Toro, toro asesino

Todos los que disfrutamos las corridas de toros estamos ciertos de que el gran coso se venderá. La nueva sede, ya no tendrá estirpe.

Hay un tema del cual los más distinguidos, cultos, inteligentes y prestigiados opinadores de este país procuran separarse.

Ellos son, como yo, aficionados a la fiesta de los toros, ese espectáculo añejo de crueldad y de belleza, que en eso reside el embrujo y el rechazo que provoca. Los deficientes mentales —que no son tan pendejos— que se padrotean la licencia del Partido Verde Ecologista en nuestro país, a la vez que promovían la pena de muerte para los humanos, dictaminaron con la complicidad de los otros corruptos, la licencia de vida para los animales de circo.

Ése no es tema. Ni siquiera lo es la legitimidad de la fiesta del toro. Hoy quiero hablar de bienes raíces.

Ni en eso ni en la tauromaquia soy experto. Me han dicho, sin embargo, que los aficionados al Cruz Azul del futbol mexicano tienen que buscar una nueva sede para sus juegos. El estadio llamado azul, que es su sede, se cierra y se vende. El embudo del Estadio Azul, junto con el agujero de una ladrillera que constituye la esencia de la plaza de toros más grande del mundo fueron la columna vertebral de algo que la Ciudad de México conoció como la Ciudad de los Deportes, que incluía en su sueño canchas de tenis, boliches y albercas, todo en la mente de Neguib Simón Jalife.

De los dos enormes hoyancos de las ladrilleras, sólo se concretaron —literalmente— el Estadio Azul, probablemente por su estirpe cementera, y la Plaza de Toros México. Durante muchos años, los aficionados a los toros vimos en los portales de los túneles de la plaza anuncios del maravilloso y más bello hotel de Acapulco, Las Brisas, y de las Toallas La Josefina —que sí secan desde nuevas, decía Radio Reloj cada minuto con toda razón— que eran dos de las empresas esenciales de la fortuna de Moisés Cosío, un español admirable que como tantos otros admirables que vinieron a lo que se decía despectivamente “a hacer la América”, pero que hicieron en participación monumental, nuestra América.

La familia Cosío, esencialmente inmuebleros, por años ha cobrado su renta por el estadio de futbol y por la Plaza de Toros, independientemente de lo que ahí suceda. Ahora, las nuevas generaciones de casi millennials se han dado cuenta de que el metro cuadrado en esa zona, que antaño eran ladrilleras y rancherías alejadas del lago de Tenochtitlan, y no adivinaban la colonia del Valle y lo que le siguió, es muy valioso.

Quiero decir caro.

Los aficionados del Cruz Azul ya no tendrán estadio, el que los aloje ya no tendrá estirpe.

Todos los que disfrutamos las corridas de toros estamos ciertos de que el gran coso se venderá. Hoy, mañana, en dos meses o tres años. La nueva sede ya no tendrá estirpe. Ni que fuera la plaza de la Condesa, donde ahora voy a pagar mi letra del Palacio de Hierro, o el Toreo, que es un mall mal hecho.

PILÓN.- Claro, el tema es las elecciones de Estados Unidos.

Me dan hueva. Esta telenovela ya la viví.

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