Loco

…metiendo cubos en triángulos, buscándole al círculo ángulos… Ricardo Arjona, Loco Me regocijo con frecuencia en los mitos que abundan en las historias que nos han contado. Me fascina la idea de una Isabel de Castilla bastante ...

…metiendo cubos en triángulos, buscándole al círculo ángulos…

                Ricardo Arjona, Loco

Me regocijo con frecuencia en los mitos que abundan en las historias que nos han contado. Me fascina la idea de una Isabel de Castilla (bastante feíta por cierto) seducida por la labia y la presencia de un genovés iluso, al grado de empeñar, sin consentimiento de Fernando de Aragón, sus joyas con los judíos que quedaban en su reino, para financiar la aventura de Cristóbal Colón, cuyo momento de gloria hoy celebramos. Ese 11 de octubre en que el vigía, casi siempre un marino castigado para navegar en la cofa, o el carajo, de las naves, avistó las tierras de la isla Guanahani, por ahí de las Bahamas, isla en la que el viernes 12 desembarcó el almirante para bautizarla como San Salvador. El cuento aquel de Cortés mandando quemar sus naves ancladas frente a la Villa Rica es seductor. No es menos encantador la quema de pies de Cuauhtémoc y su frase maravillosa de “¿acaso estoy en un lecho de rosas?”.

Adoro la historia de la conspiradora doña Josefa Ortiz de Domínguez dando toquecitos discretos en la puerta, no en busca del refocile con Ignacio Allende de quien era amante, sino para advertir a los cómplices que habían sido delatados y que el inicio de la guerra de independencia había de adelantarse. Sublime es el cuento de SindiBad el marino partiendo del puerto de Basra, o el de Ulises atándose al palo mayor de su nave, con las orejas de sus marinos tapadas con cera, para que ellos no pudieran desobedecer sus órdenes y él no pudiera sucumbir al embrujo del canto de las sirenas.

No hay registro histórico de lo anterior; lo único indiscutible es que todo es puro cuento. Y que todos estaban locos.

Pero la más bella de todas es la supuesta locura que trastornó la mente reblandecida y sensibilizada —ojo—, por la lectura, de don Alonso Quijano, que lo llevó a recorrer su pequeño universo interno para luchar contra bidones de vino, molinos de viento o venteros borrachos considerándolos engendros del mal y criaturas del demonio. Todos estaban locos.

De la misma manera en que la historia de Don Quijote es un elogio a la locura, lo son la epopeya de Cortés o las travesías de Ulises, los viajes del marino de Basra o la aventura de Pizarro en busca de la ciudad de oro que le costó la vida a Atahualpa.

Loco estaba Hernán Cortés que con 80 soldados —y unos buenos miles de resentidos tlaxcaltecas— decidió conquistar el más poderoso y magnificente reino que América había conocido. Y lo conquistó. Loco estaba el que mandó barrenar las naves que esperaban en Veracruz impidiendo la desbandada de sus flacas tropas. Todos estaban locos. Locos los judíos rechazados, que del altiplano de México se fueron al norte e hicieron Monterrey en medio del desierto. Locos los codiciosos soldados que fundaron Almadén o el valle de Atemajac; locos los que, sin darse por saciados con el oro de Tenochtitlán, fueron a buscar más riqueza a Guatemala. Loco estaba Cuauhtémoc, que no entendió la corrección política de entregar vida y hacienda al conquistador. Loco el conquistador, que en lugar de acabar con los aborígenes que tenía dominados se amancebó con las mujeres —y fomentó que todos sus soldados lo hicieran— para dar lugar a la más bella locura americana, el mestizaje.

A comienzos del siglo pasado y por iniciativa de un ministro español, se comenzó a llamar al 12 de octubre el Día de la Raza. Era una resaca del arrepentimiento español por la manera cruenta en que habían sometido a su mando —pero sobre todo a su religión— a los indios americanos. En tierras más al sur del Perú y más al norte del río Bravo, los europeos acabaron con los indios. Cortés y sus locos fundaron una raza.

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