertades, encuentran cabida aunque no siempre acuerdo; es la recuperación del orden constitucional lo que da sentido a fuerzas tan diversas y con motivos tan distantes como el movimiento de Zapata o el de Villa.
Es comprensible por qué Carranza despertaba lealtades tan profundas como la de Mújica o la de Isidro Fabela, fieles a su causa hasta el último momento, y es comprensible también porqué la lucha constitucionalista se convierte en el movimiento que culmina el punto álgido de la lucha armada y que encuentra su éxito en un nuevo orden constitucional que todavía nos rige; en adelante, los años que siguieron de 1917, al 3 de octubre de 1927, con la ejecución del general Serrano en Huitzilac, fueron luchas por liderazgos, cuotas de poder y, desde luego, de contención de la enorme masa violenta que la guerra había desatado por años. Pero el constitucionalismo persiste en su forma de legalidad y deja legado en la Constitución todavía vigente.
Para Carranza, como lo dijo entonces en Hermosillo, el objeto de la reinstauración de la legalidad en México, o si se quiere, de una nueva legalidad, implicaba la recuperación del equilibrio de la consciencia nacional; valioso concepto, porque genera la imagen de un pueblo en la búsqueda de su auténtico sentido, de su propio carácter, una estabilidad de fuerzas que permitieran avanzar, en paz y diálogo, hacia el futuro de la República.
El genio de Carranza consistió en haber sabido leer, con inteligencia y propiedad, el tiempo que le correspondió vivir; transitó desde su gubernatura porfiriana, de poca política y mucha administración, a un nuevo orden constitucional en el que supo dar cauce a los muchos dolores que aquejaban a la patria, encontrando una misma solución para todos: la legalidad.
*Profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM
