Quién teme al lobo feroz, el lobo, el lobo
La norma de emergencia 167 dice que a partir de julio los vehículos de combustión interna deben someterse a nuevas normas de verificación para que puedan circular. Pero en ella hay una amenaza oculta.
Con varios ademanes horrorosos
los montes de parir dieron señales.
Consintieron los hombres temerosos
ver nacer los abortos más fatales.
Félix María Samaniego, Fábula del parto de los montes.
Las 22 páginas publicdas ayer en el Diario Oficial de la Federación bajo el título de Norma Oficial de Emergencia NOM-EM-167-SEMARNAT-2016, no solamente es un monumento a la estulticia y a la incompetencia; al mismo tiempo es una burla a la inteligencia de todos los mexicanos.
Hace semanas, el anuncio pomposo hablaba, en boca del secretario Pacchiano de la Semarnat, de 168 medidas para contener los elevados índices de contaminación en la llamada megalópolis, que se supone sea el área connurbada de la Ciudad de México y municipios de los estados de México, Hidalgo, Morelos Puebla y Tlaxcala. Ayer finalmente, y en una conferencia de prensa, todas las autoridades convergentes en este parto de los montes anunciaron la norma de emergencia 167, que entrará en vigor el primero de julio, estará vigente hasta el 31 de diciembre de este año, y que puede prorrogarse seis meses más. Hay una amenaza oculta de la que me ocuparé al final.
El farragoso documento del Diario Oficial dice que la norma establece los niveles de contaminantes para los vehículos automotores que circulan en la zona determinada como campo de aplicación. Veintidós hojas después, a ocho puntos, queda claro que a partir del primero de julio los vehículos de combustión interna deben someterse a nuevas normas de verificación para que puedan circular en nuevas condiciones y con nuevos engomados.
Después de enumerar a las 15 instituciones que fueron cómplices en la elaboración de este bodrio, que van desde la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz hasta la Semarnat, pasando por los gobiernos de los estados involucrados, la norma marca varios métodos para darle la bendición y el
nihil obstat para circular por nuestras averiadas calles. Hay el sistema de diagnóstico a bordo, el método de prueba dinámica, el de prueba estática y el de opacidad, que es exclusivo para los vehículos que se mueven con diesel.
En el diagnóstico a bordo hay una prueba con la luz indicadora de falla, llamada MIL, obviamente por sus siglas en inglés. Esto es el foquito que se prende en el tablero de los autos nuevos.
Los sistemas de verificación tan innovadores vuelven al criterio –rebatido por la Suprema Corte en juicio de amparo memorable– de que los automóviles deben ser suspendidos de la circulación por el año en que fueron manufacturados y no por las emisiones tóxicas que emiten. La única ventaja de la “nueva” norma es que los vehículos de carga y transporte de pasajeros, placas federales incluidas, deben aprobar la prueba del ácido.
Como su nombre lo indica, la fascistoide norma jamás se refiere a otras fuentes de la contaminación ambiental que no sean los vehículos automotores. Ni una mención a las fábricas, cementeras, talleres, taquerías, tiraderos de basura al aire libre, tintorerías o casas habitación en las que mantenemos el calentador de agua encendido 24 horas al día. No hay una sola mención a la necesidad de regular y modernizar el transporte público de pasajeros para que los que estamos hartos del tráfico en la ciudad capital podamos abandonar el automóvil y transportarnos cómoda, segura, puntual y eficientemente a nuestros destinos.
Eso parece lo peor de todo, pero no lo es. Los habitantes de la ciudad capital están trinando de coraje por la nueva norma.
Hay la decisión de hacerla general a los estados de la República Mexicana. Monterrey, Guadalajara, Puebla, Tijuana, Veracruz o Mérida, ahí les van.
