En segunda persona

La depresión y, por ende, el suicidio, no respeta niveles socioeconómicos, educativos ni edad. Si en un viejo enfermo el suicidio es explicable, qué decir del creciente número de suicidios de adolescentes de 15 a 19 años (tercera causa de muerte) y jóvenes, suman 43% del total.

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Federico Reyes Heroles 19/08/2014 00:06
En segunda persona

Hola, le hubieran dicho. Cómo has estado. Ahí voy, con una sonrisa en la boca como si la vida también le sonriera a él. Pero sus colegas involuntarios de la misma fraternidad hubieran sabido que en el “ahí voy” se mostraba la lucha continua y que la sonrisa podría desvanecerse en cualquier momento. Parte de su gran éxito provino de esa capacidad para ir de la expresión bonachona a la tristeza indeleble. Más allá de su voluntad, las comisuras lo delataban.

Los miembros de esa cofradía rara vez se saben. Suponen que hablar de su padecimiento es reconocer una debilidad, un expediente de vergüenza que creen único en ellos. La definición se mantuvo enmascarada durante siglos. La palabra melancholia surgida en inglés en 1303, fue trasladada a un territorio que no le pertenecía. Los poetas románticos, Byron o Whitman y el propio Victor Hugo se enorgullecían de su estado melancólico, era un privilegio. Pero el nuevo monstruo estaba allí, agazapado llevó a Virginia Woolf a poner piedras en sus bolsas y caminar al río.

De ese limbo, la melancolía, que no es tristeza sino una condición del desasosiego del alma, han salido poemas y novelas maravillosas. El melancólico produce, el depresivo pierde esa capacidad. William Styron relata su caso en un libro extraordinario, Esa visible oscuridad, y se mofa de la palabra depresión que igual se usa para la orografía, la economía y la psique. Él buscó por los rumbos de la tormenta. El nuevo territorio hoy se llama depresión. La OMS advierte que para 2020 podría convertirse en la segunda causa de incapacidad laboral en el mundo. Pero esa es sólo una forma de medir esa maldición. Hay otras: el abandono de la escuela, la desintegración y violencia intrafamiliar incluida son algunas de sus poco simpáticas manifestaciones.

Pero si la vida es un privilegio, cuyos orígenes siguen siendo un apasionante misterio, el suicidio es el grito más doloroso y final de un dolor insoportable. La vida puede doler. Cada suicidio es una bofetada a todos los seres humanos. La mitad de las muertes autoinfligidas se explican por depresión. Que un anciano con una enfermedad terminal y dolorosa decida poner un punto final a la novela de su vida es entendible. De allí, toda la discusión sobre la muerte asistida o el protocolo de voluntad anticipada que, por fortuna, ya tenemos en la Ciudad de México.

El dolor, la inmovilidad, la dependencia, la incapacidad para vivir con dignidad puede quitarle el sentido a la vida, del cual habló Viktor Frankl. La depresión y, por ende, el suicidio, no respeta niveles socioeconómicos, educativos ni edad. Si en un viejo enfermo el suicidio es explicable, qué decir del creciente número de suicidios de adolescentes de 15 a 19 años (tercera causa de muerte) y jóvenes, suman 43% del total.

Hubieran podido hablarle en segunda persona porque oficialmente hay tres millones de mexicanos que sufren de esa maldición. Pero la cifra podría ascender a alrededor de 25 millones, pues muchos mexicanos desconocen el padecimiento. Pensemos en un campesino que anda “tristón”, como se dice, y que ese estado se prolonga al infinito. Él encuentra explicaciones, la pérdida de su compadre, la muerte de su madre, todos ellos motivos reales de tristeza que pueden evolucionar en depresión. Ese campesino, en promedio, tardará 14 años en recibir un tratamiento especializado (El Universal, 17/8/2014). Pero está el otro universo, el de quienes no tienen un motivo concreto para caer en ese estado. Hay niveles en el infierno. El de quien tiene un motivo concreto de tristeza y transita a la depresión y el crónico, que va y viene, nadando a contracorriente toda la vida.

Unos y otros caminan al borde el abismo, con una diferencia, los crónicos se vuelven profesionales de su mal; muchos reciben ayuda médica. Los medicamentos han evolucionado con gran rapidez, cada generación es más limpia y con menos efectos secundarios. ¡Hay cura! Pero el riesgo está allí. En un espléndido artículo en estas páginas, Leo Zuckermann lo plasmó en una expresión: “La depresión mata”. Mata a los que transitan sin saberlo de la tristeza a la depresión y a los crónicos que, a pesar de los medicamentos, nunca pueden regresar a la superficie, atrapados en las mortales arenas movedizas de la depresión.

Será resultado de la vida urbana, del cambio en las costumbres familiares. De acuerdo a El Universal, las dos cimas de suicidio en México se dan entre los 18 y los 35 años, muchos solteros, y también entre los adultos mayores que cada día serán más. Hay muy pocos siquiatras, tres mil para 118 millones, y no se diga sicogeriatras, una nueva especialidad que surge por el aumento en la esperanza de vida y que, en México, se cuentan con los dedos de las manos. Voy al punto. El monstruo está entre nosotros. Los países desarrollados destinan 6.5% del PIB en salud mental, México menos de uno por ciento.

Bienvenido, Robin, qué bueno que estás entre nosotros, se hubiera escuchado en el aeropuerto. Adiós y gracias por hacernos reír tanto, todo en segunda persona.

                *Escritor

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