Porque yo ya me voy para la guerra
El pronóstico no es exacto: Venezuela no está en este momento en la ribera más cercana a la guerra civil. En realidad, los hermanos sudamericanos han estado permanentemente al borde de un enfrentamiento fratricida dada su vocación, ay, tan latinoamericana, a la ...
El pronóstico no es exacto: Venezuela no está en este momento en la ribera más cercana a la guerra civil. En realidad, los hermanos sudamericanos han estado permanentemente al borde de un enfrentamiento fratricida dada su vocación, ay, tan latinoamericana, a la división, a la cultura de los clanes y al temor respetuoso de los hombres de verde olivo.
Cierto, hoy, hasta donde se sabe, cohabitan instituciones disímbolas proclamando, de uno y otro lado, que son las instituciones legítimas. El Congreso, dominado por la oposición demócrata cristiana, seguía, teóricamente, existiendo y ejerciendo. En la acera literalmente de enfrente, en la llamada capilla sixtina de Venezuela, porque en su techo hay un enorme mural de Mata que recrea la batalla decisiva de Carabobo, se instala hoy la Asamblea Constituyente, cuya primera consigna emitida por Maduro es meter a la cárcel a Luisa Ortega Díaz, fiscal de la Nación, entre cuyas atribuciones está la de legitimar la elección clownesca del domingo. Maduro ha ido más lejos, adelantando que el fuero de los diputados se extinguirá, presumiblemente, el primero de mayo, en que la Asamblea Constituyente entre plenamente en funciones. Así, la oposición venezolana no tendrá más que dos posibles destinos: la cárcel o la casa.
La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos ha sufrido más de 200 enmiendas y modificaciones. Los venezolanos no se andan con minucias. Han tenido 26 constituciones en los 38 años que cuenta llevando vida institucional. La Constitución que más ha durado rigió de 1961 a 1999, en que Hugo Chávez se hizo del poder y se mandó a hacer una carta magna a su medida. De la misma forma que ahora lo hace su heredero y protegido, Nicolás Maduro.
El Poder Legislativo de la República de Weimar, en Alemania, se disolvió para dejarle a Hitler todo el poder. Para ello, sin embargo, hubo una mayoría de legisladores que acordó la disolución de su propio Reichstag. En su momento, el hoy reo Fujimori disolvió, de un plumazo, su Congreso para hacerse del poder total. Es lo que está haciendo ahora Maduro.
En este sentido, vale la pena leer el comunicado de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, luego de las votaciones del domingo. Cito: “El gobierno de México no reconoce los resultados de la elección de los integrantes de la Asamblea General Constituyente realizada en la República Bolivariana de Venezuela y lamenta que el gobierno de este país haya decidido llevar a cabo unos comicios contrarios a los principios democráticos reconocidos universalmente, que no se apegan a la constitución de la República y que profundizan la crisis en la que se encuentra el país”.
Ciertamente, se vale opinar. Aunque esta opinión vaya en contra de los principios sólidos que la política exterior de México mantuvo en mejores tiempos. Se vale opinar. Después de todo, diez países del continente opinan igual que el canciller Videgaray y el presidente Peña. Pero México se está sumando también a las sanciones económicas en contra del gobierno de Maduro, como un “castigo” por su abandono de los cánones democráticos. ¿De parte de quién? ¿Del amigo de todos los mexicanos, Donald Trump? O, sencillamente, ¿somos los campeones mundiales de la democracia y los procedimientos limpios en la conducción de la cosa pública?
Usted se sabe, seguramente, el dicho mexicano del burro hablando de orejas.
