Bota, bota, la pelota

México tiene que hacer una reforma que reduzca la cantidad de diputados y senadores en beneficio de la calidad de sus desempeños.

El sistema electoral mexicano, con sus taras y chapucerías implícitas, estará a revisión y escrutinio nacional en las elecciones para gobernador en cuatro estados, aunque el nivel de atención que despierten el domingo 4 de junio diste mucho del interés que el juego de Tigres contra Chivas despertara ayer.

Los medios, especialmente los electrónicos, tienen que andar con pies de plomo en estos últimos días, porque la amenaza de multas y sanciones por la interpretación que el INE, o sus sucursales en los estados, hagan de lo que nosotros consideramos información y los que cobran por llevar mal los comicios llaman propaganda electoral.

Este ensayo de la elección presidencial del año que viene, como todos hemos querido verlo, debiera tener una repercusión mayor. Más tarde o más temprano, México tiene que hacer una reforma electoral de fondo, que reduzca o retire definitivamente el financiamiento directo y generoso a los partidos políticos y una reforma política que —camino a un estado parlamentario real— reduzca la cantidad de diputados y senadores en beneficio de la calidad de sus desempeños.

Vamos dejándonos de paparruchadas, fingiendo una democracia que ni existe ni está a la vista. Y la prueba serán las elecciones del próximo domingo.

PILÓN.- En el espectro electrónico de los medios mexicanos, José Cárdenas pertenece a una minoría, importante, pero minoría al fin, que ha conservado una calmada moderación al abordar los perfiles político y personal de Andrés Manuel López Obrador. Pepe, a quien respeto y por quien tengo una especial estima, habitualmente trató al dirigente de Morena con un marcado respeto, aunque a la hora de opinar haya tenido que delinear las diferencias de opinión que mantiene con el único candidato a la Presidencia de la República —recurrente, pero único— en las elecciones del año próximo. Pepe era así uno de los pocos comunicadores electrónicos a los que Andrés Manuel concedía el privilegio de contestarle preguntas, así fuere de manera atropellada, sin dar oportunidad de repreguntar sobre sus asertos, y cambiando el curso del interrogatorio, contestando peras ahí donde se estaba hablando de manzanas.

La semana pasada, en el programa vespertino de Cárdenas, Andrés Manuel siguió con su patrón de conducta en el papel de impoluto líder político, poseedor de la única verdad posible y descalificando a todo aquel que no comparta sin chistar su evangelio, que viene de las raíces ev (bien) y angelos (mensajero). Libremente traducido quiere decir albricias, buena nueva, noticia grata.

López Obrador fue más allá y llamó a Cárdenas públicamente “con todo respeto”, un calumniador. Le mandó a que aprendiera de los verdaderos periodistas serios que dicen la verdad y que hacen un periodismo distante del poder y cercano al pueblo. Pepe dio por terminada la entrevista.

Algo le está pasando a Andrés Manuel; una cosa son los desplantes histriónicos, a los que Donald Trump nos tiene acostumbrados al igual que Andrés Manuel, y otra los desequilibrios en la química cerebral que evidentemente están afectando tanto al presidente de  Estados Unidos como al presidente de Morena.

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