Cielito lindo

El nacionalismo se construye, se fomenta. México sabe de eso, el nacionalismo posrevolucionario invadió todas las esferas de la cultura rozando los linderos de la estética oficial estalinista que persiguió igual a Kandinski que a Shostakóvich...

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Federico Reyes Heroles 01/07/2014 01:13
Cielito lindo

Enfermedad infantil, sarampión de la humanidad, así calificó Einstein al nacionalismo. Sin embargo, no hay nación madura, adulta —si es que algo así existe— que no invoque alguna fórmula de nacionalismo. En 1914 inició la Primera Guerra que llevó a la muerte a más de 20 millones de seres humanos. Mano Negra, el brazo violento del movimiento ultranacionalista serbio, asesina al príncipe heredero del imperio austro-húngaro. Éste desaparece junto con el alemán, el otomán y el ruso. El mapa del mundo cambiaría radicalmente. Los nacionalismos y, por supuesto, los intereses, se desbocan. Los estados nación se multiplicarían durante todo el siglo XX. En el XXI la subdivisión sigue, Escocia lucha por su independencia, los movimientos separatistas en España están vivos. Canadá trae lo suyo, lo mismo que varios países en Asia y África. Eritrea nació en 1993, Sudán del Sur en 2011. Somalilandia está en el horizonte.

Por lo visto la madurez añorada por Einstein no llega. La idea de nación como un conjunto de costumbres, creencias, ambiciones compartidas muta todos los días. Las fórmulas nacionalistas encarnan en vestimentas, por ejemplo, el desfile de los descendientes irlandeses el día de San Patricio en Estados Unidos, que invade las calles de Nueva York de verde. La comida, las danzas, la música —Moncayo en México o Sibelius en Finlandia o Rimski-Kórsakov, Smetana, Liszt, Chaikovski, Villa-Lobos de Brasil. La lista es infinita, dieron vida a su interpretación de lo nacional. Se piensa que las naciones dan vida a los nacionalismos. Ernest Gellner, sociólogo de origen checo, elaboró la tesis contraria “Es el nacionalismo quien engendra a las naciones...”.

Entonces el nacionalismo se construye, se fomenta. México sabe de eso, el nacionalismo posrevolucionario invadió todas las esferas de la cultura rozando los linderos de la estética oficial estalinista que persiguió igual a Kandinski que a Shostakóvich. El muralismo mexicano —que se puede medir en miles de metros cuadrados— se convirtió en una barrera en contra de la pintura abstracta de grandes artistas como Tamayo o Felguérez. Todo en exceso es malo, decía el clásico y, si bien el nacionalismo es necesario, debemos estar muy atentos de las desviaciones o degradaciones.

Si el nacionalismo muta y se construye, si no es simple explotación de la herencia, todos tenemos la responsabilidad de vigilar las expresiones que pueden llegar a la locura. El gobierno boliviano decidió que a partir del pasado solsticio las manecillas de los relojes del Congreso debían girar a la izquierda. Es parte del proceso de “descolonización”. Sin comentarios. Nadie se salva de los excesos, en Estados Unidos corre ya la interpretación de que los crecientes amantes del futbol soccer son producto de las inmigraciones “no originales” de esa nación. Cuando las naciones están seguras de sí mismas, del pacto de interpretación histórica, jurídica, cultural que da vida a ese territorio común de emociones e ideales, expresan su nacionalismo de forma incluyente y sin ofensas.

El futbol y los Juegos Olímpicos —gracias a los medios masivos de comunicación— se han convertido en una gran vitrina del nacionalismo. Veamos el lado positivo: los países se tienen que someter a ciertas normas y a la autoridad, lo cual es un acto de civilización; se castiga la violencia excesiva; hay millones de testigos; la condición física, pero también la constitución emocional de los participantes, son determinantes. La idea misma del juego en equipo obliga a una disciplina que somete los protagonismos individuales a otra lógica. Eso habla de una nación. Pensemos en la gran presencia de la música coral y orquestal en países como Alemania. Pero hay bemoles, la FIFA y sus multimillonarios negocios son ejemplo de opacidad. Todo el mundo lo sabe. Sin embargo, esa es la organización que convoca al mundo.

Francia 1998, un mexicano se orina en el fuego eterno de los mártires debajo del Arco del Triunfo. Corea 2002, un mexicano aprieta el botón de emergencia en el tren bala. Una bromita. Alemania 2006, un borracho mexicano se queda dormido dentro de un búnker cercano a Hannover provocando la movilización del Ejército. Sudáfrica 2010, la estatua de Nelson Mandela recibe en la cabeza un sombrero de charro. Qué simpático (La Razón, sábado 21/6/2014). Brasil 2014, otro mexicano borracho salta al mar desde un crucero para así detener el barco. Elías Canetti, el gran pensador en lengua alemana, pero de origen búlgaro, desnudó una dimensión a la vez fantástica y aterradora: la transformación del ser humano envuelto en un fenómeno de masas. Esa transformación puede llevar a una alegría y emoción sin igual, pero también puede sacar lo peor de nosotros mismos.

En México la homofobia es muy grave. El Conapred registró  44% de encuestados que no aceptaría vivir con un homosexual. Por más que la FIFA acepte la expresión, como mexicano avergüenza trascender por el grito de puto. Las palabras son la argamasa de la convivencia. Y después nos asombramos del bullying. Sinceramente prefiero el Cielito lindo que no ofende a nadie.

                *Escritor

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