Agua que no has de beber

Hemos edificado, y seguimos construyendo, una megalópolis sobre una costra que tiene debajo una enorme oquedad de lo que fueron los grandes lagos sobre los que se erigió la capital mexicana.

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Félix Cortés Camarillo 24/01/2014 03:44
Agua que no has de beber

Cuando hace 44 años regresé a la Ciudad de México y me integré al periodismo capitalino, una de las leyendas urbanas más socorridas era que al director de Aguas y Saneamiento del Departamento del Distrito Federal no lo podía correr nadie por la sencilla razón de que nadie, nadie en la ciudad, conocía los planos de distribución del agua en la capital del país; por lo menos en el centro de la ciudad. Se me escapa el nombre de aquel legendario personaje y los registros de la Sacmex, Servicio de Agua de la Ciudad de México, son muy celosos de su reciente pasado como para consignarlo por algún lado.

Lo cierto es que este buen hombre había participado en las reparaciones de los últimos 40 años de la red de distribución del agua; los planos, que no existían, los tenía en su personal memoria. De esa suerte, aún en edad de retiro los ingenieros modernos tenían que acudir a su apoyo memorioso para poder resolver las dificultades frecuentes del subsuelo cenagoso de la capital de los aztecas.

Indudablemente que la situación debe haber cambiado. Al menos en lo que a la red de tuberías subterráneas se refiere. Lo que no ha cambiado es la realidad hidrológica del subsuelo capitalino. Aunque se nos olvide, y sólo lo recordamos ante la incidencia de tragedias menores como la ocurrida el miércoles pasado sobre el Periférico, hemos edificado, y seguimos construyendo, una megalópolis sobre una costra que tiene debajo una enorme oquedad de lo que fueron los grandes lagos sobre los que se erigió la capital mexicana.

De esa gran caverna hemos sacado por siglos el agua que el altiplano requiere para sobrevivir. A ese agujero pocas veces le regresamos por lo menos algo de las aguas de las lluvias que antes eran regulares sobre el ombligo del mundo. Lluvias que durante años inundaron la gran capital hasta que Uruchurtu les puso un dique adecuado a sus tiempos y obsoleto desde hace medio siglo.

¿Dije que el hoyando que de pronto se presentó en el Periférico a la altura de Legaria? No sé lo que estoy escribiendo. Ese pinche agujero de cuatro metros de largo puso a parir a todo aquel que quisiera circular de sur a norte a la Ciudad de México: entre Avenida del Conscripto y el eje diez sur, Copilco. Todavía cuando esto escribo, con el agujero tapado y la tubería reparada, las colonias aledañas al incidente siguen sin agua potable. Si eso es un incidente menor no quiero imaginarme un problema grave.

Grande o pequeño, el agujero del Periférico es una llamada de atención que vamos a dejar pasar por alto: nuestra ciudad capital carece de cimentación sólida. El hundimiento de los grandes edificios como Bellas Artes o Catedral, que en nuestra infancia eran anecdótica referencia la realidad de que la ciudad está montada sobre el lodo, es ahora un dato olvidado. La existencia de multitud de ríos que atravesaban el valle y dieron origen a los lagos es solamente un referente en el nombre de las avenidas que los ocultan, Consulado, Churubusco, La Piedad, etcétera.

Todo este conjunto de factores, que nos debieran recordar que nuestra ciudad no es eterna y que más tarde o más temprano se va a colapsar, son chismes a olvidar: nosotros no estaremos aquí cuando la hecatombe sobrevenga. O nos habremos ido a Mérida.

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