España: principios o pragmatismo

La monarquía de Juan Carlos ha pasado por muy diferentes periodos, desde el reconocimiento casi general de su papel en la transición del brazo de Suárez, hasta la crisis de ahora. En marzo del 94 la confianza en la monarquía era calificada con 7.46 sobre 10. En abril de 2014 cayó a 3.72.

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Federico Reyes Heroles 03/06/2014 02:33
España: principios o pragmatismo

Clío, la diosa de la historia, es una chapucera. A principios del siglo XX el mundo estaba dividido en poco más de 60 estados nación, los grandes imperios mantenían dominios en África, en Asia e incluso en porciones pequeñas de América Latina como las Guyanas. De esas 64 naciones sólo poco más de diez eran democráticas: Inglaterra y Estados Unidos como pioneros y otros con una historia republicana más frágil, como Francia, que vivió una larga época de enfrentamientos entre monárquicos y republicanos en el siglo XIX. El Segundo Imperio caería hasta 1870. Jean Jaurès, el brillante pensador y político socialista, apoyó a Dreyfus y se opuso a la intervención francesa en Marruecos. Murió asesinado por su pacifismo ante la primera Gran Guerra. Los mexicanos también tenemos nuestro expediente monárquico.

Quién lo dijera, la paz no era tan popular hace un siglo y las democracias eran minoría. Predominaban las monarquías. Sin embargo, los vientos republicanos ya soplaban. La Gran Guerra y las guerras intestinas redefinieron territorios y nuevas naciones. Pensemos en Polonia atrapada entre los intereses imperiales de Rusia y Alemania. Así siguió todo el siglo XX, los países se multiplicaron por tres y las democracias se extendieron, pero no borraron a las monarquías. Tal fue el avance de las democracias que en la segunda mitad del siglo XX varios teóricos muy respetables hablaban de las olas democratizadoras como inexorables. Las monarquías tradicionales estaban llamadas a desaparecer, pero no fue así. Suecia, los Países Bajos, Noruega, Dinamarca y Bélgica consolidaron sus monarquías con apertura democrática y pesos y contrapesos, dándoles así nueva vida.

Pero no sólo hubo continuidad y modernización de monarquías muy antiguas y principados como el de Mónaco, también hubo el nacimiento de nuevas monarquías. Es el caso de Camboya, que después del brutal genocidio encabezado por Pol Pot y los Jemeres Rojos, estableció una monarquía en 1993. Ese mismo año los brasileños fueron a un plebiscito para decidir entre monarquía y república. Tailandia es formalmente un reino. Los hay disfrazados como el caso de la República Popular Democrática de Corea, que opera como una dictadura con linaje. Los países del Commonwealth reconocen a la monarquía inglesa para sus relaciones de Estado.

Mohamed VI en Marruecos ha logrado imprimir cierta modernidad dentro del contexto musulmán. La lista es larga, la monarquía está presente en 44 países, en 29 de manera directa y, en 15, indirecta. Hay muchas diferencias de las monarquías parlamentarias, 15, a las dictaduras disfrazadas. Lo apasionante del tema es observar cómo hay países muy pobres en esa lista, como Lesotho en África, pero también está Suecia, uno de los campeones mundiales de bienestar. Las monarquías están presentes en Europa, Asia, África y en América, las hay en países con altísimos niveles educativos y también en otros abrazados todavía por la ignorancia. Cada uno de esos países ha encontrado razones para justificar la monarquía: su historia, la unión nacional, frenar las divisiones, cada caso es un caso. Hay monarcas muy populares y otros odiados.

El rey Juan Carlos ha abdicado. En teoría, en la monarquía inventada por Franco, la sucesión está prevista, pero ahora sabemos que no está reglamentada. Los detalles tendrán que ser legislados con prisa. La monarquía de Juan Carlos ha pasado por muy diferentes periodos, desde el reconocimiento casi general de su papel en la transición del brazo de Suárez, hasta la crisis de ahora. En marzo del 94 la confianza en la monarquía era calificada con 7.46 sobre 10. En abril de 2014 cayó a 3.72. Su desprestigio personal por sus amantes, por el caso de tráfico de influencias dentro de su propia familia, sus desplantes de cazador en plena crisis española y otros hechos han dañado severamente su imagen y la de la Casa Real.

Sin embargo, en los casi 40 años de reinado, todos los presidentes, de diversas ideologías, han reconocido a Juan Carlos como timonel, jefe de Estado en las relaciones diplomáticas. Pero hay otra realidad, la dolorosa ruptura provocada por la Guerra Española no ha cicatrizado del todo. A los pocos minutos de que se difundiera la abdicación, distintos grupos políticos de la izquierda más radical, como Izquierda Socialista y Podemos, ya solicitaban un referéndum y convocaban a manifestaciones en distintas plazas. Se exige que la izquierda de España, aglutinada en el PSOE, recupere su tradición republicana. La polarización está viva. Para ciertos españoles la monarquía debe ser enterrada y, por ello, retaron al príncipe Felipe a aceptar el referéndum. Si está confiado, no le temerá, dicen.

Monarquía o república, así plantean el dilema recuperando a su paso la bandera de la segunda república e invocando el sueño y la posibilidad de instaurar la tercera. Los principios dividen de nuevo a España. Pero también está el pragmatismo. ¿Ha sido útil la monarquía, sería útil en el siglo XXI? ¿Hay riesgo de una fractura nacional? ¿La provocaría el nuevo monarca o su ausencia?

                *Escritor

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