No voy a trabajar, no voy a trabajar

Se antoja sumamente irritante el cinismo con el que los señores legisladores pasan ante asuntos que la sociedad entera califica de urgentes, especialmente cuando estamos recordando más de diez años de una estúpida guerra en contra del narcotráfico.

De la mariguana con uso recreativo, que es como le dicen los políticos a tronárselas por el placer de ser, ni hablamos. Los señores legisladores, que en estos días de fiestas de la generosidad y el desprendimiento están muy preocupados pensando cómo van a gastar los bonos de cientos de miles de pesos que se autorizaron con rapidez, dejaron pasar sin ver las iniciativas sobre la ley que permite o regula el uso de la cannabis en medicamentos para aliviar las sintomatología de agudos dolores en padecimientos varios. También pasaron para febrero la legislación para perseguir la tortura y la trata de personas, así como el ordenamiento de la suspensión de garantías, para casarlo con una supuesta reconsideración jurídica del papel de las Fuerzas Armadas en la persecución de los delincuentes.

Debiera indignarnos la codicia de los legisladores federales –bien imitados por los integrantes de las legislaturas de los principales estados del país— a la hora de la repartición del pastel navideño. Ni siquiera nos sorprende; ya estamos acostumbrados a alimentar con nuestros impuestos ese saco sin fondo que son las remuneraciones, ordinarias y de las otras, que diputados y senadores se otorgan un año sí y el otro también.

Pero se antoja sumamente irritante el cinismo con el que los señores legisladores pasan ante asuntos que la sociedad entera califica de urgentes, especialmente cuando estamos recordando más de diez años de una estúpida guerra en contra del narcotráfico que nos ha dejado 150 mil muertos y alrededor de 30 mil desaparecidos. Una guerra en la que metimos — ¿metimos?— a las Fuerzas Armadas con calzador ante la incapacidad de los policías civiles de darnos la seguridad por cuya vigilancia y vigencia reciben un sueldo. Por el contrario, el correr del tiempo nos ha venido dando a conocer cómo la corrupción de los cuerpos policiacos reside en las raíces de la imposibilidad de ganar esa guerra, con todos los ejércitos que se involucren.

En esa misma corrupción están los generosos diputados y senadores, quienes no son capaces de mover un dedo para acabar con una de las vergüenzas más grandes de los procedimientos policiales de nuestro país, la tortura. Sin rasgarnos las vestiduras porque no tenemos la patene exclusiva de procedimientos que se usaron en la cárcel ilegal de Guantánamo y se siguen usando en Francia o Rusia, lo más irritante de la tortura mexicana es que se nos ha metido en los huesos como un elemento indispensable, diría el presidente Peña Nieto, del perfil cultural de los mexicanos.

Viéndolo bien y despacio, tal vez el presidente Peña tenga razón. La holgazanería irresponsable —no hay otra— la corrupción y el cinismo forman parte del ADN de muchos mexicanos.

Algunos son nuestros representantes en el Congreso.

PILÓN.- La Reserva Federal de Estados Unidos acaba de anunciar un incremento a las tasas de interés que paga por el dinero, en un cuarto de punto porcentual. De esta manera empezará a pagar casi el uno por ciento a quien le confíe su dinero, frente al ocho que pagaba en 1991. Las políticas económicas previsibles de Donald Trump, que pretende fomentar el consumir lo americano, crear empleo con base en perseguir a las empresas que nos usan como maquiladora, y cerrarse a todo lo externo, hacen obvio que en 2017 se darán otros incrementos a esas tasas.

Hay dos consecuencias de estas medidas. Al hacer más atractivo el rendimiento que paga Estados Unidos por el dinero, los capitales golondrinos que no tienen nacionalidad ni necesitan pasaporte para viajar, gradualmente abandonarán nuestro territorio; eso obliga al Banco de México, todavía con Carstens, a seguir el ejemplo de la Fed y subir las tasas aquí. Eso, suena muy bien para el que tiene dinero, suena horrible para los que debemos. Las tasas de interés que cobran las tarjetas de crédito –bancarias o de tiendas- van a subir. Los préstamos, las hipotecas y todo lo que debamos, va a ser simplemente más caro. Es el mal final de la cruda anticipada de la borrachera del Buen Fin.

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