De enojos, furias y sus consecuencias
Los volcanes son una de las imágenes más usadas. En las naciones, como en los volcanes vivos, hay una furia dormida que puede hacer erupción. Se les estudia con rigor, pero nunca se conoce el momento preciso en que ella aparecerá con rostro de fuego sin control. México está enojado, allí están las cifras, muchos anuncian una erupción. Es esto real o quizá la imagen ya juega con nuestro razonamiento. ¿Puede alguien desear la erupción? ¿Quién la gobernaría?

Federico Reyes Heroles
Sextante
El fenómeno no es sólo mexicano. Trump dio voz al enojo de una porción de su país. Le Pen se ufanó durante todo el proceso de ser representante del enojo de millones de franceses. Dar voz, abogar por alguien, es parte de la función de los políticos. Porque el enojo puede penetrar nuestras vidas sin forma alguna que permita elaborar el reclamo justificado, generar conciencia. Así, en bruto, es inútil. Por qué estás enojado, explícamelo. Sólo hasta entonces podemos escudriñar en nosotros mismos para encontrar los orígenes y las soluciones.
Pero del enojo también puede nacer algo diferente, la furia que llama a la violencia. Entramos así a un “estado mental alterado... demencial”. La furia remite a la mitología griega con una deidad vengadora de por medio. En Venezuela hay ahora mares de furia. La furia puede tener razones, lo cual no le quita el ingrediente demencial. La furia se siente, es un estado, fulano está furioso. Pero hay otra frontera aún más delicada: la que nos conduce a la ira. Es una escalada de emociones, del enojo al deseo de venganza, a la violencia, a la ira, de la cual también los dioses pueden ser prisioneros. Nos llenamos de ira y ésta busca un desfogue. Del enojo y sus motivos a la ira hay una degradación del ser humano, un debilitamiento de esa entelequia de la cual depende nuestra convivencia y que llamamos civilización. Barbarie o civilización es el dilema permanente. Con Macron ganó la palabra, la razón, no el ánimo de venganza. Dar voz al enojo dentro del pacto civilizatorio es parte de la salud democrática, pero se deben conocer sus límites. The wrath of nations (La ira de las naciones), de W. Pfaff, allana el camino a la discusión.
Dos mujeres conversan, serias, en una mesa. La relación entre ambas está plasmada en la imagen. Una está vestida como trabajadora doméstica, del hogar. La otra es un miembro más de las clases medias, sólo ella tiene un café entre las manos. El rostro de la trabajadora muestra golpes muy fuertes, sus ojos están llorosos. Comienza el diálogo.
Empleadora (E): Ya son muchos años soportando un golpe tras otro. Trabajadora del hogar (TH): Me da mucho miedo dejarlo. E: Y cómo no te da miedo que te siga lastimando a ti y a los niños; que vuelva a golpearte como siempre. TH: Pos sí, pero, ¿cómo le hago? E: Como le voy a hacer yo: le das con la puerta un golpe en la nariz y que se pudra en la cárcel. Voz en off (un hombre): Dile basta al maltrato del PRI. Vota sin miedo. Vota en defensa propia. Cambia, Coahuila, tu vida cambia (entra logo del PAN).
La empleadora e instigadora condena los golpes físicos a la mujer y a los niños y después sugiere golpear en dos sentidos físico y metafórico. La patrona razona por la empleada, como si ella no pudiera hacerlo sola. Las implicaciones son increíbles en el siglo XXI, las clases acomodadas dando lecciones a los pobres. El spot invoca la defensa propia, ¿es válida la analogía? ¿Estamos acaso en el ámbito del derecho penal? Hay una justificación de la violencia por la violencia ejercida. Quién califica el delito y la proporcionalidad de la reacción. El spot es una provocación. ¿A dónde vamos por este camino? El enojo puede ser justificado, no lo califico. Pero cruzar tramposamente del mundo real, los golpes en el rostro de la mujer, al metafórico, los golpes del PRI a la población, es irresponsable. Si los dirigentes políticos son los que convocan con trampas a la violencia, qué podemos esperar de los enojados.
Sabemos del enojo. Es pandemia y en México es grave. Por si fuera poco, los gobernantes siguen arrojando carretadas de motivos para incrementar la decepción, la incredulidad, la irritación, el enojo. Pero sembrar la rabia, la furia, puede conducirnos a la ira. En ese estado, cierta demencia toma el timón de las acciones. Atrapados por la ira, los seres humanos pueden actuar contra sus propios intereses. Dejan el cálculo y dan rienda suelta a la víscera, que no es buena consejera.
En pleno enojo merodea un ánimo de mercadeo. A ver quién cosecha más votos cultivando, ya no el enojo, sino la furia, la violencia. Es tanto como convocar a un motín en plena tormenta. Hay algo de suicidio colectivo. Todos los dirigentes políticos deben respetar el contenido esencial del pacto civilizatorio: no a la violencia. O quizá se busca encender la hoguera para lucrar con la ira colectiva. Vaya ingenuidad.
La ira deja ríos de sangre y muchos arrepentidos.